El bolso

El bolso le encantó.

A Evangelina le conquistó el regalo. Este ara  un bolso de viaje para toda la vida: espacioso, de piel suave, resistente, que cerraba a presión por la parte superior, como los de antes, un auténtico lujo.

De niña le seducían los viajes, pero la vida no le había dado muchas oportunidades.

Un viaje de fin de estudios al terminar el colegio y más tarde la luna de miel: eso fue todo.

Enseguida llegaron los niños; aunque eran dos sueldos, entonces no alcanzaban para mucho y los años pasaron rápidamente.

Ahora todo había cambiado: los hijos ya emancipados, viuda desde hacía tres años y, por último, como una lotería sin jugar, la oferta ventajosa de una jubilación anticipada, con cincuenta años recién cumplidos, un hermoso cabello plateado y algún kilo que con el tiempo se había enamorado de ella.

Ninguna enfermedad la aquejaba, su cutis tan fino y sin arrugas era la envidia de sus amigas y compañeras. Sus ojos seguían tan alegres y juveniles como si acabara de cumplir los veinte.

Aunque no había podido realizar sus sueños de viajar, nunca se quejó de ello y su vida, en un balance apresurado se inclinaba del lado feliz.

Por eso cuando supo que la jubilaban y en tan buenas condiciones, entendió que había llegado el momento de viajar.

Sus compañeras de trabajo habían acertado con el regalo de despedida: aquel bolso sería un excelente compañero de viaje.

Mientras caminaba hacia casa, pensaba en Laura, su amiga de la infancia, con la que al día siguiente emprendería un viaje por Italia de once días. Ella la forzó a comprarse ropa moderna y atrevida.

Las calles se le antojaban hermosas, aunque estuvieran vacías, apenas alumbradas con la amarillenta luz de las farolas; el camión cisterna refrescaba la noche con su cortina de agua; un perro callejero revolvía en la basura, mientras que otro ladraba desesperadamente a un gato encaramado en lo alto de una valla; las estrellas permanecían invisibles, tras la bóveda luminosa de la luz artificial.

Evangelina caminaba embobada, mirándolo todo como si fuese la primera vez que volvía tarde a casa, feliz como una niña, estrenando vida nueva.

Llegó al portal de su casa y veinte minutos más tarde, entre las sábanas, intentaba conciliar el sueño, desvelada por la excitación que le provocaba la proximidad de su anhelado viaje.

El despertador sonó con estrépito a las nueve de la mañana. A regañadientes se metió en la ducha. Bajo el agua caliente se despertó del todo, con lo que entró en una febril actividad hasta que llegó el mágico momento de llenar su flamante bolso de piel.

Lo abrió calmosamente, con unción. Fue colocando en su interior las prendas con la misma delicadeza que lo había hecho siempre al ordenar la ropa de sus hijos: la prenda interior tan sexy que le forzó a comprar Laura, pijamas cortos, pantalones, blusas, camisetas, niquis y faldas, zapatos para caminar, sandalias, zapatillas, el neceser con cepillo de dientes, dentífrico, hilo dental, crema protectora e hidratante, perfume y un estuche diminuto con maquillaje, barra de labios y esmalte de uñas, regalo de Laura.

Además, un precioso vestido lila y una chaqueta de piel a juego.

Lo miró todo y le pareció que aquel equipaje era de otra persona. Estuvo tentada de vaciarlo.

A un lado puso todos los papeles, con los hoteles, itinerarios, teléfonos y datos del viaje. En el bolso de mano llevaba duplicado de todo. Ocultó entre la ropa una cartera con dinero. Puso una copia de su DNI en la carterilla y  cerró el bolso. Todo listo, a la hora en punto.

Laura pasó a recogerla en un taxi y poco después volaban hacia su destino.

No conocía a sus compañeros de viaje. Hizo un retrato breve, de cada uno, como esos que hacen en las ferias, con trazo grueso.

Con ella y su amiga diecisiete personas.

En Madrid se les uniría el resto de la expedición hasta completar un total de cincuenta y dos.

El bolsoYa en el aeropuerto tuvieron que esperar casi una hora el autobús que los vino a recoger para llevarlos al hotel. Disponían de dos horas para descansar y asearse antes de la cena.

Evangelina echó una mirada aprobadora a su habitación, dejó el bolso encima de la cama y se desvistió para tomar una ducha. Envuelta en la toalla se echó sobre la cama, al lado de su bolso. Le agradaba el tacto de la piel. Se quedó adormilada. ¡Qué gusto!

Al cabo de un rato se incorporó y abrió el bolso. ¡Dios mío! Se quedó atónita. No era posible, aquel no era su bolso. Bueno, parecía su bolso, pero aquella no era su ropa. Alguien había cambiado el contenido.

