El día que volví a ver.

El día que volví a ver fue la vivencia mejor de mi vida.

Es lunes, treinta de septiembre del año dos mil dos. Estoy ciego. Desde hace casi cincuenta años; pero veo bastante bien, para mi edad.

No es broma. Es algo muy serio, el meollo de lo que quiero contar.

Todo empezó una tarde de verano.

El día que volví a verTenía veintiún años y fui con mi pandilla al cine para ver “El ladrón de Bagdad”. Es la película más hermosa que vi en mi vida; no tuve posibilidad de ver otra después.

Un recuerdo único el de aquella tarde. Permanece fresco en mí más que otros acontecimientos recientes.

Mi vida profesional ha transcurrido en un despacho, realizando tareas administrativas.

Cartas y algunas charlas, es todo lo que he escrito, nada como lo que ahora intento: contar algo de mí.

Necesito hacerlo y ya, cumplidos los setenta, parece que es el momento.

Que nadie espere encontrar algo notable en mi relato, solo quiero narrar como quedé ciego y el día que volví a ver.

Después del cine, la tertulia alrededor de un café, donde el tiempo volaba en buena compañía: era una pandilla estupenda.

Me sentía feliz, sentado frente a la ventana, contemplando a mis compañeros, a Mercedes, en cuyos ojos la luz del sol jugueteaba traviesa antes de irse, fabricando estrellas de ensueño.

Al llegar a casa, como de costumbre, la cena familiar y a la cama.

Me gustaba escuchar la radio y leer un poco antes de dormir.

No logré mantener la atención mucho tiempo en la lectura aquella noche, así que cerré el libro y apagué la luz.

Aún me mantuve despierto un buen rato escuchando un programa sobre cine.

Con la escasa luz que entraba por las rendijas de la ventana procedente de la calle aún podía distinguir bastante bien el mobiliario de mi cuarto, hasta que cerré los ojos vencido por el sueño.

Hasta ese mismo instante yo era un muchacho corriente, generalmente apacible, educado, galante con las chicas.

No despertaba envidias ni rencores.

Había concluido mis estudios de magisterio y preparaba las oposiciones.

En la cuestión religiosa no tenía otro interés que aprobar la signatura. Había llegado a la conclusión de que no era más que una costumbre, una tradición cultural.

No tenía novia, aunque Mercedes revolucionaba mis latidos. Su mirada de miel me turbaba siempre.

En aquel momento mi propósito era convertirme en un maestro igual que mi padre y mi abuela.

Todo cambió radicalmente esa noche.

No sé cuánto tiempo llevaba dormido cuando una luz me despertó, como si un flash se hubiera disparado ante mis ojos. A mí alrededor todo estaba oscuro, nada extraordinario sucedía. Me dejé abrazar por el silencio apacible que lo subyugaba todo como un mar en calma y seguí durmiendo.

Cuando el despertador sonó con estrépito a las ocho de la mañana, dejé caer fastidiosamente mi mano para silenciarlo.

No quería abrir los ojos, sentía una pesadez en ellos infinita. Aunque debía levantarme. Era disciplinado y cumplía el horario que yo mismo me marcaba, a rajatabla.

Mi desgana esa mañana no era habitual. Me costaba levantar los párpados, como si estuvieran pegados. Y no me resistí…

— ¡Marcos, hijo! ¿Te quedaste dormido?

La voz de mi madre y sus nudillos golpeando en la puerta me desperezaron súbitamente.

Abrí los ojos pero todo seguía oscuro.

Tendría que haber amanecido, pero no entraba luz en el cuarto.

Le di al interruptor y me pareció notar un resplandor, pero seguía sin ver nada.

Froté los párpados, como si quisiera descorrer una gruesa cortina que me impedía ver. Parpadeé varias veces, sin resultado alguno y me asusté. Algo ocurría.

— ¡Mamá, mamá!

— ¿Qué pasa, hijo?

— ¡No veo, madre, no veo!

— ¿Qué dices, cómo que no ves?

— ¡No veo, no veo!

Enseguida vinieron todos. Se llamó al médico de casa. Tras un rápido examen decidió una consulta urgente al oftalmólogo.

El diagnóstico del especialista fue concluyente: desprendimiento de retina regmatógeno.

