El niño con gafas.

El niño con gafas es una de esas historias que ocurren en la escuela.

Ante todo, el nombre del niño con gafas era Francisco.

Cuando cumplió cinco años sus papás lo mandaron a la escuela.

Entonces le compraron una pizarra, una libreta y un pequeño libro con las letras del abecedario.

Francisco siempre hacía guiños cuando miraba el encerado.

Enseguida se dio cuenta de ello el profesor, Don Severiano.

Así pues, el maestro habló con su mamá y ésta lo llevó al oculista.

Finalmente el diagnóstico del doctor fue que Francisco era miope.

En consecuencia tuvo que ponerse gafas.

Desde que tuvo gafas, salía el último de la clase.

Siempre tenía miedo que sus compañeros, al salir corriendo, se las rompieran.

Así que en el recreo ya nunca más jugó al fútbol, ni al baloncesto, por las gafas.

Más adelante, un día, un balón salió rebotado, le golpeó en las gafas y un cristal se le clavó en la cara.

Por ello estuvo a punto de perder un ojo.

Y a partir de ese día, ya no jugaba a nada.

Entonces se sentaba en un rincón durante el recreo.

Siempre estaba silencioso y solo. Su mirada se perdía en el suelo.

Aquella mañana que estaba sentado con la cabeza gacha en el patio, una niña se sentó a su lado.

─Hola.

Saludó la niña.

─Hola.

Contestó Francisco sin levantar la vista.

─ ¿No juegas?

Qué insistente era aquella niña. Francisco ni la miraba.

─No.

─Bueno, yo tampoco. Son unos brutos.

Claro, era una niña, para una niña todos los niños eran brutos. A veces las niñas parecían tontas.

─ ¿Te molesta que me siente aquí?

Pues sí que molestaba. Allí estaba el tratando de aislarse de todo el mundo y venía esta niña a… bueno, no sabía a qué, pero allí estaba, hablando y hablando.

─Puedes hacer lo que quieras.

─ ¿Te molesta que te hable?

¡Rayos! ¿Cómo podía preguntarle eso si ya le estaba hablando? ¡Qué absurdas son las niñas!

─No me molesta.

Le espetó. Se lo dijo como si dijera: “no me molesta, pero cállate y no des la lata”.

─Entonces porque no levantas la cara. No se puede hablar con la cara ahí abajo, mirando el suelo.

Francisco no se dignó contestar. Siguió con la cabeza gacha, sin mirar a la niña. Ella era incansable.

─ ¿Cómo te llamas?

─Francisco.

─Pues bien, Francisco, yo me llamo Eliana y quiero pedirte que me acompañes a la fuente para beber, por favor.

─ ¿Y porque tengo que acompañarte? ¿Es que no sabes ir sola beber?

─Es que tengo un poco de miedo.

Solo una chica podía tener miedo de ir a beber a la fuente del patio.

─ ¿Miedo? ¿Miedo a qué?

─Mira y lo sabrás.

¿Mirar? ¿Por qué tenía que mirar?

─Por favor

Francisco a regañadientes, levantó la vista y vio a la niña.

Se quedó con los ojos muy abiertos.

Era una niña con dos coletas rubias y lacitos azules, como sus ojos, que se escondían detrás de los gruesos cristales de unas gafas.

Los dos se sorprendieron diciendo lo mismo:

─ ¡Tienes gafas!

Francisco se puso en pie muy gentil y ofreció su mano a la niña.

Así, cogidos de la mano fueron a la fuente.

El comprendió entonces que:

las penitas, compartidas, se dividen.

3 comentarios sobre “El niño con gafas.

  • el 13 de mayo, 2019 a las 14:53
    Permalink

    Que no debemos tener miedo cuando uno se esconde por algo insinificante hay otra perzona que esta igual o peor

    Respuesta
  • el 14 de mayo, 2019 a las 10:12
    Permalink

    Es fácil decir a los demás que no tengan miedo a hacer o a decir algo, pero seguro que nos paramos mucho menos a buscar y a vencer nuestros propios miedos. Justamente esos que no contamos; esos que nos guardamos muy escondidos, son los que deberíamos destapar a alguien de nuestra confianza. Quizás, en el momento de contarlo, nos hagan ver que sólo era una sombra, que solo estaba en nuestra imaginación o en nuestra inseguridad. En el fondo, todos tenemos nuestras gafas. ¡Qué estupendo es tener un amigo, … por lo menos!

    Respuesta
  • el 14 de mayo, 2019 a las 17:38
    Permalink

    Todos en algún momento necesitamos un apoyo y este cuento me parece una buena manera de darnos cuenta de lo importante que puede ser alguien en alguna ocasión, aunque no lo hubiéramos pensado de esa persona en concreto. Creo que, en especial para los niños que a veces están o se sienten sólos, es una lectura recomendable.

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: