El ascensor

El ascensor abre sus puertas con precisión y pitido intermitente anuncia que se puede entrar.

A las ocho cuarenta en punto, como todos los días, Boris llega a la torre norte del World Trade Center y entra en el ascensor para subir a las oficinas de la ACE, en el piso 87. Al mismo tiempo lo hacen Kart, un caballero de gafas, impecablemente vestido, y Julia, la imponente secretaria de dirección de la OCAPA.

Los varones dilatan las fosas nasales, aspirando el seductor aroma que fluye de la muchacha. La miran con disimulo, pero ella se sabe examinada y apetecida, percepción que le cosquillea las pestañas y el ombligo, mientras esboza, coqueta, una sonrisa.

Cuando ya se cierran las puertas llega corriendo un muchacho con un maletín de herramientas. Los dos caballeros lo miran con desagrado, desaprobando el vaquero gastado, las botas, la camiseta ajustada y la melena recogida en una larga coleta.

Julia piensa que es un joven muy guapo. A Boris le fastidia la mirada complaciente de la muchacha. El técnico se dirige a ella con descaro.

—Por los pelos.

—Sí, por los pelos.

Se ríe de su propia gracia mostrando una hermosa dentadura y el muchacho se contagia seducido por la más hermosa sonrisa que ha visto nunca.

—Perdona que te mire, guapa, pero yo creí que las mujeres como tú nada más podía uno verlas en película.

—Gracias.

Julia disfruta con el apuro de los ejecutivos ante la espontaneidad del muchacho, que no se corta para decirle un piropo. Coincide a menudo con ellos. Durante los cuatro minutos que tardan en subir se intercambian miradas, pero nada más. Miradas de soslayo, porque no se atreven a hacerlo de frente. Ella se siente halagada, pero le gusta el muchacho.

Boris reflexiona acerca de la veleidad femenina. Siempre hablan de que lo importante es el interior de la persona y luego se dejan seducir por el físico de un imberbe en detrimento de cerebros cultivados como el de Kart o el suyo.

Kart es germano y disfruta en silencio de aquellos minutos diarios, contemplando a una mujer tan armónicamente constituida como Julia. Se burla mentalmente de los esfuerzos de Boris por gustar a la muchacha. Y ahora, inesperadamente, aquel mocetón lo deja en evidencia. El no está en la misma situación, pues no duda de cual sería la elección de la hembra si él se hubiera propuesto conquistarla.

Miguel, el muchacho de la coleta, mira con entusiasmo a Julia, fascinado por un cuerpo tan atractivo, embutido en una ropa tan sutil como ajustada, por las esbeltas piernas que se mantienen en equilibrio sobre unas frágiles sandalias. ¡Y qué bien huele! Le encanta venir a las torres para hacer algún arreglo. Es como ir al cine y formar parte del rodaje.

De súbito un ruido ensordecedor y un temblor espantoso sacude todo el edificio, los cuatro ocupantes del ascensor salen despedidos contra las paredes del mismo, como si fueran peleles, el terrorífico estruendo continúa como si no fuera a terminar jamás y los ojos se les dilatan en las órbitas como si desde ellos se uniera su cerebro al caos terrorífico que les hace sentir aquel instante como el último consciente de su hasta entonces plácida existencia. La voz de Boris es un grito desgarrado apenas audible en medio del infernal estrépito.

—¡Un terremoto! Tenemos que salir de aquí.

Sonidos dantescos, crujidos, chasquidos y zumbidos se suceden, y aunque en pocos segundos se amortiguan, permanece un ruido sordo que impide que la sensación de desconcierto disminuya en el ambiente.

Miguel y Kart se levantan los primeros. El muchacho se precipita hacia el cuadro y pulsa los botones para abrir la puerta, sin resultado; intenta dar la alarma, pero no funciona.

—Estamos atrapados.

Kart recorre el ascensor, examina las paredes como una fiera enjaulada, busca como un poseso. Boris, espatarrado en el suelo, junto a Julia, haciendo un esfuerzo se vuelve hacia ella.

—¿Estás bien?

La muchacha intenta abrir los ojos pero le pesan los párpados como si se hubieran vuelto de plomo. Lo mira atontada.

—No lo sé. Me duele todo.

Se palpa buscando algo roto. Boris se pone en pie y la ayuda a levantarse, aunque una sensación de mareo les invade.

—¿Qué hacemos?

Es Miguel quien habla, agotados los recursos. Kart se detiene un instante y los mira fijamente. Luego prosigue su recorrido. Miguel mira hacia el techo.

—Ayúdenme para alcanzar la trampilla. Podríamos intentar salir por ahí.

El alemán se detiene perplejo con una sonrisa nada tranquilizadora y Boris lo interpela.

—¿Se le ocurre algo mejor?

—Me parece un esfuerzo inútil, ¡inútil!

Boris, que lleva mucho tiempo coincidiendo con aquel hombre en el ascensor, se da cuenta de que está a punto de perder el control. Miguel interviene.

—Igual no se consigue, pero es una posibilidad mejor que nada.

Entre Boris y Kart ayudan a Miguel para que pueda tentar la trampilla del techo. Este la impulsa hacia arriba y la abre. Se iza sobre la abertura, ejerciendo fuerza con las manos y asoma fuera. La puerta más cercana está justo debajo del ascensor. El tumulto de voces y gritos de dolor es horrible, además del fuerte olor a goma y plástico quemados. El hueco se llena de humo.

—Voy a bajar, ayudadme.

Cierra la trampilla y les explica lo que ha visto.

—¿Pero que puede haber ocurrido? ¿Qué está pasando?

Kart mira a Julia, impotente, no sabe qué contestar a sus preguntas. No se le ocurre nada que decirle. Boris lo mira sorprendido. Había pensado que aquel hombre tendría más iniciativa. Aquel es un momento en el que se necesita tranquilidad.

—Es difícil saber lo que ha ocurrido, pero creo que nuestra esperanza está en intentar salir de aquí cuanto antes, si es posible. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

Kart mira su reloj.

—Siete minutos.

—No es mucho, pero tampoco sabemos en que situación nos encontramos.

Boris calibra el efecto de sus palabras en aquellos rostros expectantes. Habla con calma, con seguridad, sus vidas pueden depender de la actuación de cada uno en los próximos minutos.

—Hemos de valorar cuál es nuestra mejor posibilidad. No sabemos de cuánto tiempo disponemos. ¿Minutos?, ¿horas? No tengo idea; pero no hay que desesperar.

Miguel piensa que después de todo aquel tío tan puesto no se arruga fácilmente y lo admira.

—Tienes razón. Eso está bien. ¡Hala!, a romperse el coco.

El ascensorEn ese momento suena un móvil y Julia abre su bolso. Enseguida caen en la cuenta de lo estúpidos que han sido. En un momento todos están llamando. Durante un par de minutos hay un lío de conversaciones cruzadas a cuatro voces. Luego hablan todos a la vez, dando explicaciones.

—Ha sido un avión.

—Está ardiendo el edificio.

—El impacto ha sido más arriba.

—Tenemos que salir de aquí.

—No podemos esperar ayuda.

—Hemos de valernos por nosotros mismos.

—Conservemos la calma. Buscaremos la manera de salir. Hay que abrir la puerta como sea o romper el piso.

—La mejor opción es esa, ya que la puerta está debajo.

Todos están de acuerdo con Boris en que romper el piso es la mejor opción, pero ¿cómo?

Miguel se agacha inmediatamente examinando la superficie, luego abre su maletín de herramientas.

—Creo que si hacemos un agujero con el taladro, aquí y aquí y luego metemos una sierra, podemos ir cortando la plancha. No parece muy gruesa y desde ahí nos será más fácil desarmar el resto.

Boris capta la idea de Miguel. Si logran doblar un trozo de la plancha que cubre el piso y desde ahí acceder a la estructura interior tal vez puedan lograrlo. Con el taladro y la sierra Boris y Miguel se ponen manos a la obra. Julia y Kart se sientan en el suelo esperando. Hace calor, se han despojado de las chaquetas y tienen las camisas empapadas. A Julia la ropa le transparenta como si hubiera estado bajo la ducha y la mirada de Kart le molesta.

