El buen padre

El buen padre se subió a la terraza como todos los días.

Su vida había cambiado desde que su hijo pequeño se fue de casa.

Toda su vida, como en un corto de cine, desfiló veloz por su mente.

Aún no había cumplido diecisiete cuando su papá decidió marcharse a otro país. La muerte de mamá lo dejó muy tocado y no encontraba acomodo.

Se fueron a un país tropical. Allí el gobierno cedía ventajosamente terreno para quien quisiera trabajarlo.

Trabajaron duro bastantes años.

Su papá conoció a una estupenda mujer y él tuvo una segunda mamá.

Apenas conociera a la suya.

En diez años lograron establecer una granja magnífica.

No cedieron en el trabajo, comprando tierras a buen precio que otros agricultores abandonaban.

Cuando conoció a la que sería su esposa, su papá quedó encantado.

Durante muchos años vivieron en perfecta armonía las dos generaciones.

Su hijo mayor era un muchacho dócil y trabajó a su lado muy pronto.

Después vinieron de golpe gemelas, dos muñecas encantadoras.

Cuando nació su cuarto hijo, la felicidad fue completa, pues se parecía muchísimo a su papá. Este disfrutó de una vejez feliz, rodeado de sus nietos que lo adoraban.

La vida era cómoda y feliz, después de tantos años de trabajo.

Entonces el hijo pequeño le planteó que quería viajar, conocer mundo y labrarse un porvenir en otro lugar.

La tristeza inundó el corazón del buen padre. Con todo le puso buena cara, aguantando las lágrimas y puso una gran cantidad en su cuenta del banco.

Y el hijo se fue.

Pasaron diez largos años.

El buen padre miraba en el espejo a un anciano triste y envejecido.

La angustia de no saber nada de su hijo lo atormentaba a diario.

Se pasaba la mayor parte del tiempo en la terraza mirando al horizonte, alimentando su esperanza.

Finalmente se acostaba pensando que quizá mañana.

Aquel hijo se fue con la ilusión de volver lleno de sabiduría y riquezas para dejar de ser el niño mimado de la casa.

Pronto, donde quiera que iba hizo amigos. Se dejó llevar. Le aconsejaron inversiones, se juntó con gente de todas las clases sociales, quería aprender.

Tan joven e inexperto fue presa fácil de aduladores y personas sin escrúpulos que lo llevaron a la ruina en pocos años.

Con la cuenta del banco en números rojos, pronto se encontró solo.

Tuvo que ponerse a trabajar, pero no tenía conocimientos.

Aceptó los trabajos más humildes para mal vivir. Estuvo sirviendo copas en un bar, barriendo las calles y por último limpiando baños públicos.

Allí, bajo tierra, sin ver la luz del sol, rodeado de inmundicia, malos olores, se acordó de la granja de su padre, en donde las cuadras de los animales estaban más limpias.

Se acordó que los empleados de la granja de su padre, aún los más humildes, vivían mejor que él, pues recibían buen trato y un salario digno.

Entonces el recuerdo de la sonrisa de su padre, su ternura, su manera de ser justo con todos, sus hermanas y su hermano, le hizo llorar amargamente.

Diez años desde que se fue de casa. Volvería. Se arrojaría a los pies de su padre y le pediría perdón. Que no lo tratara como un hijo, sería el último de sus jornaleros, con eso le bastaba, pues ni siquiera eso merecía.

Todavía lloró varias noches antes de emprender el camino hacia la casa de su padre.

El Buen padre en la terraza vio un punto negro en el horizonte. Su vista ya no era muy buena. Hizo pantalla con la mano. Todavía no podía distinguir que era aquello, que se iba acercando.

De pronto su corazón latió con fuerza y se precipitó escaleras abajo. Enseguida llegó a la puerta, la abrió de par en par y se fue corriendo como un loco por el camino.

Llevaba caminando todo el día, exhausto, sin aliento, la ropa pegada al cuerpo. Apenas podía ver. Aunque estaba seguro, aquella era la casa, la emoción le envolvió y las lágrimas se le mezclaron con las gotas que le resbalaban por la frente.

El anciano volaba sobre el camino, su hijo, su hijo querido volvía a casa.