La única esperanza de recuperar la vista en Barcelona, con el doctor Barraquer.

A partir de ahí comenzó un calvario de experiencias negativas.

Todo fue Inútil: ceguera total de los dos ojos.

Tenía veintiún años y estaba ciego. Era algo insólito, un caso entre cien mil y me había tocado a mí.

No sé cómo explicar esto. Me precipité en un abismo, extendía mis manos buscando un asidero, pero se tornaban sombras que devoraban las tinieblas.

¡Ciego! No podía ver a mis padres, mis hermanos, mis amigos, ni al genio saliendo de la botella o Abú volando en la alfombra mágica, ni a Mercedes; sus ojos, ¡Dios! Sus ojos.

Había caído al fondo de un pozo y una enorme bola rodó hasta el brocal, sepultándome en la más pavorosa oscuridad.

Quise huir, alejarme de todo y morir; luego sentí lástima; de la autocompasión pasé a la rabia, a una furia vengativa hacia todo; comencé a odiar.

Mi noche permanente fue la droga que me transformó en un ser despreciable.

Mi personalidad se desdobló, emergiendo mi yo negativo.

La familia se desvivía por ayudarme, y aunque al principio ponía obstáculos para todo, luego fui aceptando los medios que pusieron a mi alcance, estimulado por el insidioso proyecto de desquitarme.

Cada persona era objeto de represalia. Nadie tenía derecho a ser feliz estando mi vida arruinada. La única satisfacción que aliviaba mi amargura era dedicarme a hacerles daño.

Me esforcé en aprender para no depender de nadie.

Después de asistir a un centro de la ONCE en Pontevedra; como era un alumno aventajado los profesores dijeron a mis padres que obtendría más provecho en los centros que la organización tiene en Madrid. Mis padres accedieron y permanecí en la capital cuatro años, cosechando altas calificaciones y elogios de los profesores.

Al fin me hallé preparado para organizar mi vida según se me antojara.

Podía elegir destino y opté por Vigo.

Tuve que vencer la resistencia, de mi madre sobre todo, cuando decidí vivir solo. Tenía como aliados a mis educadores que valoraban mi decisión, como el ejemplo vivo de un ciego que puede valerse por sí mismo igual que un vidente.

Consintieron, aunque tuve que aceptar la mujer que ellos me buscaron de ayuda en las tareas domésticas.

Desde que perdí la vista había roto el contacto con mi entorno. Mi aislamiento fue absoluto, no soportaba la presencia de alguien que me conociera de antes. Mercedes sobre todo. Me horrorizaba pensar en que pudiera verme. Quería estar solo.

El piso se decoró siguiendo mis instrucciones. Los muebles, instalados con acierto, dejando el mínimo espacio entre ellos para desplazarse, facilitaban mi orientación.

Con mis manos, educadas para ver cuanto tocaba, en pocos días fui capaz de controlar cada estancia y me movía por la vivienda con soltura.

Distribuí además diferentes aromas, valiéndome de inciensos y velas olorosas, para identificar fácilmente cada cuarto.

Mis movimientos dentro de la casa eran tan naturales que nadie que no me conociera podía darse cuenta de que no veía.

Al contrario, cualquier persona que entraba en mi piso tenía dificultades para moverse, por la falta de espacio. Su torpeza era mi ventaja.

En mi mente perturbada había concebido un plan diabólico y toda mi preparación no iba si no encaminada a llevarlo a efecto.

Al quedarme ciego perdí a mis amigos, a Mercedes. Yo me alejé de ellos.

Desterré de mi vida todo afecto y decidí, en mi locura, seducir a una mujer, sin que ella advirtiese mi ceguera.

Durante mi estancia en los centros de educación, supe de las amargas experiencias de otros compañeros con chicas videntes: los rehuían como si fueran apestados. Esas confidencias alimentaban mi rencor.

De este modo, instalado en mí piso y sintiéndome seguro comencé a urdir aquella infamia.

A través del teléfono inicié los contactos.

Fue una tarea larga pero mi paciencia era infinita y tras numerosos intentos fallidos, por fin logré mi objetivo: conseguí despertar el interés de una muchacha.

La fui enredando hasta que la tuve a mi merced.

