El amor de la diosa.

El amor de la diosa podría ser el sueño de un mortal.

Nino bajó las escaleras a trompicones. Se le había hecho tarde.

Con espectacular ligereza introdujo sus noventa kilos de músculo, repartidos a lo largo de ciento ochenta y ocho centímetros, en el utilitario y acabó sobre el asiento sudando como un toro al final de la corrida.

Después salió disparado, pasó en ámbar tres semáforos y, cuesta abajo, en la avenida, se la encontró de pronto, desnuda, salvo un cinturón dorado, parada en medio de la calle, como una isla desierta.

Entones ella miró a su alrededor con asombro. ¡Era todo tan extraño y sorprendente! Como aquella calzada sin piedras sobre la que estaba, tan negra y áspera que se le contraía la piel en el contacto.

Primero oyó un zumbido, como si un moscardón gigante se abalanzara sobre ella, un violento chirrido y un grito.

Luego giró la cabeza y vio a una extraña criatura deslumbrante, blanca, con enormes ojos sin pupilas.

Entonces levantó un ala del costado y de su interior salió un varón magnífico, esbelto como un modelo de Praxíteles, vestido de una de manera indescriptible, gesticulando al tiempo que gritaba.

—¿Te has hecho daño?

el amor de la diosaAquellos ojos la miraban con una solicitud ingenua y conmovedora. Cada vez más gente, igual de extravagante, se paraba al verla.

El la invitó, con una sonrisa irresistible, a entrar en la criatura de donde había salido; que no era tal, si no una máquina transportadora.

Una vez acomodados en el interior, manipuló unos mandos y salió zumbando; tan deprisa, que ni Hermes la hubiera alcanzado.

Nino, estupefacto, la miraba de reojo; ella, sin pudor alguno, estaba tan campante.

No sabía dónde poner los ojos, aunque su físico no despertaba pasiones. Demasiado flacucha, mata de pelo revuelto, ojos pequeños, sin brillo apenas, cuello largo, rodillas huesudas; tenía un aspecto menudo, como un animal desvalido.

Se dio cuenta de que miraba el interior de su Ford igual que un niño un juguete nuevo.

—¡Qué susto me has dado! ¿De dónde sales, chiquilla? ¿Estás bien de verdad? ¿A dónde te llevo? ¿Y tu ropa?

¿Qué le podría contestar? Lo miraba embobada. Superaba a Eros en belleza. Hizo una mueca. Él la miraba con más curiosidad que deseo.

—¿No me entiendes? ¿Dónde vives?

—En ninguna parte. Llévame a tu casa.

¡Qué la llevara a su casa! Era el colmo.

—¿No tienes casa? Vaya. ¡Pues sí que…! Ponte esto.

Le alcanzó una sudadera que llevaba en el asiento trasero y que al ponérsela le tapaba hasta las rodillas. Tuvo dificultad en hacerlo, como si nunca hubiera visto una prenda igual.

Al rato se detuvo en una calzada más estrecha, cercada por altas construcciones de las que entraba y salía gente. Eran casas y hacia una de ellas la llevó.

Quedó sorprendida por la cantidad de objetos que había en un espacio tan pequeño.

Le mostró un baño diminuto, para una persona, y le indicó que podía usarlo mientras le buscaba ropa.

Cuando se vio en el espejo quiso morir. ¿Dónde estaba su espléndida melena dorada, su cuerpo exuberante modelo de escultores, tan admirado por los hombres y los dioses? Ahora comprendía sus miradas. ¿Cómo habían podido hacerle esto?

Salió cuando consiguió ponerse aquellas ropas.

El casi se moría de risa al verla. Aquella mirada de niño y la carcajada feliz desde aquella bien distribuida montaña de músculos eran una extraña pero seductora mezcla.

Este era su hombre, con él tendría que convivir veinticuatro horas y no seducirlo. ¡Este era el castigo! ¡Una situación insufrible! Y todo por el lío con Ulises.

Nunca había visto a su padre tan enfadado. Pero el de Ítaca era una maravilla de hombre y ella una débil diosa enamoradiza: dios o mortal, no le importaba, le fascinaba la belleza varonil y bastante era sufrir estar casada con un cojo.

Su padre obligó a Cronos a girar la rueda del tiempo y lanzarla al azar en la dirección de la flecha, y esta giró tres mil quinientos años hacia el futuro. Sentía ganas de morder.

Nino vivía solo. Le gustaba la gente y tenía muchos amigos, pero ninguna mujer era dueña de su corazón. Su relación con el otro sexo no sobrepasaba los lindes de la camaradería. Vivía feliz.

Ella le dijo que su nombre era Dione.

—Tendrás que decirme dónde vives para llevarte a casa.

—¿No puedo quedarme contigo?

—¿Te has escapado?

—Es muy largo de explicar, Nino. Solo te pido que me des cobijo por un día.

—Un día. ¿Un día entero? ¿Y qué voy a decir a mis amigos?

—Diles que soy tu prima, que acabo de llegar de…

—Sí, ¿de dónde?

—De Olimpia, ¿qué te parece?

—¿Olimpia de Grecia? Tú estás loca ¿Por qué no me dices quién eres? Se trata de un programa de la tele, ¿verdad? Un concurso, eso es.

—¿Qué es la tele?

—Ya. Está bien. No pregunto más. ¿Quieres cenar?

—Sí, tengo hambre.

—Ven conmigo.

Y la llevó a otro habitáculo tan sorprendente como el resto de la casa.

—Esta es la cocina. Seguro que nunca viste nada igual.

Le pareció percibir un tono de burla, pero cuando le preguntó por los esclavos y le explicó que los había liberado porque prefería hacer las cosas él mismo, ya no dudó que estaba bromeando.

