El príncipe Tomás

El príncipe Tomás tenía que haberlo contado Katy hace unos días, pero algo le sentó mal y la disculpamos hasta que se pusiera buena.

Después de tomarse varias infusiones y unas sopitas que le preparó Rosa ya estuvo en disposición de deleitarnos con el cuento de “el príncipe Tomás”.

Katy es como una ardilla y utiliza con frecuencia la ironía cuando habla.

Y así comenzó:

Como ya sabéis no simpatizo mucho con reyes, príncipes y princesas, pero os tengo que contar la historia de “el príncipe Tomás”.

En honor a la verdad no me importa hacerlo porque este príncipe me ha caído simpático, ¿Os lo podéis creer?

Así pues en esta historia se cuenta que había un rey que reinaba con el nombre de Raimundo III y tenía un hijo que se llamaba Tomás.

Con ese nombre ya me imagino la cantidad de bromas que tuvo que soportar: ¿Tomas el desayuno Tomás? Por suerte no tenía hermanas.

Cuando el muchacho cumplió catorce años su padre tomó la costumbre de ir con él todas las tardes de paseo hasta los jardines de un palacio abandonado.

¿Por qué estaba abandonado el palacio? ¿No había okupas en aquel reino?

Os aseguro que no hay una respuesta satisfactoria a estas cuestiones.

En los jardines de ese palacio, padre e hijo se sentaban junto a una hermosa fuente. Allí charlaban un buen rato antes de emprender el camino de vuelta.

En el lugar se rumoreaba que el palacio lo habitaban tres brujas, hermanas: Blanca, Rosa y Celeste.

Tomás y su padre nunca las habían visto, por lo tanto dedujeron que era habladurías sin fundamente y que allí no habitaba nadie.

Una tarde el rey vio flotar en la fuente una rosa bellísima, cuyos pétalos parecían de terciopelo. La cogió para llevársela a la reina.

La esposa del rey quedó encantada con la rosa y la guardó en una cajita de madera que dejó sobre una cómoda en la salita que antecedía a la alcoba de los reyes.

Cenaron una sopita de pescado y un revuelto de setas. Los reyes dieron las buenas noches a su hijo y se fueron a la cama.

Más he aquí que a medianoche los despertó una voz que decía:—¡Ábreme, rey!

El rey se incorporó sorprendido en el lecho y le preguntó a la reina:

—¿Qué has dicho?

—Yo, nada —contestó la reina adormilada.

—Pues me pareció que me llamabas —dijo el rey, y sin más volvió a dormirse.

Al poco rato el rey escuchó otra vez:

—¡Ábreme, rey!

Entonces se levantó y dios vueltas por la alcoba buscando la procedencia de aquella voz. Enseguida fue a la salita donde estaba la caja de madera y de allí venía la voz.

Abrió la caja y al momento, la rosa empezó a crecer hasta transformarse en una mujer muy hermosa aunque de mirada perversa.

Con una voz seductora se dirigió al rey:

—Has de saber, oh rey, que yo soy Rosa, que vivía encantada en el palacio abandonado. Tú has roto el hechizo y ahora has de casarte conmigo para que seas feliz y reina.

—Pero yo estoy casado —dijo el rey.

—Tendrás que deshacerte de tu esposa, no queda otra —le dijo ella con mirada fiera.

—Eso no lo puedo hacer —dijo el rey.

—Pues lo harás —dijo Rosa — o una peste acabará con el reino.

El rey se dio cuenta enseguida que las habladurías eran ciertas y que esta Rosa era una de las brujas. El desde luego, no quería matar a la reina por nada del mundo, así que la cogió en brazos, dormida como estaba, y la escondió en un sótano secreto del palacio. La reina, que se vio encerrada allí, empezó a rezar a san José pensando que el rey se había vuelto loco; entretanto, el rey regresó a su alcoba.

La bruja se había dormido y el, que estaba muy cansado con tanto ajetreo, se durmió también, pensando que al día siguiente encontraría alguna solución.

A la mañana siguiente, el príncipe Tomás se levantó y entró, como tenía por costumbre, en la alcoba de sus padres para darles los buenos días, pero en cuanto vio a la mujer que dormía junto a su padre, dijo:

—¡Ésta no es mi madre!

De donde se puede deducir fácilmente que Tomás era un muchacho observador y conocía bien a su madre.

La mujer se enderezó en el lecho y le gritó:

—¡Calla o morirás!

A continuación la bruja se levantó y anunció a todos los criados del palacio que ella era la reina Rosa y que mandaría matar a todo aquel que no la obedeciera.

Tomás se escabulló como si estuviera atemorizado y fue a esconderse en el sótano secreto del palacio. Allí se encontró con su madre encerrada en una celda. Ella le contó lo que había pasado y el buen hijo prometió llevarle comida.

La reina lo encomendó a san José en sus oraciones.

En el palacio, Rosa, tenía atemorizado a todo el mundo. Raimundo III de momento prefirió someterse a la autoridad de la bruja.

A los súbditos no les gustó nada el cambio de reina y ya no hacían fiestas.

Tomás procuraba no encontrarse con la bruja, mientras discurría como podrían deshacerse de ella.

Eso mismo pensó Rosa con respecto a Tomás y lo mandó llamar.

—¡Tomás! —le dijo—. Ve a traerme agua de la fuente de los jardines del palacio abandonado.

El príncipe Tomás decidió que lo mejor era obedecer para que la usurpadora viviera confiada. Así que agarró un botijo y allá se fue.

En el camino le salió al paso un anciano que le habló con sabiduría:

—Tomás, sé lo que te han mandado. Escúchame bien: coge el agua de la fuente sin detenerte ni apearte del caballo y no vuelvas la vista atrás cuando oigas que te llaman.

Tomás siguió su camino y enseguida llegó a la fuente, llenó el botijo sin bajar del caballo y oyó dos voces de mujer que le llamaban. El no hizo caso y, sin detener su caballo, volvió grupas y regresó a palacio.

La bruja Rosa se extrañó mucho de verle aparecer y se quedó rosmando para sí.

Al día siguiente lo envió de nuevo a la fuente para que le trajera tres limones de los que crecían junto a ella.

Tomás emprendió de nuevo el camino y le volvió a salir al paso el anciano, que le dijo esta vez:

—Coge los tres limones sin detener el caballo ni hacer caso de las voces que te llamen.

Así lo hizo el príncipe Tomas y volvió a palacio con los tres limones.

La reina, al verle, se puso furiosa y le dijo:

—¡Qué son estos limones que me traes, si te dije que trajeras naranjas! ¡Vuelve ahora mismo a la fuente y no vengas sin ellas!

A Tomás le entraron unas ganas locas de decirle cuatro cosas a la bruja pero se calló. Este no era el momento.

Y volvió a suceder como en las dos ocasiones anteriores, el anciano le dijo que cogiera las naranjas a la carrera. Conque volvió con las naranjas y la reina, desesperada con él, lo desterró.

Tomás bajó entonces al sótano secreto a despedirse de su madre, dejó encargo a una criada fiel de que le llevara agua y comida y se marchó del reino.

¿A quién creéis que se encontró el príncipe Tomás? Al buen anciano, naturalmente, que se prometió ayudarle como antes había hecho.

Como primera medida, el anciano lo ayudó a cambiar de aspecto. Una melena con coleta, un bigote puntiagudo y unos ropajes orientales, transformaron al muchacho en un príncipe asiático. Después le dijo:

—Ahora vamos al palacio abandonado donde están las brujas. Encontraremos a dos mujeres que me dirán que te deje con ellas para enseñarte el palacio.

Son Blanca y Celeste, las hermanas de Rosa.

Tú me dirás: “¡Papá, déjame!” Y yo te dejaré con ellas.

Te enseñarán todo el palacio menos una habitación; tú porfía para que te la dejen ver y, una vez dentro, actúa como te parezca mejor.

Cuando llegaron al palacio, sucedió como le había dicho el anciano. Le enseñaron todo excepto una habitación.

Tomás insistió en que le gustaría verla.

Ellas dijeron que dentro no había nada de interés y que era tarde, pues tenían que ocuparse de un joven llamado Tomás al que debían colgar de un árbol.

El muchacho insistió tanto que al fin le franquearon la entrada y vio que la habitación estaba toda cubierta de paños negros; en el centro, sobre una mesa lucían tres grandes velas encendidas.

Eso era todo lo que había.

El príncipe Tomás preguntó a las dos mujeres qué hacían allí aquellas velas y le dijo Celeste:

—Esta vela es la de mi vida, y la siguiente es la de la vida de mi hermana Blanca y la última, la de la vida de mi hermana Rosa, que ahora es reina. Cuando se apaguen estas velas se apagarán nuestras vidas.

Entonces Tomás apagó de un soplo las dos primeras velas y allí quedaron sin vida Blanca y Celeste.

Cogió luego la tercera vela y salió del palacio, donde le esperaba el anciano, que le dijo:

—Has hecho lo que esperaba que hicieras. Ahora vamos al palacio de tu padre.

Volvieron al palacio y el príncipe Tomás pidió que llamaran a su padre. Cuando le vio, dijo:

—Padre, ¿qué vida prefiere usted, la de mi madre o la de la reina Rosa?

El rey sin dudarlo contestó:

—Yo quiero la de tu madre.

—Pues sople esta vela —dijo Tomás mostrándole la tercera vela.

El rey se acercó a la vela y sopló fuertemente y de inmediato la reina Rosa quedó sin vida sin decir ni pio.

Después, el rey y Tomás bajaron al sótano remoto donde el rey escondiera a su esposa. Al encontrase se abrazaron los tres. Todo el reino se alegró de la muerte de las tres brujas

Finalmente buscaron por todo el reino al anciano para darle las gracias, pero había desaparecido sin que nadie pudiera dar cuenta de él.

La madre preguntó al hijo como era aquel anciano tan bondadoso y Tomás se lo describió con todo detalle.

La reina preparó un hermoso ramo de flores y acompañada de su esposo e hijo, fueron a la iglesia y allí depositó las flores ante la imagen de San José y musitó emocionada una oración de gracias.

Entonces Tomás levantó la vista hacia la imagen de san José y se sorprendió al ver el gran parecido que tenía con el anciano que tanto le ayudó.

Los súbditos del reino volvieron a celebrar fiestas y la más grande del año siempre era en torno a la festividad de san José.

 

Texto: Jesús Muñiz

El príncipe Tomás

2 comentarios en “El príncipe Tomás

  • el 03/09/2020 a las 4:48 pm
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    Hola buenas tarde hermoso cuento el amor y la fe siempre ganan la batalla gracias

  • el 06/09/2020 a las 6:15 pm
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    Fascinante siempre tienes una buena historia para sorprender

Los comentarios están cerrados.

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