El niño que perdió la memoria

El niño que perdió la memoria, vivía en un pueblecito del norte. Un pueblo muy pequeño.

Era un pueblo tan pequeño que todos conocían el nombre de sus vecinos.

Desde que salías a la calle, no parabas de saludar a cada persona con la que te encontrabas.

Cuando ibas a la tienda no solo era para comprar, también para cotillear y compartir las alegrías y tristezas de cada uno.

En un pueblo peuqeño la comunicación es tan fluida como la corriente de un río que se desliza tranquila por el valle.

Por cierto que en el pueblo había un río precioso, con agua limpia, cristalina y muy fresquita.

Aquí todos saben que Esperanza, la camarera, le hace ojitos a Sergio, el cartero, que Vanesa está embarazada por tercera vez, que el maestro tiene reuma y que a Lorenzo, el cura, le encanta bailar, pues lo han visto marcarse un merengue escoba en mano. Ah, y Ramona la peluquera está saliendo con Manolo, el carnicero.

Siempre circulaban pocos coches, porque se iban a pie de un lado a otro.

Todos los días, al salir de la escuela, los niños jugaban en la calle.

Enseguida se formaban los equipos y las piernas buscaban la pelota con entusiasmo.

Aquel día había llovido un poco. Cuatro gotas.

Por eso el suelo estaba un poco resbaladizo.

Como de costumbre, Carlitos jugaba de extremo y corría la banda como un galgo.

Y en una de estas patinó y se fue por el aire aterrizando de cabeza contra una piedra.

A consecuencia del golpe perdió el sentido.

De su cabeza salía un hilo de sangre.

Sus compañeros se asustaron mucho y gritaron pidiendo socorro.

Al momento salió el farmacéutico a la calle y la peluquera llamó al médico.

Enseguida llegó el doctor y atendió a Carlitos allí mismo.

Al parecer no era grave. Solo un fuerte golpe. Le hizo una cura rápida y cortó la hemorragia.

Luego lo llevaron en una camilla a la consulta.

Al poco rato volvió en sí.

En cuanto abrió los ojos se quedó mirando a unos y otros muy extrañado.

Al momento el médico, sonriendo, le dio un cachete cariñoso.

-Menudo susto que nos has dado Carlitos.

El chico se le quedó mirando como si lo viera por primera vez.

-¿No recuerdas? Te hiciste un buen chichón, para que puedas presumir.

Parecía desconcertado, como si no entendiera lo que se le decía.

-A este chico le pasa algo raro.

-Cómo si no recordara.

-Puede que haya perdido la memoria.

El médico miró fijamente a Carlitos. Lucía tenía razón:

Había perdido la memoria.

Finalmente el diagnóstico fue contundente: No recordaba nada. NI siquiera como se habla. Repetía palabras porque las oía, pero no conocía su significado. Un caso singular.

No tenía ningún recuerdo, nada en absoluto.

Es como si fuera un recién nacido en el cuerpo de un niño de once años. El médico no sabía qué hacer en un caso como este.

Llamaron a sus padres que se quedaron desconcertados, sin saber que hacer.

Durante varios días fue examinado por médicos de la ciudad y de la capital.

Ningún resultado. La mente de Carlitos estaba en blanco.

No sabía comer, ni vestirse, no recordaba nada de la escuela, ni de sus amigos. Lo miraba todo como preguntándose qué era lo que veía.

Sus padres, aterrados, lo miraban como un bicho raro, como si no fuera su hijo.

El maestro no podía admitirlo en su clase, porque no sabía nada.

Parecía un niño condenado a vivir aislado, incomunicado.

Sus amigos se reunieron debajo del puente. Allí podían hablar a sus anchas sin que los adultos incordiaran.

Naturalmente hablaron de Carlitos. Su estado les dolía.

Ni los adultos sabían como resolver el problema.

Carlitos se había convertido en un prisionero, sin cárcel, encerrado en sí mismo, vació de conocimientos.

Después de un largo debate Julián gritó:

-¡Ya lo tengo!

Todos lo rodearon. Julián era el más listo de todos. Siempre tenía unas ideas estupendas. Lo tenían como jefe aunque no mandaba.

-El problema es que Carlitos no recuerda nada. Perdió la memoria.

-¡Qué gracia! Eso ya lo sabemos.

No tiene memoria. Necesita una memoria. Nosotros podemos ser su memoria.

-¿Qué, cómo? ¿Cómo vamos a ser su memoria?

-Es sencillo. Cada uno de nosotros tiene que ser un pedacito de su memoria. A mí se me dan bien las ciencias. Yo seré su memoria en ciencias.

-Ya entiendo. Yo seré su memoria en matemáticas.

-Y yo en historia.

-Yo seré su memoria para comer y para vestirse,- dijo su hermano Francisco, que era un año mayor que Carlitos y dormían en la misma habitación.

-Sí, tú tendrás que ser su memoria en casa. Y tu hermana puede ayudarte con lo demás también. Su memoria para hablar, para cantar.

De esta manera, poco a poco, todos sus amigos se repartieron la responsabilidad de ser su memoria en algún aspecto de su vida.

Fue maravilloso. Con una paciencia infinita, cada uno de sus amigos fue ayudando a Carlitos en todo lo que necesitaba. Fue aprendiendo todo lo necesario para llevar una vida normal, aquello que aprendemos poco a poco, desde que nacemos.

De esta manera los amigos de Carlitos le enseñaban algo todos los días.

Era una tarea extra que hacían con entusiamos.

El niño que perdió la memoria, nunca la volvió a encontrar.

Claro que todo lo aprendió de nuevo, gracias a sus amigos.

El niño que perdió la memoria encontró muchos tesoros que enriquecieron su vida para siempre.

Carlitos aprendió sobre todo que la amistad es el regalo más preciado que podemos recibir en la vida.

 

Texto: Jesús Muñiz González

4 comentarios sobre “El niño que perdió la memoria

  • el 25 de marzo, 2019 a las 14:18
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    totalmente de acuerdo con el mensaje relativo a la amistad

    Respuesta
  • el 25 de marzo, 2019 a las 16:52
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    Me encanta el relato y el mensaje que nos deja: los amigos son muy importantes, sobre todo para superar los malos momentos.

    Respuesta
  • el 25 de marzo, 2019 a las 19:41
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    La amistad es lo mas hermoso que puede exitir un buen amigo es mas que un mal hermano o esposo el amor entre amigo es algo que no tiene precio un buen amigo siempre esta en la buena y mala

    Respuesta
  • el 9 de abril, 2019 a las 9:22
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    Muy bonito y conmovedor. Para mí el mensaje es que los amigos de verdad nunca te abandonan…

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