Procuró calmarse. Revisó el bolso con detenimiento y llegó a la conclusión de que no era el suyo. En la etiqueta en lugar de su nombre ponía Brian Tender y olía diferente.

Examinó el contenido: calcetines blancos, calzoncillos blancos, pantalones claros, camisetas, camisas, media docena de cada prenda; un jersey, una chaqueta de piel y un chubasquero, un par de botas y un par de zapatos deportivos, pañuelos, una bolsita con maquinilla de afeitar, crema, loción y unas tijeras muy pequeñas, una bolsa con tabaco de pipa, dos libros y una agenda de piel en cuyo interior había una cartera con fotos y dos tarjetas de visita.

Las fotos eran de grupo, menos una que era un retrato de mujer. Las tarjetas de visita no coincidían con el nombre de la etiqueta. Ninguna otra identificación. Sólo un nombre.

Se le ocurrió algo, tenía que ser eso; claro, ambos habían retirado equívocamente los bolsos en la cinta transportadora del aeropuerto.

Ahora el tal Brian estaría haciendo lo mismo que ella, revisando el contenido y encontrando sus papeles, con el itinerario, los hoteles, la fotocopia del DNI…

Sería cuestión de tiempo que la localizara y se intercambiaran los bolsos. Eso esperaba al menos, porque ¿qué iba a hacer él con sus ropas? Al pensar en ello, sintió vergüenza de que un hombre extraño hurgara en sus cosas.

Sonó el teléfono. Recepción. Traían un bolso que le pertenecía. ¡Dios mío! Se vistió enseguida.

Al llegar al hall, se encontró con un mensajero. Hicieron el intercambio de bolsos y eso fue todo. Era el suyo, sin lugar a dudas.

Se quedó con las ganas de saber algo más. Después de todo no iba a conocer al extranjero que tenía un bolso igual que el suyo.

Ya sola en la habitación, examinó su bolso con detenimiento: no faltaba nada. Se notaba que lo habían explorado. ¿Qué pensaría de ella? Ahora agradecía no haberlo visto. Se había hecho tarde y bajó a cenar. Su bolso fue el motivo de conversación. Laura la atosigaba con preguntas y sentencias.

—¿Qué tenía dentro del bolso? ¿Ninguna foto? Ah, se llamaba Brian, inglés seguramente, o irlandés, ¡qué pena de foto! ¿La ropa interior…? ¿Y qué si la ha visto? Sabrá que eres una mujer moderna, atractiva, y tú tenías foto, eso es una ventaja, qué emocionante, esto es cosa del destino, tal vez lo conozcas… ¡Bah! Cosas de Laura.

Se acostaron pronto porque al día siguiente madrugaban. A las ocho, el desayuno.

Amaneció espléndido y se preparó para disfrutar el día. De nuevo tuvieron que esperar un buen rato al autobús.

Le llamó la atención un caballero sentado en el vestíbulo, de barba muy oscura, delgado y que la miraba con atención. Cada vez que levantaba la vista con disimulo lo sorprendía mirándola. No lo hacía con descaro, pero sí con insistencia.

Llegó el autobús y se fueron, pero la mirada de aquel hombre la seguía.

En el Vaticano hicieron cola para entrar a los museos. Les asignaron un guía y comenzó el recorrido.

Dos horas y media tardaron en llegar a la capilla Sixtina. Atestada de gente, era difícil moverse y contemplar el techo. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba.

Y volvió a verlo. Era él, no cabía duda, el caballero de la barba, sentía su mirada.

Laura la llamó para que no se rezagase. No miró de nuevo, pero se imaginó que aquel hombre la seguía. ¡Eso era una estupidez! Giró la cabeza de repente y no lo vio.

Por la tarde, el bus los llevó en una visita panorámica por la ciudad hasta la hora de la cena que tuvo lugar  en un restaurante típico. El ambiente era acogedor, romántico, con lamparitas en las mesas, flores que desprendían un ligero aroma y una música suave.

Los compañeros de Evangelina charlaban animadamente y ella sonreía, mirando a su alrededor. Laura le contaba anécdotas de sus hijos. Frente a ella cenaba una pareja, más o menos de su edad. Él era un hombre muy guapo, de cuidados cabellos blancos y bigote oscuro, elegante, que miraba a su pareja con ternura. Dejó el cubierto y cogiendo la mano de ella entre las suyas la besó. A ella no podía verle el rostro; su fino vestido blanco y ajustado resaltaba una bonita figura.

