El hombre del saco

“El hombre del saco” es un cuento que, hace muchos años, los papás decían a los niños para que no hicieran travesuras gordas, sobre todo cuando estaban fuera de casa.

Ocurrió que el 10 de marzo tuve que ir a una casa de turismo rural a reunirme con los redactores de la revista digital donde escribo, para deliberar acerca de darle una nueva imagen a la publicación.

Y ahí nos agarró el confinamiento.

Resignados y optimistas, planeamos diferentes actividades para pasar el tiempo.

En una vieja biblioteca encontramos un libro antiguo de cuentos.

Entonces a Jacinto se le ocurrió la idea, la brillante y endiablada idea.

Cada uno de nosotros tenía que contar uno de aquellos cuentos pero a su manera, es decir, se trataba de una puesta al día de aquellos cuentos antiguos, poniéndole un vestido nuevo.

Y precisamente a Jacinto le tocó el primero, por haber propuesto la idea.

De este modo nos dio su versión del cuento de “el hombre del saco”.

En un pueblecito del rural vivía un matrimonio con sus tres maravillosas hijas. Tan buenas y hacendosas que sus progenitores les regalaron a cada una un precioso anillo de oro.

Un día de fiesta las tres hermanas se reunieron con sus amigas pensando que hacer para divertirse.

A una se le ocurrió que podían ir a la fuente, que quedaba a las afueras del pueblo. La más pequeña de las hermanas era cojita y le preguntó a su mamá si podía ir con sus hermanas a la fuente.

Al principio su madre se opuso.

—No hija mía, no vaya a ser que venga “el hombre del saco” y, como eres cojita, te agarre.

Más la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:

—Bueno, pues anda, vete con ellas.

Allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a ello se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, sintieron crujir ramas y se dijeron unas a otras:

—Corramos, por Dios, que ahí viene “el hombre del saco” para llevarnos a todas, —y salieron corriendo como liebres.

La cojita también corría, pero se fue retrasando; en plena carrera se acordó de que se había dejado su anillo en la fuente. Al momento miró para atrás y, como no viera al hombre del saco, volvió a recuperar su anillo; encontró la piedra, pero el anillo ya no estaba y empezó a buscarlo.

En eso apareció un viejo desconocido y la muchachita le preguntó:

— ¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?

El viejo sonriendo contestó:

—Sí, que yo lo tengo y te lo daré a cambio de algo.

—Pobre de mí, que no tengo que darle.

Y se echó a llorar.

Entonces el viejo le habló amablemente.

—Tienes una hermosa voz y solo te pide que me cantes una canción.

—Ah, sí solo es eso cantaré con mucho gusto.

Y se puso a cantar muy feliz.

—Por un anillo de oro que en la fuente me dejé estoy cantando a un señor que el anilló me encontró, y le canto esta canción porque así mi anillo pronto volveré a tener.

Tan bien cantó la niña que el viejo se quedó embelesado y al terminar le propuso:

—Si tu cantas así cuando yo te lo diga podemos ganar mucho dinero. ¿Qué te parece? Vente conmigo.

—Mis papás estarán muy preocupados si no vuelvo a casa.

Repuso la chica.

—Es verdad, pero luego, cuando vuelvas cargada de oro, se pondrán muy contentos.

—Si no vamos a ver a mi papá no me voy con usted aunque pierda el anillo.

El viejo habló como un trueno.

— ¿Tú sabes quién soy yo?

—Claro, —dijo la niña riéndose, —Eres el hombre del saco.

— ¿Cómo? ¿Y no te asustas?

— ¿Asustarme? Pero si todos los niños saben que el hombre del saco es un cuento que dices los papas para que seamos buenos.

— ¿Entonces por qué salisteis corriendo como locas.

—Por jugar. Siempre jugamos a eso.

El pobre hombre puso los ojos en blanco al oír semejante cosa. Después empezó a lamentarse.

—Esto es mi ruina. Iba tirando con lo que os dejáis olvidado cuando salís corriendo. ¿Qué voy a hacer ahora?

La muchacha se compadeció de él.

— ¿No decías que podíamos ganar dinero si yo canto?

Al hombre se le abrieron los ojos.

—Eso es cierto, tú cantas como un ángel.

—Entonces déjame pensar en una solución.

Y la niña se sentó y agarrando la cabeza entre las manos se puso a pensar con tanta fuerza que le salía humos por las orejas.

— ¡Ya lo tengo! —Gritó alborozada. —Tenemos que dejar una nota para mis papás.

Y en las piedras del suelo, con una piedra blanda escribió:

“Tengo a su hija pequeña conmigo. No avisen a la policía ni a nadie y no le pasará nada a su hija. Pronto tendrán noticias mías. “El hombre del saco.”

—Se van a llevar un susto morrocotudo.

La niña se reía pensando en ello.

—No sé, eso no está nada bien.

Rezongó el viejo.

—Tonterías, —dijo la muchacha, —así aprenderán a no contar cuentos a los niños para asustarlos.

—Bueno, si tú lo dices. ¿Y ahora qué?

—Ahora vamos a ganar dinero, y algún día volveré rica y se les pasará el susto.

—Me asustas, me asustas niña.

—Pues el hombre del saco eres tú.

La niña se puso a reír con ganas y el hombre contagiado soltó la gran carcajada.

—Por cierto, —dijo la niña, sin dejar de reír, — ¿Dónde tienes el saco?

Y con un gran dúo de carcajadas se fueron alejando de la fuente.

Moraleja: Padres, cuidadín con lo que contáis a vuestros hijos que el cuento se puede volver contra vosotros y morderos la moral.

Texto: Jesús Muñiz.

 

El hombre del saco

4 comentarios en “El hombre del saco

  • el 10/07/2020 a las 1:37 am
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    Hermoso cuento y cuánto miedo le metían los abuelos a los niños con el viejo del saco

  • el 10/07/2020 a las 5:11 pm
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    Covengo con el autor de este remozado *hombre del saco* , que para lograr que los niños hagan, o dejen de hacer algo, el atemorizarlos es una pésima técnica/táctica educativa.

  • el 12/07/2020 a las 11:15 am
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    En mi Uruguay nos decían que venía él hombre de la bolsa , principalmente a la hora de la siesta cuando éramos chiquitos y no queríamos dormir. Cuántos recuerdos!!! Gracias por este cuento Jesús

  • el 16/07/2020 a las 12:29 am
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    Muy bonito cuento,con un buen fondo, y muy buena imaginacion.

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