El caballero aragonés

El caballero aragonés cambió la historia.

Antes de que despunte el alba un jinete cabalga por el terreno pedregoso y desértico hacia su cita diaria con el sol.

Rompe el silencio con el alegre trote de su caballo; le gusta recorrer aquellas lomas agrestes y solitarias, recibir en su rostro el aire fresco e ir al encuentro de la luz.

El caballo se ha detenido y el joven jinete recibe en su rostro el haz de rayos luminosos.

Mantiene la mirada, los ojos muy abiertos recibiendo la energía vital que el sol regala.

El cielo violeta se torna azul, intensamente azul, la esfera cambia de roja a naranja, amarilla y un blanco deslumbrante, convertida en una cegadora bola incandescente.

Allí se mantiene erguido a lomos de su cabalgadura el caballero aragonés.

Un cuervo cruza delante del sol y durante un instante una sombra cubre los ojos del caballero.

Se mueve inquieta la montura y su dueño se alza sobre los estribos, vuelve el rostro y hace cuernillo con la mano para escuchar atentamente.

Alguien se acerca.

No se equivoca, pronto aparece en lontananza otro jinete que galopa a su encuentro.

Es su fiel escudero, el buen Garduña, quien de seguro trae noticias graves, de otro modo no hubiera osado perturbar la intimidad de su señor.

Vuelve la grupa a su caballo, pica espuelas y se dirige al encuentro del vasallo a quien pronto oye dar voces sin aliento.

—¡El rey…, mi señor! ¡Ha muerto, Don Martín ha muerto!

Mientras el mensajero y su corcel recuperan el resuello, el joven asimila la noticia.

La salud del rey, de todos es sabido, no era buena.

La muerte del joven heredero, un año antes, convirtió a la corona aragonesa en un manjar apetecido por voraces comensales: El conde de Urgel, el duque de Gandía, Luis de Anjou, Fernando de Antequera entre los más importantes.

Su padre se inclina por el conde de Urgel, pero él simpatiza con Fernando de Antequera, el rey de Castilla.

Se avecinan grandes cambios ante esta muerte repentina.

Emprenden el regreso dándole la espalda a un sol que ya luce en todo su esplendor, con trote cansino, en silencio, absortos en sus pensamientos, ni se fijan en la bandada de grajos disputándose una presa.

Acude sin demora a la presencia de su padre y señor.

Don Blasco de Inieja, noble espada del señorío de Escatrón, le espera junto con sus cuatro hermanos y su tío, el párroco de Santa María.

Con el ceño fruncido y en tono grave, les dirige la palabra para exponerles el problema que se plantea con la muerte del rey.

No teniendo sucesor y pretendiendo varios el trono, mientras no se resuelva el conflicto la situación será inestable.

Vendrán de todas partes partidarios de uno u otro y convertirán la ciudad en hormiguero, lo que propiciará la presencia de gentes de baja moral que, sin temor de Dios ni a la justicia, buscarán su propio beneficio dedicándose a la pillería y al hurto  aprovechando la confusión y el alboroto.

Se avecinan tiempos inseguros y convendrá que cada cual vigile y atienda a defender lo suyo, sin descuidar en ayudar a lo de todos.

A cada cual le encomienda una misión. Fernando, el benjamín, irá a Zaragoza, con cartas para don Juan Ximénez Cerdán, Justicia de Aragón, para ponerse a su servicio en lo que hubiera menester.

Desaparecen en silencio, prestos a obedecer.

Cuando Fernando, en su alcoba prepara el viaje, su madre entra, con los ojos llorosos, lo abraza, le da mil consejos y es su propio hijo quien ha de consolarla: no soporta ver la pena en el adorable rostro.

Una hora más tarde, el caballero aragonés emprende el camino con su fiel escudero.

Se alejan pausadamente y Fernando vuelve el rostro para contemplar una última vez a sus padres y el hogar donde nació, antes de perderse en el horizonte.

Todo queda quieto, como una pintura, mientras él se aleja, como si llevara consigo la vida del lugar.

Aprieta las bridas del caballo y restriega los ojos con el brazo, quema el sol pero los perros aúllan lastimosamente como en un día de tormenta.

De poco le ha servido templar su ánimo con los primeros rayos de sol de la mañana, ahora no soporta la luz y le escuece abrir los ojos.

Garduña mira de soslayo a su señor y sonríe amargamente, curtido en despedidas sabe por lo que está pasando el joven caballero.

