El príncipe Abelardo

El príncipe Abelardo saltó del caballo, contento y feliz.

-¿Está usted seguro de que son las tres naranjitas del amor?

Insistió Catón extrañadísimo.

-Segurísimo. Acompáñenme y se las muestro.

-¡Vamos, vamos a verlas!

Gritaba alborotado Abelardo.

Catón pensó que siempre te podías encontrar a alguien más cuentista.

Uno ilusionado y el otro amoscado, ambos siguieron al amable jardinero.

Enseguida les mostró las tres naranjas que lucían como tres lunas en una noche de agosto.

-Pregúntale cuanto pide por ellas- susurró Abelardo al oído de Catón.

-¿Y cuánto pide por ellas buen hombre?

-Lo normal, se las vendo al precio del mercado. La docena sale a 1027 monedas de oro, así que 3 cuestan…

-Dale 300 monedas y no perdamos más tiempo.

Catón no tuvo más remedio que darle las 300 monedas al anciano a cambio de las tres naranjitas.

Entonces el anciano dijo:

-¿Quién de los dos compra las tres naranjitas?

-¿Y eso que importa?- dijo Catón.

-Importa mucho. Solo pueden pertenecer a quien las compra.

-Las compro yo- respondió presto el príncipe Abelardo.

-Entonces a ti te las doy- Y tal como dijo, se las entregó al príncipe.

-Tengo que hacerte una advertencia- añadió el anciano- mientras tengas las tres naranjitas del amor, solo tú puedes viajar con ellas. Nadie puede acompañarte.

-¿Y eso por qué?- preguntó Abelardo, alarmado con toda aquella historia que le parecía increíble.

Estaba seguro que el anciano les estaba tomando el pelo, ya que las tres naranjitas eran un cuento de su cosecha.

-las tres naranjitas del amor, solo son efectivas si está solo quien las posee.

-No hay problema, yo me vuelvo solo a palacio. Tú te puedes adelantar y llevar la noticia a mis padres.

-Pero príncipe te puede pasar algo en el camino.

-¿Con las tres naranjitas que me puede pasar?

Catón porfió pero más lo hizo Abelardo. Catón se volvió solo y detrás el príncipe Abelardo, feliz.

El camino de vuelta era muy largo, así que pronto Abelardo perdió de vista al trovador pues caminaba más lento y siguió solo.

Después de mucho cabalgar bajo el sol, tuvo sed y decidió abrir una de las naranjitas.

En cuanto lo hizo, salió una muchacha muy hermosa con un niño en brazos. Lucía una espléndida melena y con voz cristalina le habló al príncipe:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-Nada de eso tengo –contestó compungido Abelardo.

Al momento la muchacha se convirtió en paloma y se marchó volando con el niño.

El príncipe Abelardo se quedó más triste que una sardina en la red del pescador.

Guardó cuidadosamente las otras dos naranjas jurando no hacer uso de ellas hasta llegar a palacio.

Pero el camino era largo y el sol pegaba fuerte. Pronto volvió a tener sed y cuando no pudo más decidió abrir la segunda naranja.

Cuando la abrió, apareció una muchacha aún más hermosa que la anterior, con un niño en brazos y el pelo suelto, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-Nada de eso tengo -dijo el hijo del rey, y la muchacha se convirtió en paloma y echó a volar llevándose con ella al niño.

El príncipe se mordía las uñas, nervioso y triste y resolvió no abrir la última naranja antes de llegar a palacio.

Cabalgando muy despacio, pues su caballo estaba tan triste como él, llegó a un lugar donde había un mercadillo. Curioseó por aquí y por allá y terminó comprando una vasija, un peine y un paño.

Cuando todavía estaba lejos de su hogar, volvió a tener mucha sed. Claro que esta vez tuvo suerte pues allí había una fuente y bebió cuanto quiso.

Entonces le encontró la curiosidad de abrir la última naranja. Quizá saldría otra muchacha hermosa.

Así que la abrió, y tal como pensaba, salió otra muchacha, aún más bella que las anteriores, y con un niño en brazos. Igual que las anteriores le preguntó:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

Al momento Abelardo sonriente, le dijo que si y le ofreció agua de la fuente en la vasija, el peine y el paños. Entonces ella le dijo:

-Me gustas para marido, ¿te casarás conmigo?

El príncipe pensó a velocidad relámpago: “¿Cómo puedo gustarle sino me conoce? ¿Claro que a mi también ella me gusta y tampoco la conozco? ¿Qué hacía dentro de una naranja? ¿Ese niño será suyo? ¿Quién es el padre? ¿Qué opinarán mis papás? Esto es un lio, no sé qué hacer”.

Entonces decidió decirle que sí y que se adelantaría para preparar la boda. Luego volvería por ella.

A la muchacha le pareció bien y se quedó junto a la fuente, esperando.

El príncipe Abelardo se fue al palacio.

Y aquí termina la segunda parte de las tres naranjitas.

 

Texto: Jesús Muñiz

El príncipe Abelardo

 

2 comentarios en “El príncipe Abelardo

  • el 24/09/2020 a las 2:22 pm
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    Hermoso y romántico cuento la tre naranjito aquí decimos donde está mi media naranja

  • el 27/09/2020 a las 6:46 pm
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    Muy bonito cuento !!!Abelardo y sus tres naranjitas y sus bellas muchachas !felicidades señor poeta!!

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