Desposeído de toda barrera moral, me hice con su corazón, hasta desguarnecer la muralla de su virtud y conseguir que viniera al piso una tarde. La esperaba a las seis.

No había descuidado detalle. Al día siguiente muy temprano partía para Madrid, donde tendría que hacer un cursillo de tres meses.

Era a principios de otoño y los días ya eran cortos. Oscurecería pronto, lo que me otorgaba mayor ventaja.

El recuerdo de aquella tarde aún me tortura y muchas veces me engaño pensando que fue un sueño.

Poco después de las seis sonó el timbre. Sonriendo me fui hacia la puerta dispuesto a desempeñar mi papel de donjuán.

Al abrir, de inmediato percibí un aroma de mujer.

— ¿Eres Begoña, verdad?

—Sí, y tú Marcos. Reconozco tu voz.

Llevaba un perfume floral, muy suave y su voz, de timbre grave, sonaba entrecortada.

Me quedé quieto unos segundos, como si me hubiera embobado mirándola. Sabía que bajaría sus pestañas, porque es difícil resistir la mirada de unos ojos sin parpadear.

Me bastó ese instante para percibir una respiración contenida y sus esfuerzos por mostrarse desenvuelta.

— ¡Qué torpe soy! Entra, por favor, ven.

Con estudiado ademán cortés la invité a seguirme y me dirigí a la sala de estar. Me movía con cierta lentitud y timidez, para no arriesgar ningún movimiento en falso.

Al llegar a la puerta me hice a un lado para que entrase y al pasar, rozándome, pude calcular perfectamente la posición de su cuerpo para apoyar levemente mi mano en su cintura y apreciar la suave textura del vestido, ceñido en la cadera.

La invité a sentarse.

— ¿Quieres tomar algo? Hace calor, ¿verdad?

—Un vaso de agua, por favor.

Tendría que efectuar algún movimiento arriesgado hacia ella. En cuanto me acercase lo suficiente sabía que no podría resistirse.

Era como un gato jugando con su presa, y pronto caería en mis garras.

Me acerqué al pequeño mueble bar y preparé una bandeja con dos vasos y una jarra con agua. Mientras, escuchaba el roce de su vestido al moverse en el sofá, acomodándose.

Posé la bandeja y me senté a su lado. Llené un vaso y se lo ofrecí.

Alargué mi brazo por encima del sofá y de forma casi imperceptible le acaricié suavemente el hombro y el cuello.

No hablamos. El silencio era denso.

Bebió un poco y dejó el vaso en la bandeja. El reloj de pared dio las siete.

Ella no iba a pedirme que encendiera la luz y en la oscuridad me sentía más seguro.

Su posible repugnancia a la ceguera acallaba los reproches de mi endeble conciencia.

Presionaba ligeramente su piel y alentado por la respiración sofocada busqué sus labios y la besé muy lenta y suavemente. Noté su excitación y jugueteé con su boca hasta dominarla.

Sin aturdirme hice presa en su cuerpo, al rodearla con mis brazos.

Su boca se abrió bajo la presión de mis besos como una flor a las caricias del sol. La muchacha sucumbió completamente, cautivada por mi fingida ternura.El día que volví a ver

Procedí como un experto amante: interpreté mi papel de galán con esmero.

Partí al día siguiente. No volvió a verme. No sabía mi teléfono, ni mi nombre. Tuve el detalle de poner aquella tarde el inventado  en el buzón, para cambiarlo de nuevo apenas se marchó.

Con esta hazaña endurecí mi corazón, como deseaba.

Seguí engañando y mintiendo sin el menor escrúpulo, por hacer daño.

Distante y hermético con todo el mundo, mi conducta era intachable: nadie hubiera sospechado que yo era el gusano que pudría las manzanas.

Mi ceguera era absoluta, física y moral.

Se me agudizaron tanto los sentidos que en la casa no había lugar ni objeto alguno que no pudiera reconocer, gracias a mi olfato, oído o tacto. Sin embargo tenía puntos débiles, como cualquier ciego. Un cambio en mi entorno bastaba para desorientarme.

Cinco años hacía ya que vivía solo. Juana, la orensana contratada por mi madre, llevaba conmigo desde entonces.