Al fin el hijo vio a al padre y en un esfuerzo supremo corrió hacia él para tirarse a sus pies y sin voz apenas balbucear:

-Padre, perdón, yo…

No pudo decir más, el buen padre, lo abrazó, lo levantó y lo envolvió con sus brazos, cubriéndole la cara de besos.

En la casa la gente que habían visto al amo salir de aquella manera, se apresuraron a seguirle y ahora veían conmovidos la escena.

Sin dejar de apretarle el padre grito alborozado:

-Pronto, preparadlo todo, vamos a celebrar una gran fiesta, mi hijo perdido ha vuelto a casa. Todo el mundo ha de celebrarlo, tened el baño listo, y las ropas, engalanad la casa, que cese todo el trabajo, que la fiesta inunde toda la hacienda, porque este es un día grande, un día feliz y quiero que todos compartan mi alegría.

Aquel hijo no sabía si reír o llorar, el no merecía todo aquello.

Su padre estaba en el despacho, preparando los papeles para darle a aquel hijo lo que ya tenía antes de marcharse, el acceso a todo como dueño, igual que sus hermanos.

Llegó el hijo mayor cansado del trabajo de toda la jornada y se extrañó al ver aquella fiesta. Al verle el padre, le abrazó feliz.

-Alégrate, tu hermano pequeño ha vuelto a casa y vamos a celebrar una gran fiesta.

-¿Fiesta? ¿Por qué ha regresado ese hermano que se ha llevado años de esfuerzo y trabajo para volver como un vagabundo celebras una fiesta? Yo estuve aquí todo el tiempo contigo, trabajando a diario y nunca hiciste fiesta por ello.

-Hijo, Tú has estado aquí como buen hijo, participando de todo, contigo lo he compartido todo, durante diez años, me has tenido a tu lado, y a tus hermanas, pero este hermano tuyo estaba perdido y ahora ha vuelto. ¿Es que tu corazón no se alegra porque el haya vuelto a casa?

El hijo mayor no contestó. Se fue a su habitación. El buen padre pensó: “Ya se le pasará”. Toda la granja estaba en fiesta.

Antes de amanecer, cuando todos dormían después de la fiesta, el hijo que nunca se había ido de casa se fue.

Cuando se dieron cuenta de su ausencia el padre lloró. Quizá tan preocupado por el que se había ido, no prestó mucha atención al que estaba en casa.

El hijo pequeño le dijo a su padre que iba a salir en busca de su hermano. Se sentía culpable de que se hubiera ido.

Más cuando vio el rostro de su padre decidió quedarse, pues creyó que se moriría de pena si se iba también.

Algún tiempo después llegó una carta del que se había ido:

“Querido padre, siento haberme ido de esa forma pero de otro modo no hubiera sido capaz. Me fui, porque mi corazón estaba lleno de envidia y de celos. Me sentí indigno de estar a tu lado que tan bueno siempre fuiste conmigo. A mi hermano le pido perdón porque mi corazón fue incapaz de alegrarse con su regreso. Ahora estoy intentando limpiar todo lo malo que hay en mí para volver a sentirme digno hijo tuyo. Sé que lo conseguiré. Os ruego tengáis paciencia. En cuanto mi corazón este limpio, volveré a casa”.

Toda la familia lloró al leer la carta. El hermano pequeño desde aquel día no dejó de acordarse de su hermano esperando el momento de su regreso.

El buen padre estaba feliz porque sabía que iba a dejar una buena herencia a su primogénito, él también sería un buen padre.

 

Texto: Jesús Muñiz González

El buen padre

3 comentarios en “El buen padre

  • el 15/06/2020 a las 8:36 pm
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    Hola Jesús. Buenas noches. Dios te siga bendiciendo. Una muy bonita reflexión y hermoso cuento. El hijo pródigo del evangelio de San Lucas me encanta. Gracias.

  • el 18/06/2020 a las 10:55 pm
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    Buenisimo!!cuento!!

  • el 20/06/2020 a las 12:09 pm
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    Desde my punto de vista, una muy buena ampliación de la parábola, ya que está termina con la llegada del hijo, y sin embargo Jesús añade algo muy interesante, que es el arrepentimiento del hijo mayor.

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