Un nuevo temblor y una explosión los sorprende otra vez, aunque parece que no es en el edificio. Kart y Julia se comunican con los móviles. Averiguan que otro avión se ha estrellado en la torre sur. Los bomberos están entrando en los edificios. Ellos comunican lo que intentan para salir. Kart habla con su esposa.

—No te preocupes, cariño. Aquí todo está bajo control. Pronto estaremos fuera. No hay peligro. Un beso. Te llamaré más tarde. Ahora tengo que ayudar a mis compañeros. —Corta la llamada y se dirige hacia los demás con tono de disculpa—. Está asustada. Temen que el edificio se derrumbe. Lo están dando en TV. Las dos torres están ardiendo.

Julia sigue hablando.

—No, no estoy asustada. Intentan abrir el piso para alcanzar una puerta. Si lo logran, estaremos a salvo. En pocos minutos saldremos de esta trampa. Tú estate atenta a las noticias. Yo estoy bien. No pasará nada. El fuego no se propaga hacia abajo. De verdad. Tú ya sabes que enseguida me asusto, pues ya ves que estoy tranquila, eso es que no veo ningún peligro grave, ¿te das cuenta, cielo? Tengo que cortar. Te llamaré luego. Es mejor no agotar la batería. Un beso.

Deja el móvil en su bolso, luego mete el rostro entre sus manos y rompe a llorar.

Boris sigue cortando. Avanza poco, pero continúa. El sudor le cae sobre las manos y la sierra se le escurre. Mira a Julia. Él no ha llamado a casa. No hay nadie para contestarle. Hace siete años que vive solo. Desde que su mujer se marchó al Caribe con el psicólogo que la curaba de una depresión, la vida se le ha escapado también.

Es el fin. Lo sabe. Hubiera debido luchar por ella mientras fue posible. Se alejaron en silencio, sin hablar. Ya no le importó cuando se fue. Realmente ya se había ido. Después fue al revés, el tiempo en lugar de borrarla, la fue dibujando cada vez con más fuerza, hasta el punto de que su vida sin ella era de un vacío insufrible.

Era libre para fijarse en otra mujer, como Julia. Pero al llegar a casa ella siempre estaba allí. Ni siquiera se dio a la bebida. Siete años viviendo con aquel fantasma sin que nadie se diese cuenta, engañando a todos con su aparente tranquilidad.

Miguel sigue agujereando la plancha, Boris con la sierra avanza muy despacio, así que el continúa haciendo agujeros dejando muy poco espacio entre ellos. Hace un rato, cuando habló por el móvil con su amigo, le pidió que si no sobrevivía se lo dijera a sus padres. Él no tenía valor para llamarlos. No se imaginaban que pudiera estar en la torre. Era pesimista. No confiaba en que salieran a tiempo. Según su amigo Alfredo, los expertos calculaban que las torres no aguantarían mucho, que se vendrían abajo en cualquier momento.

Mejor era intentarlo, hasta el último momento, que no hacer nada, esperando. Sería muy rápido. Le molestaba no vivir lo suficiente para saber qué sería de su vida. Al final iba a morir en compañía de una mujer tan estupenda como aquella morena guapa que… estaba llorando. ¡Dios! Se venía abajo.

—¡Eh, usted! ¿Podría continuar un rato con el taladro? Se me ha ocurrido algo para ir más de prisa.

Kart coge el taladro. Miguel se acerca a su maletín de herramientas, allí busca un martillo y un destornillador. Al pasar junto a Julia le aprieta el hombro con una mano. Luego, golpeando con el destornillador, va rompiendo las separaciones que hay entre los agujeros. Tardarán bastante menos así.

—¡Buena idea! —Exclama Boris mirando con admiración al joven—. Tiene iniciativas el muchacho.

—La necesidad despierta el ingenio. Será mejor seguir taladrando en ese lado mientras con la sierra puede ayudarme a cortar la plancha entre los agujeros.