Se ocupaba de las faenas domésticas y mantenía un perfecto orden sin cambiar nada de lugar. Esto lo cumplía a rajatabla.

Mi seguridad se basaba en ello. Igual que leía un libro en Braille, descifraba el espacio de mi casa.

Aquel verano Juana tuvo que ausentarse quince días. En tales situaciones, mi madre la sustituía. Con ella no era lo mismo; su sentido del orden era otro y siempre teníamos algún jaleo.

Pero en aquella ocasión se hallaba indispuesta y le era imposible. Me aseguró que mandaría a alguien, circunstancia aún más desagradable.

Al día siguiente de irse Juana, la mañana en el trabajo fue un desastre. Tuve bronca con todos.

Volví a casa alterado y sin darme cuenta subí por el ascensor del garaje.

Entré en casa dando un portazo. Quise colgar la gabardina y no pude: el colgador no estaba.

Traté de orientarme, tocar algo familiar: nada parecía estar en su lugar; palpaba alocadamente aquí, allá, hasta que perdí el dominio por completo.

Mis dedos se crispaban, tropezaron con un objeto extraño y estallé de rabia arrojándolo violentamente, al tiempo que alguien se acercaba: Oí un grito de dolor y un cuerpo desplomarse.

Por un instante todo fue confuso. Me agaché y palpé enseguida el cuerpo de una mujer. Respiraba. Toqué su rostro, percibí algo cálido y viscoso: ¡sangre!

Hice un esfuerzo por recobrar la calma. Localicé el teléfono. Minutos más tarde llegó una ambulancia.

Se llevaron a la muchacha y fui con ellos. Por fortuna detuvieron la hemorragia y me aseguraron que el golpe le había abierto una buena brecha en la sien izquierda, pero nada importante. No quedaría internada.

Pude haber matado a aquella mujer, a la que ni siquiera conocía y no me sentí bien por ello. Es como si mi conciencia se hubiera despertado de pronto.

Cuando recobró el conocimiento y pude estar con ella a solas hice lo que nunca había hecho hasta entonces: le pedí perdón. Me pareció que sollozaba.

—Marcos, ¿no me conoces?

Me quedé sorprendido, aquella voz… me acerqué, busqué sus manos. El corazón me latía con fuerza. No podía creerlo. Después de tantos años… los recuerdos invadieron con fuerza mi mente… aquel perfume, la voz…

— ¡Mercedes!

Quería saber, pero aquel no era momento de palabras. Hablamos en ese silencio en el que solo lo hacen los recuerdos, con sus manos en las mías. Y en ese coloquio, algo irrumpió en mi cerebro… como un destello de claridad en medio de la niebla… quedé como aturdido.

Empezó a hablar, con voz lejana, como si lo hiciera desde la boca de una sima.

Refería cómo había intentado ponerse en contacto conmigo, cuanto le afectó mi desgracia, el consuelo del trato con mi madre… el complot para venir quince días a cuidarme.

Perduraba mi turbación, anulando mi capacidad de pensar o discernir: algo había sucedido en mi interior.

Tras un tiempo de observación dijeron que podía irse.

Desde el hospital sólo había que atravesar dos calles para volver a casa.

Al pasar junto a una iglesia, Mercedes quiso entrar para dar gracias y la acompañé.

Eñ día que volví a ver

Nunca había estado allí. Un aroma cálido nos envolvió, además de un silencio acogedor, que apenas se desvaneció con el rumor de la gente al ponerse en pie.

Una voz llegó a mis oídos con toda nitidez: “Lectura del santo evangelio según San Juan: Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento… “

Aquellas palabras… me penetraron como rayos en medio de la tormenta que había en mi cerebro.

“… ¿Quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?”

Yo nací para la ceguera una noche, ¿por qué, por qué? Una intensa emoción se adueñaba de mí.

 “… Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo…”.

¡Luz! ¿Qué luz? ¿Dónde? ¡Quiero ver! ¡Quiero ver esa luz! ¿Por qué no puedo verla? ¿Por qué esta oscuridad eterna dentro de mi?… aquellos gritos silenciados, por mi desesperanza, se liberaban incontenibles…

“… Entonces fue, se lavó y volvió con vista… “

Mi corazón se aceleraba…

“… Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos… Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: «Nosotros vemos»; por eso vuestro pecado permanece”.