Le lleva quince años, lo ha visto crecer y con su carácter amable y bondadoso le ganó.

Que no teman sus padres, él dará la vida, si es preciso, antes de permitir que algo malo le ocurra.

Su madre queda mirando incluso cuando ya deja de verlos. Sobre su frágil hombro se posa una mano vigorosa, y siente a su espalda la respiración fuerte del esposo.

A ambos les une el mismo pensamiento: a lomos de un corcel se les ha ido el hijo, su hijo querido, el más pequeño de todos, el fruto del amor más reciente.

Después de tres largas horas de camino los dos jinetes llegan a la capital del reino.

A orillas del río, la espléndida ciudad se alza con orgullo. Sus habitantes, moros y cristianos, más otros muchos que han venido, rebosan por las calles en nervioso bullicio ante los acontecimientos.

El caballero aragonésAl llegar, se dirigen a la posada, pronto caerá la noche y las calles pueden no ser lugar muy seguro en estos días, al no haber alguaciles suficientes para mantener el orden.

Las buenas diligencias de Garduña les proporcionan cobijo en el mesón de un pariente, pues hay tal cantidad de forasteros que todos los albergues están llenos.

Al cabo se hallan sentados en una discreta mesa, donde pueden ver sin ser vistos. Una moza les sirve una jarra de cariñena, queso y jamón, para hacer boca, mientras preparan la cena.

Hay gente de todas clases: judíos, árabes y cristianos, vascos, castellanos, catalanes y aragoneses, comerciantes, artesanos y sobre todo soldadesca, que arman gran alboroto.

Se mezclan maldiciones y juramentos con grandes risotadas.

Fernando y Garduña alternan las embestidas al plato con los tragos a la jarra, sin perder detalle ni sílaba, procurando enterarse, con discreción, de todo cuanto puedan.

Los que más gritan hablan de los placeres del cuerpo, los más tranquilos y pausados, lamentan la muerte del rey, la falta de heredero en la sucesión  al trono.

Entre las voces predominan los nombres de don Jaime y don Fernando, pero los más callan y beben en silencio.

La moza deja sobre la mesa una cazuela en la que humea deliciosamente medio cordero aborregado, mientras regala una sonrisa complaciente al muchacho.

Más de diez horas llevan sin probar bocado y los entrantes no han hecho más que despertar las adormecidas tripas.

Ambos entablan a manos llenas singular combate con tan exquisito enemigo, no dejando de él más que los huesos, tan escasos de carne que un perro los mirara con desprecio.

Necesitan otra buena jarra del caldo de la tierra para diluir las grasas y el picante del guiso.

Vacían la cazuela sin compasión, eructan cavernosamente con placer y requieren de la servicial moza una tercera jarra del generoso vino de la tierra para hacer la sobremesa.

En una mesa cercana se halla un gentilhombre que, envuelto en la capa, oculta el rostro intentando pasar desapercibido; mas no para el observador Fernando, ya que algo en su apostura le atrae. En sus gestos adivina que es alguien acostumbrado a mandar y ser obedecido.

Está muy atento a cuanto se habla en las mesas, como él y su escudero. Pero el cansancio va haciendo mella, además del vino y la comida.

Los ojos se le cierran con más fuerza que su voluntad de permanecer despierto y otro tanto le sucede a su fiel Garduña.

Da un cariñoso golpe en el hombre de su escudero, indicándole que se va al cuarto.

Diez minutos después roncan tan felices, el caballero en la cama y el fiel servidor en un diván, a pocos metros, no ha querido dejar solo a su señor.

Aun no se disipan las tinieblas y Fernando, fiel a su costumbre, se espabila diligente para dar su paseo matinal.

Garduña duerme feliz, con una mueca como sonrisa.

Sin hacer ruido, sale de la estancia, baja despacio la escalera evitando que crujan los peldaños y se planta en la calzada cuando apenas despunta la mañana.

Es el tres de junio del año de gracia mil cuatrocientos diez.

El aire está fresco pero el cielo púrpura presagia un día bochornoso.

Con paso ligero camina Fernando por las calles solitarias. Solo rompe el silencio el calmoso tañer de una campana y el caracoleo de unos cascos sobre el adoquinado.

Piensa en la familia, su padre, los hermanos, la imagen del rostro de su madre con los ojos anegados en lágrimas: le conmueven los recuerdos.