Sonrió. Entrecerró los ojos, soñadora. Con cierto bullicio llegó un grupo de jóvenes llamando la atención de todos, levantó la vista y al fondo… ¡No era posible!, el caballero de la barba otra vez. ¡Increíble!

Le daba vergüenza mirar. Seguro que no le quitaba ojo.  ¿Y por qué él podría mirarla y ella no? A pesar de su azoro, se armó de valor y lo observó. Tenía los ojos fijos en ella y mantuvo la mirada. Reparó en su gran nariz afilada y ganchuda, de judío. Aquella barba le daba aspecto de rabino.

Se lo imaginó con trencitas o tirabuzones y un gorrito de esos, como un casquete. Ese pensamiento la hizo sonreír. Y él le devolvió la sonrisa. Se pensaría que le sonreía a él. Sin embargo, fue entrañable verlo sonreír. Le dulcificó la expresión del rostro, aunque también había cierta complicidad en la sonrisa.

¿Qué cara pondría él si ella se acercara y le dijera: “Hola, ¿me está usted siguiendo? ¿Quiere algo de mí?”. Solo pensarlo le provocó la risa.

Laura quiso saber qué le hacía tanta gracia y se ruborizó. Era la primera vez que miraba a un hombre que no fuera su marido. Se le cortó la risa. Bajó los ojos y trató de enfrascarse en la conversación.

—¿Sabes? De pronto se me vino a la cabeza el día que nos caímos en el charco, a la entrada del colegio. ¿Te acuerdas?

Ahora se reían las dos, y siguieron recordando anécdotas del colegio. Se esforzó en no mirar hacia allí. Al fin se acabó la cena y regresaron al hotel. En cuanto llegaron se desvistió, tomó una ducha y se metió en la cama.

La imagen de aquel hombre venía a su cabeza y tardó en conciliar el sueño. A pesar de ello el cansancio la rindió y quedó dormida.

Al día siguiente se despertó con cierto malestar. Sentía la cabeza un poco abombada, como si hubiera tenido una pesadilla. Decidió vestirse cuanto antes, desayunar y tomarse una aspirina.

Todo lo de anoche le parecía tan lejano y confuso: el restaurante, la cena, el caballero de la barba, los recuerdos compartidos con Laura, el suceso con el bolso… se le mezclaba todo y lo recordaba como a través de una espesa niebla.

Se aseó y vistió mecánicamente, fue hacia la puerta. Entonces vio un sobre en el suelo. Se agachó y lo tomó en la mano. Lo abrió temblando. Dentro había una carta escrita a mano. en inglés.

Textualmente no era capaz de traducirla, si entendió que quien se dirigía a ella era el caballero con el que había intercambiado el bolso.

Se excusaba por haber visto el contenido, sus pertenencias, su intimidad y también por haberla seguido. Le pedía permiso para encontrarse con ella en el hall del hotel, a las seis de la tarde, el jueves.

Adjuntaba una foto: ¡Era el caballero de la barba! Algo había presentido al leer la nota.

Se sentó en la cama, con la mente en blanco, incapaz de ordenar sus pensamientos. Pasó mucho rato así, hasta que llamaron a la puerta. Laura, preocupada por su tardanza había subido a buscarla.

Aquella carta la desconcertaba. Se hizo mil conjeturas en la mente. Tan pronto le parecía una frivolidad, como algo importante. Tenían para ese día una excursión a Nápoles. En el autobús decidió que hasta el jueves disponía de tiempo de pensar en todo ello con calma y lo inmediato era disfrutar del paisaje.

El jueves estaba libre de excursiones y quedó con Laura para cenar. Por la tarde no tenía compromiso alguno. Después de comer dispuso de bastante tiempo para decidirse. Pensó en el bolso, su ropa, qué ponerse.

Al final pudo la curiosidad. Tomaría un café con aquel “inglés” y listo.

Cuando ella se acercó, él sonrió amablemente y le tendió la mano. La saludó con una voz grave, profunda, muy varonil, que le agradó. Ella trató de sonreír, mientras que él se excusaba por no saber español.

Se había roto el hielo, ¿y ahora qué? No era una situación cómoda, con una comunicación tan poco fluida.

A ella le costaba entenderlo; él se esforzó, repitiendo despacio las palabras  ayudándose con gestos.

Entre sentarse a tomar un café o salir a dar un paseo, eligieron esto último. Anduvieron bastante, hablando poco.

El bolsoLlegaron hasta el Coliseo. Entraron. Apenas había gente. Ella se sentó en un rinconcito a la sombra. Él se acercó y se quedó mirando sin dejar de sonreír. Le devolvió la sonrisa.