Y en aquel instante vi mi ceguera, pero aún llegaron a mí estas palabras:

Es ciego el que no quiere ver”.

Todos los sentimientos oprimidos fluyeron a la vez, fui consciente de que era débil e indefenso, pobre y desvalido… y rompí a llorar; las lágrimas brotaron con fuerza incontenible, derribando el dique de mi rencor.

Mercedes me rodeó con su brazo, pegándose a mi costado.

Era un llanto doloroso, porque me hacía consciente de todo el daño hecho, pero también liberador.

Se terminó todo, la gente se iba, me levanté y salimos fuera.

Cinco minutos después, en casa, ella se fue a la cocina y yo me quedé sentado en la sala de estar, tranquilo, hasta quedarme adormilado.

Cuando desperté la sentí a mi lado. Puso en mis manos una taza de café recién hecho. Lo bebí sin decir nada. Mercedes retiró la taza y me cogió las manos.

—No digas nada. Sé que tienes mucho en qué pensar ahora. Presiento que algo bueno ha ocurrido dentro de ti. Cuando tú quieras hablaremos. Ahora creo que necesitas estar solo. Me voy y volveré mañana. Te dejo un teléfono por si me necesitas.

Me besó suavemente y se fue. Aquellas fueran las más amargas y las más dulces horas de mi vida.

Sentí toda la vergüenza de mi conducta anterior, pero también la felicidad de ver que ahora sentía, era una persona.

No identificaba los objetos con mis ojos, pero una luz nueva y brillante me invadía, y aunque me afligía haber sido tan infame, entendí lo hermosa que podía ser mi vida si mereciera el perdón cambiando mi conducta.

Fue una noche larga y temblorosa, en la que nació mi conciencia, tanto para avergonzarme, como para recobrar la esperanza.

Fue una noche de vigilia, que valió la pena porque fue la del día en que volví a ver.

Mis ojos siguieron, y aún lo están, ciegos, porque mi retina no siente la luz, pero yo sí. Las tinieblas de mi vida desaparecieron.

El proceso comenzó ese día, lento y esforzado. Mercedes fue lo mejor de mí. Con ella descubrí el camino y aprendí a ver.

Quitarme la venda fue doloroso y tardé en acostumbrarme a la luz.

Tuve que pedir muchas veces perdón, pero no fue humillante. Algunos no pude obtenerlos, como el de aquella muchacha, de la que nunca más supe. Esa herida, sin cerrar, me mantuvo alerta siempre.

Afortunadamente no desaproveché la oportunidad de hacer felices a mis padres en los últimos años de su vida.

Creo que me he convertido en mejor persona que lo era antes de aquella noche en que dejé de ver los colores.

Esta es mi ganancia: una esposa que me espera, ansiosa, al otro lado, con algunos amigos entrañables, y otros aquí, disfrutando la amistad.

Cuántas vivencias y momentos especiales, cuántas anécdotas jalonan ya mi dilatada existencia.

Claro que ninguno tan maravilloso como el día que volví a ver.

 

Texto: Jesús Muñiz.

El día que volví a ver

5 comentarios sobre “El día que volví a ver.

  • el 28 de agosto, 2019 a las 2:15
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    Muy bonita historia y una bella reflexión para tanto ciego con buena vista, pero como dice el refrán: “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Tanto que sufrió Jesús cuando andaba por el mundo y cuando fue crucificado no se llenó de rencor, dió su vida para que nosotros fuéramos felices.

  • el 28 de agosto, 2019 a las 6:48
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    Bonito texto con el triunfo del amor sobre el odio, la bella y la bestia.

  • el 28 de agosto, 2019 a las 11:33
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    Moi emotivo e real Historia que se pode trasladar a moitas facetas e situacions do día a día de cada un! Tamén nos aporta moita información .

  • el 28 de agosto, 2019 a las 12:51
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    Volver a ver con los ojos del corazón y el amor! . Gracias por un relato q abre nuestros ojos a lo importante de lavida

  • el 29 de agosto, 2019 a las 11:51
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    Preciosa historia de amor, muy humana pues todos en algún momento podemos sentir odio o rencor, pero cuando hay una base sólida, todo se reconduce.

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