Al llegar a este punto los pensamientos le llevan al motivo de su partida. Por lo que ha oído, la sucesión al trono es un asunto complicado.

Aunque su padre simpatiza con el conde de Urgel, reconoce que el fallecido monarca se inclinaba por Fernando, el rey de Castilla, el conquistador de Antequera.

¡Cómo lo admira! Un peregrino le contó un día que había heredado la espada del Cid, la famosa Tizona: noble espada para un valiente caballero.

¿Sería el futuro rey de Aragón? “Dios lo quiera y Él le guarde”, se dijo el mozo. Un rey como Fernando era bueno para los aragoneses, para no seguir débiles bajo la influencia de catalanes y valencianos.

El rey de Castilla daría más libertad y autonomía a las gentes, porque era hombre joven, de pensamiento moderno y abierto.

En su camino se encuentra frente a la fachada de una pequeña iglesia. Se santigua y reza con fervor, pidiendo por el nuevo rey, que pronto sea nombrado, y que no haya guerra.

El no es combativo; le gusta la pelea, pero nunca se le ha pasado por la cabeza que la espada que cuelga de su cintura pueda siquiera herir a alguien levemente, ni a las ratas que a unos metros se disputan feroces un despojo.

No le asusta la sangre, pero su corazón es limpio y no alberga odio alguno.

Al pronto oye voces y ruidos de pelea. Sin pensarlo, corre hacia el alboroto, al tiempo que desenvaina la hoja.

Dobla una esquina y desemboca en una callejuela sin salida.

La rabia le invade ante la escena que se ofrece ante sus ojos: Cinco espadachines atacan cobardemente a un caballero, al que reconoce como el embozado que le llamó la atención en la posada.

Se defiende con maestría, dando golpes a uno y otro lado, impidiendo que le acometan todos a la vez, pero poco podría resistir contra tantos adversarios.

Fernando se lanza como un rayo y atraviesa a uno y ante la sorpresa del ataque descuidan la guardia y otro de ellos recibe la estocada del caballero acorralado.

La lucha se iguala y mientras Fernando lucha contra uno, el desconocido se defiende con renovado brío de los otros dos.

Hábil y experimentado, el contrincante del muchacho le hiere con su acero. Es una estocada dirigida con certera precisión al corazón que logra desviar, aunque no del todo.

La sangre brota de la herida y esto le enardece atacando con más fuerza a su adversario.

Durante unos momentos para sus acometidas, más de improviso le acomete al muchacho una furia irresistible y da mandobles a diestro y siniestro con endiablada rapidez, obligando al enemigo a defenderse como puede ante la avalancha de estocadas.

El poder físico del joven supera la habilidad del contrario que, al retrasarse en recuperar la posición para cubrirse, no puede evitar que la espada de Fernando encuentre fácil camino hacia su pecho y lanzando un grito cae desplomado sobre el duro empedrado.

Se vuelve Fernando a tiempo de ver como el caballero, al atravesar la garganta de uno, deja su pecho al descubierto y el último atacante alza la espada para descargar el golpe fatal.

El caballero aragonésDe un salto se interpone con su hierro y consigue su objetivo, más pierde el equilibrio y al caer la hoja asesina le atraviesa fatídicamente. El criminal queda a merced del caballero que rabiosamente descarga su tizona contra el malhechor.

La lucha ha terminado con un balance desigual pero espantoso: en el suelo yace Fernando agonizante.

El caballero, que ha luchado en silencio, ahora grita exasperado pidiendo socorro.

Acuden gentes, alguaciles y soldados… y Garduña. No bien se ha despertado y no ve a su señor sale en su busca y oye el griterío.

Cuando lo ve en medio de un charco de sangre grita como un poseso, arrancándose el cabello, llora y se golpea sin consuelo.

Han de sujetarle, pues temen que, enajenado, se quite la vida.

Horas más tarde, con el cuerpo de su señor sobre el caballo, emprende desolado el escudero un interminable viaje de regreso.

El sol se oculta tras las nubes y el paisaje se torna gris oscuro.

Atrás quedan la ciudad y el río con todo su bullicio, engullidos por un terreno pedregoso, de un silencio amargo, oscuro, yermo.

Al final de la tarde, una madre desde lo alto mira por donde vio marchar a su hijo. No hace dos días que se fue y siente oprimido el pecho.

