El buen pastor

El buen pastor se levantó al alba.

Primero se espabiló con el agua helada, luego desayunó frugalmente y enseguida abrió la puerta del establo, llamando a las ovejas, a cada una por su nombre.

A continuación se encaminó hacia los pastos. Las ovejas brincaban en su entorno, alegres y confiadas.

Cuando llegó a la salida del pueblo le salió al encuentro un vecino con un pequeño rebaño.

-Hola, buen día, te esperaba.

-¿Qué es lo que ocurre? ¿Para qué soy bueno?

-La Indalecia, que se ha puesto enferma. ¿Te puedes hacer cargo de su rebaño? No es mucho, pero para ella, ya sabes, lo es todo.

-No hay problema. Me hago cargo.

-Ten cuidado con esta que es algo mohína.

-¡Con Dios!

-Que Él te guarde. A la tarde estaré aquí esperando.

Tal y como había dicho, el pastor se hizo cargo del nuevo rebaño y se fue alejando. Las ovejas de su rebaño, enseguida acogieron a las nuevas, para que no se sintieran extrañas.

Desde luego, Saltarina al punto se fijó en aquella a la que habían calificado de mohína.

En verdad en sus ojos brillaban las travesuras.

Sin demora, se acercó y le baló en la oreja.

-Hola, ¿Cómo te llamas?

-¿Yo? ¿Me dices a mí?

Baló sorprendida.

-Pues claro. Yo soy Saltarina.

-Yo no tengo nombre.

-¿Ah, no?

-De donde yo vengo, nadie tiene nombre. Solo tienen nombre los amos, los que van sobre dos patas.

-Pues aquí todas tenemos nombre. Él nos lo puso. Es el buen pastor.

Mientras escuchaba sus balidos miró al pastor, que caminaba en medio del rebaño, hablando con todos, y atento por si alguna distraída se alejaba demasiado.

“¿Cómo sería eso de tener un nombre?”

Baló para sí y luego le baló a la otra.

-¿Y tú crees que me va a poner un nombre a mi?

-Si vas a estar en el grupo, seguro. No ignora a nadie.

-Me gustaría tener un nombre. Y que alguien me llame. Suena bonito.

-Él nos conoce bien.

-Me parece increíble que haya alguien así.

Caminaron juntas un trecho en silencio. La que no tenía nombre miró a Saltarina. Qué raro eso de tener un nombre. Nunca creyó que alguien pudiera diferenciarla. Todo el tiempo tenía miedo. Y sobre todo desde que una noche alguien vino y se llevó un recental. Había oído claramente los balidos de muerte en medio de la noche de luna llena.

Después de una buena caminada llegaron a un lugar recogido entre las rocas. Era un buen pastizal, la hierba se veía apetitosa.

Enseguida empezó a darse el gran banquete. Saltarina a su lado también rumiaba con deleite el delicioso pasto.

El buen pastor se acercó.

-Qué bueno Saltarina. Veo que has hecho buenas migas con esta traviesa. ¿Qué te parece? ¿Es traviesa? Yo no la veo así, es posible que sea un poco revoltosilla, pero nada malo, ¿eh? Si, la llamaré Revoltosa, ¿Qué te parece? Y tu cuidarás de que no revuelva demasiado, ¿eh?.

Al tiempo que esto decía, le pasaba la mano por la cabeza y Saltarina cerraba los ojos de placer.

-Sí,-Baló para si- Ella cuidaría de su nueva amiga que seguro se pondría muy contenta de saber que ya tenía un nombre: Revoltosa, muy bonito.

En cuanto se alejó el hombre, Saltarina se acercó más a Revoltosa y baló muy contenta.

-Ya tienes un nombre. ¿Te has enterado?

-¿Ah, sí? ¿Y qué nombre es ese?

-Revoltosa. Él te ha llamado Revoltosa.

-Suena gracioso, Revoltosa. ¿Y ahora qué?

-Cuando oigas que dice Revoltosa, haces algo, para que se dé cuenta que ya conoces tu nombre, ¿Comprendes?

-¿Y entonces el me pasará la mano por la cabeza?

-Seguramente.

-Me gusta eso, Revoltosa.

Y mientras rumiaba con gran apetito la hierba fresca de la montaña gozaba de balarse para adentro aquel nombre: “Revoltosa”. Desde luego, le gustaba, vaya que sí, le gustaba mucho.

Quería saber más a través de la simpática Saltarina, y se dirigió a ella con los más dulces balidos.

-¿Y cómo es que me ha puesto nombre?

-Se ha fijado en ti. Él se preocupa por conocernos.

-¿Y para que quiere conocernos?

-Para que todo sea más fácil. Cuando quiere algo enseguida respondemos con alegría y confianza. Él nos cuida con afecto.

Al tiempo que la comida, Revoltosa, rumiaba todo cuanto le balaba Saltarina. Lo estimaba mucho y la hacía sentirse feliz que alguien así la cuidara. Siempre, desde que tuvo algo de entendimiento, creyó que su especie era débil y que para poco servía y por eso no era digna que alguien la tuviera en cuenta.

Este pastor sentía diferente.

Al caer la tarde, cuando ya se aprestaban para regresar, el silencio se hizo denso y el peligro se hizo palpable. No tuvo duda, aquel ser maligno que devoraba individuos del grupo, estaba al acecho. Y de pronto vio recortarse en el horizonte el cayado del pastor. Fue increíble cómo se enfrentó a la fiera y la puso en fuga. Nunca alguien había hecho nada parecido.

Él se acercó. Ella todavía temblaba de miedo. La acarició y la envolvió en sus brazos dándole un calor que enseguida le hizo sentirse bien, querida y protegida, como nunca antes lo había sido.

Cuando en la oscuridad descansaba en el establo cerró los ojos sintiéndose feliz, porque al día siguiente volverían con él a los pastos.

Aunque no era de su rebaño, la trataba como a las demás y hasta la conocía por el nombre, Revoltosa, que sonaba tan dulce cuando lo decía.

Ahora si entendía a Saltarina.

Ojalá todas fueran un solo rebaño y este fuera el único pastor, el buen pastor.

 

Texto: Jesús Muñiz

El buen pastor

3 comentarios en “El buen pastor

  • el 20/05/2020 a las 8:35 pm
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    Bonito relato, que debiera hacernos reflexionar del trato que, en algún momento, queriendo o sin querer, damos a otros que no los consideramos de *los nuestros*.

  • el 20/05/2020 a las 9:17 pm
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    Hola buenas tarde muy bonito cuento con unA buenas reflexiones pero ser un buen pastor es difícil pero debemos seguir con el camino fiel

  • el 24/05/2020 a las 5:23 pm
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    Muy bonito !!como siempre !!dando lecciones de vida!!

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