En media hora consiguen romper un trozo de chapa del piso. El piso debajo está hecho con un conjunto de travesaños de aluminio. Tendrán que quitar unos doce para que puedan pasar por el hueco y después aún queda una chapa. Si logran salir del ascensor todavía les queda abrir la puerta y luego bajar unos mil escalones antes de alcanzar la salida.

Julia se limpia con el pañuelo. Sabe que va a morir, no saldrán vivos de allí. ¿Qué será de su hermana entonces? Su pobrecita hermana, tan indefensa, tan frágil. Todavía hay una esperanza a la que agarrarse. Hay que salir como sea. De nada sirve lamentarse, ni llorar. Es el momento de decidirse.

—¿Qué puedo hacer?

—Rezad para que vayamos rápido. Creo que el que salgamos de aquí depende del tiempo que tardemos en hacerlo.

Kart maldice y suelta el taladro.

—¿Qué diablos…?

La voz de Boris suena amenazadora. Miguel se levanta, coge el taladro, cambia la broca que se ha roto y continúa haciendo agujeros. Julia ocupa el puesto de Miguel. Kart se va a un rincón y allí se sienta, vencido.

A las diez han abierto un boquete suficiente como para que pueda pasar una persona. Han decidido que sea Miguel el primero en intentar alcanzar la puerta. Lo más complicado es abrirla accionando la palanca manual, colgando de los cables del ascensor.

El sudor le resbala sobre los ojos, dificultándole la visión pero no puede limpiarse con la manga. Por un momento está dispuesto a renunciar e inexplicablemente lo consigue. La puerta se abre y Miguel se deja caer en el piso.

El ascensorDesde allí mira hacia sus compañeros, animándolos a seguirle. La siguiente será Julia. Un bombero llega junto a Miguel. Lanza una cuerda con un gancho hacia el ascensor y cuando Boris, después de alcanzar la deja bien sujeta, la tensa. Ahora será mucho más fácil que desciendan. La distancia es muy pequeña. Primero es Julia, luego Kart.

El bombero les dice que bajen corriendo, no hay tiempo que perder. Boris desciende el último. Son las diez y veintisiete. Aquel valiente se va escaleras arriba buscando a alguien que pueda necesitar ayuda. Ellos bajan rápido las escaleras, distanciados, ahora  ya no se ven, cada uno con sus pensamientos acelerados buscando la salvación.

Son las diez y veintiocho. Todavía tardarán más de dos minutos en llegar a la planta baja. Ninguno mira hacia atrás. Cuando Miguel se detiene para tomar aliento, llega Julia, luego Kart y Boris.

El ascensorFalta un minuto y diez segundos para las diez y treinta. Reanudan la marcha, convencidos que de que les queda poco para llegar. En menos de un minuto estarán fuera.

Un chirrido espantoso, seguido del más horrible sonido que un humano hubiera experimentado nunca, conmueve el edificio que en cuestión de segundos se desploma como un esclavo inclinando la cerviz al ser alcanzado por los perros del amo. Se hunde estrepitosamente, levantando una gigantesca nube de polvo.

 

Texto: Jesús Muñiz.

El ascensor

4 comentarios sobre “El ascensor

  • el 9 de diciembre, 2019 a las 20:13
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    Jesús me encanta tu relato, transmite estupendamente muchos sentimientos, felicidad, ansias de vivir, ingenio, tensión sexual y emocional, suspense, … realmente bueno. Nos dejas sin saber si los protagonistas de la historia consiguen salir de edifico y salvar la vida, que cada uno le de el final que prefiera. No sabia de esta faceta tuya de escritor, creo realmente que deberías potenciarla. Felicidades!

  • el 12 de diciembre, 2019 a las 12:20
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    Totalmente de acuerdo con el comentario de Ana Bertolo,incluso sin descifrar el final, alcanzaron la salida? No?.
    Muy bueno Jesus muy bueno

  • el 12 de diciembre, 2019 a las 12:36
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    Un cuentos muy tristes mucha gente muriendo mucha familia desesperada muertos de mucho país incluso de mi país conocido mío

  • el 14 de diciembre, 2019 a las 12:30
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    Muy bueno, pero estresante..felicidades buenisimo

Comentarios cerrados.

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