En la terraza encontró un pajarillo muerto, pobrecillo, le parecía estar oyendo toda la tarde los lamentos de su madre.

Duelen los dedos de pasar las cuentas del rosario, y no halla consuelo con los rezos. Su esposo la mira, callado.

Se ocupa todo el día, para no estar a solas con ella, pues no resiste el dolor que la atenaza, pero al atardecer bien sabe que está allí, mirando al horizonte.

Allá a lo lejos le parece que distingue algo, una sombra muy pequeña. Permanece tensa, la emoción atenaza su cuerpo.

No se equivoca. Un jinete se acerca lentamente, como si no tuviera prisa por llegar y a su lado va otro corcel.

Al momento adivina la tragedia, y se va enloquecida hacia la puerta, baja la escalera sin pisar en los peldaños, no ve más que el rostro adorado de su hijo ensangrentado que le pide ayuda en sus entrañas, y ella no llega nunca a tiempo, nunca llegará a su lado, se aleja… se aleja… no le alcanza.

Cuando llega abajo y lo ve a pocos metros, abre los ojos llena de espanto y lanza un grito eterno, desgarrado, el corazón se le rompe, aprieta el pecho, se va corriendo hacia su hijo y lo abraza convulsivamente, grita, llora, besa, todo a un tiempo.

La hacienda se conmueve, los mastines lamen las manos frías del amo, su padre apenas puede levantar los pies del suelo para caminar.

Garduña, el más desdichado de los hombres, se arrodilla a los pies del padre, e intenta entre sollozos contar lo sucedido, como su hijo, generoso, ha dado su vida por salvar la de un desconocido.

El tres de junio queda registrado en la familia como el día más funesto de su historia.

Ha transcurrido un mes y el duelo sigue dueño de la hacienda.

Los ardores del verano no disipan el invierno aposentado en el corazón de una madre.

Como una sombra se desliza por todos los rincones, rumiando en silencio su dolor y todo el mundo se esfuerza para no turbarla; esperan que los días, con su perseverancia, vayan tejiendo una red que amortigüe su corazón desconsolado.

El padre ya no busca en los quehaceres un refugio, la pena va minando su corazón envejecido.

El silencio y la quietud se apoderan de cada hueco de la casa, todo se hace sin ruido y el tiempo transcurre sin reposo, lento.

A media mañana rompe la paz el galopar de un grupo de jinetes que se acerca. Se trata de un sencillo carruaje con escolta. Al parecer es un ilustre visitante.

Don Blasco se apresta a recibirlo.

El forastero es un dominico y pide ser recibido por los señores de la casa en audiencia privada. Acuden los atribulados esposos a recibir al huésped.

En cuanto se hallan solos, con gran ternura les consuela por la muerte de su hijo.

El fraile les comunica que su nombre es Vicente Ferrer y que ha sido encomendado por don Fernando, el conquistador de Antequera, rey de Castilla, pretendiente al trono de Aragón para relatarles como, desgraciadamente, ha sido testigo de la muerte de su hijo.

Visitando de incógnito Zaragoza para pulsar la opinión popular sin ser conocido, se vio sorprendido en la madrugada del tres de junio por cinco malhechores que pretendían robarle a costa de su vida.

El caballero aragonésLa intervención generosa y valiente del muchacho le salvó de una muerte segura.

El monarca quiere hacerles llegar el consuelo de su agradecimiento y el comunicarles el acto heroico de su hijo al morir, repitiendo el gesto sublime de Nuestro Señor Jesús al dar la vida por salvar a un semejante.

Al tiempo que les habla, deja en sus manos un pequeño cofre que contiene un escrito lacrado con el sello del rey don Fernando.

La madre llora mansamente escuchando el relato del fraile y el esposo acaricia con mano temblorosa la cabeza de su dama.

El fraile se despide y poco después se aleja con su escolta, dejando tras de sí una espesa polvareda, que cuando se disipa deja ver la limpia línea en el horizonte que separa el cielo de la tierra.

Ahora, al amanecer, el caballero aragonés ya no cabalga.

 

Texto: Jesús Muñiz

El caballero aragonés

2 comentarios sobre “El caballero aragonés

  • el 8 de octubre, 2019 a las 20:11
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    Señor poeta usted siempre se supera, muy bien el cuento .gracias y felicidades

  • el 11 de octubre, 2019 a las 2:04
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    Muy vonito cuento gracias jesus me gusta leer tu escrito

Comentarios cerrados.

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