Parecía muy cortés y respetuoso. Se sentía a gusto con él. El silencio entre ambos no era embarazoso. Le preguntaba si se aburría y dijo que no.

El de improviso le dio un beso, breve, suave, rozando nada más sus labios. Ella sintió el leve contacto y no fue desagradable, pero quedó sorprendida.

El sol de la tarde daba de lleno. Se puso en pie, caminó hacia la salida y él la siguió en silencio. Así fueron todo el camino hasta regresar al hotel.

Estaba desconcertada, sin saber qué hacer ni qué decir.

Cuando llegaron, haciendo un gran esfuerzo ella le pidió su dirección postal. Le dijo que le escribiría cuando regresara a España.

Él la miraba como un niño al que se ha cogido en falta. Ella se puso de puntillas, le dio un beso en la mejilla y se metió en el ascensor.

Ya en la habitación, se sentó en una butaca, cerró los ojos y analizó despacio lo ocurrido. Lo intentó al menos, ya que fue incapaz, no hilvanaba con orden los pensamientos.

Nunca la había besado otro hombre ni se había planteado la posibilidad de una relación desde que enviudara. Era tan extraño todo.

El bolso estaba allí, sobre una cómoda, silencioso y cómplice. De alguna manera, cuando se lo dieron sabía lo importante que iba a ser en su nueva vida. Una sabe cuándo aparece algo tan especial y aquel bolso lo era. Es algo que siempre había deseado y este sueño cumplido era como la llave maestra para alcanzarlo todo.

Sintió el deseo de hablar con alguien. Cogió el teléfono y llamó a Laura. Tuvo suerte. Le preguntó si podría charlar con ella. Unos minutos después, en la habitación de su compañera de viaje, se lo contó todo. Laura la miraba boquiabierta. Se sintió mejor después. Laura le habló como una amiga.

—No sé cómo ha ocurrido, pero es algo maravilloso. Probablemente yo me hubiera vuelto loca y hubiera corrido tras él. Tú eres distinta. Siempre envidié tu elegancia, lo haces todo con tanta sencillez… Creo que has tomado una buena decisión, la mejor. Disfruta del viaje. Disfrutemos. Y cuando vuelvas a casa, tranquilamente, le escribes, si te apetece. Cuando lo hagas, un consejo, di lo que piensas, lo que sientes, sin miedos. Ahora vamos a cenar y luego a la Fontana de Trevi.

No volvió a ver a Brian, pero de vuelta en casa, el mismo día de su regreso llegó un espléndido ramo de flores. Había un sobrecito con una tarjeta y dos palabras: “Sorry. Escribe”.

Evangelina se dio cuenta de que su vida había cambiado. Tenía que organizarse pero no sentía ninguna prisa.

Laura y ella no volvieron a hablar del “incidente” de Roma y los días retozaban deliciosamente perezosos a su alrededor.

Poco a poco se organizó. No quedó en casa. Salió, se relacionó con gente, mantuvo el contacto con los compañeros de viaje, la amistad con Laura se afianzaba y ahora se veían con frecuencia, se apuntó a un club de senderismo, en un taller de pintura y trabajos manuales. Visitaba a sus hijos, caminaba a menudo por la playa y escribía cartas.

Un día Laura la llamó para hablarle de un viaje a Londres y que era necesario apuntarse para reservar la plaza. Ni lo pensó, dijo que sí inmediatamente.

El bolsoFue a buscar el bolso al altillo del armario. Lo puso sobre la cama y se quedó mirándolo.

Abrió un cajón del buró, sacó papel de carta y bolígrafo. Luego se quedó observando a través de la ventana, a su izquierda.

El sol estaba bajo, a punto de ocultarse, pero ahora todo lo que sus rayos cubrían brillaba con aquella dorada e intensa luz conmovedora: el beso de las buenas noches.

Volvió la mirada a su querido bolso de viaje y a continuación a la hoja en blanco que la esperaba humilde y silenciosa. Esbozando una sonrisa, comenzó a escribir: “Dear Brian… “.

 

Texto: Jesús Muñiz

El bolso

 

 

 

 

3 comentarios sobre “El bolso

  • el 23 de septiembre, 2019 a las 17:06
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    Es increíble como Jesús nos va sumergiendo en la historia como si la viviésemos en primera persona.! Y que bello es dejarse arrastrar y viajar con la protagonista. Gracias

  • el 26 de septiembre, 2019 a las 14:28
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    Qué hermoso cuento romántico. Solo Dios sabe dónde está el destino de cada persona. Gracias Jesús por tan bonito cuento.

  • el 8 de octubre, 2019 a las 0:39
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    Muy bonito cuento !!gracias !!! Fantastico ,brillante!!

Comentarios cerrados.

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