Lo cierto es que estuvieron más de una hora entretenidos preparando comidas extrañas, aunque sabrosas, y charlando sin parar.

Ella lo preguntaba todo y él se divertía como un mono.

La animación siguió durante la cena y hasta mucho después.

Desde luego, era listo, además de guapo, tanto o más que Ulises.

Estaba rendida. El le indicó dónde podía acostarse y ni fuerzas tuvo para desvestirse, se quedó dormida en cuanto se abrazó al lecho.

Nino se quedó contemplándola un rato. No estaba mal la flacucha. Era divertida. Le sorprendía que fuera tan ingenua en algunas cosas y en otras tan experta: una personalidad muy sugestiva.

A la mañana siguiente, Nino la sorprendió con un suculento desayuno. No se puso el cinturón de oro, con el que dominaba el corazón de los hombres; con aquella pinta, de qué le iba a servir.

No entendía como él podría soportarla y que no hubiera una fila de mujeres a su puerta.

Nino le dijo que tendría que arreglar unos asuntos y ella le pidió acompañarlo.

Fueron a un gran edificio, como un templo, donde Nino y otros prepararon muchos desayunos sobre unas mesas largas, con bancos a los lados.

Cuando todo estuvo listo, medio centenar de niños se presentaron de golpe, gritando y alborotando igual que monos hambrientos, que lo devoraron todo en unos minutos.

Había que multiplicarse para atenderlos, en medio de una algarabía inenarrable: ¡aquello sí era divertido!

Al terminar visitaron tres sitios diferentes, en los que Nino hablaba de un tal Jorge, para el que buscaba trabajo.

Después conoció a Carmen, una mujer maltratada por el marido. ¡Pobre mujer! tenía la cara hinchada, llena de moretones, un ojo negro y un brazo roto. El marido bebía y le pegaba. Nino la llevó con una sicóloga (una experta en la psiqué, seguramente).

A continuación fueron a la cárcel, para ver a María.

Nino le explicó que encontraron droga en su casa, ignorante de que sus hermanos traficaran (algo parecido a piratear). María lo miraba con adoración mientras le hablaba.

En el hospital estuvieron con Luis; un hombrecillo, de ojos y alma hundidos. Nino fue capaz de hacerle reír.

La llevó a otro edificio que era una residencia para ancianos.

el amor de la diosaUnas mujeres vestidas con túnicas blancas y cubiertas con un tocado que les tapaba el pelo, los atendían, pero a la hora de comer no bastaban: muchos no se valían por sí mismos.

Conocían a Nino y le tiraban besos o lo abrazaban.

Ella misma le dio de comer a un viejecito que la miraba embobado y se reía como un niño. Cuando acabó le dio un beso. Era la primera vez que besaba a un anciano.

Luego visitaron a Sofía, una anciana que vivía sola.

Nino calentó una sopa y se la dio, mientras le contaba sus andanzas y la guapa prima que le llovió del cielo.

Era tarde cuando regresaron.

Nino se durmió en el sofá. Ella lo miraba complacida. Tenía unas ganas enormes de besarlo.

Oyó un ruido a sus espaldas, y apareció Hermes sonriendo.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a por ti, querida. Has cumplido tu castigo.

—¿No puedo quedarme un día mas?

—¿Bromeas? ¿Quieres seguir con los mortales?

—Sí, eso quiero.

—¿Quieres renunciar a tu naturaleza divina?

—Sí, quiero.

—¡Caramba! ¿Lo dices en serio?

—¿No se puede arreglar? ¿Es tan difícil lo que pido?

—Hablaré con tu padre. Él decidirá.

—Está bien.

Hermes desapareció, pero volvió al instante.

—Puedes quedarte, ya que lo deseas, con esta condición: Como humana, aceptarás sus leyes, serás mortal y con apariencia de tal. Al cabo de un año podrás volver, pero si entonces renuncias será para siempre.

—¿Y no volveré a ser hermosa?

—Ahora eres mortal, has perdido tus atributos de diosa.

Tendría que sacrificar su belleza para estar con él. Por otro lado, pensó que ninguna mujer hermosa lo había conquistado. Él parecía inmune a eso.

Se sentó a esperar que despertara.

Dione se quedó con Nino. Le ayudaba en todo cuanto hacía: en la visita a los enfermos, ancianos, cárceles; en la comida de los niños y de los pobres.

Ninguno de los días era igual que otro, cada día nuevos rostros pedían alimento, consuelo o ánimo.

Nino no escatimaba sonrisas ni afecto. Multiplicaba abrazos y besos, se multiplicaba.

Se enamoró de él.

Nino se acostumbró a Dione, a verla cada día, a tenerla a su lado en todo momento. Lo hacían todo juntos y se sentía feliz. Había transcurrido un año desde que había llegado a su vida y le llevaba un regalo.

Dione esperaba que llegase Hermes de un momento a otro. Quería quedarse con Nino, aunque no fuera para él más que una hermana.

Hermes vino al fin y tomó su decisión: quedaría con Nino aunque él no la quisiera como hubiera deseado. Eso era preferible a perderlo.

Al despedirse, Hermes la abrazó con fuerza. Nino llegó en aquel momento y se quedó frío.

el amor de la diosaPor un instante contempló a Dione abrazada a otro hombre, se dio la vuelta y salió a la calle.

Estuvo paseando. Durante horas. Se había acostumbrado a la flacucha y nunca pensó en ella como una mujer.

Al verla en brazos de otro sintió rabia, celos y deseos de ser él quien la abrazara.

Y ella prefería a otro. Él no iba a ser un estorbo, así que siguió caminando, sin volver la vista.

Como un niño huérfano, llorando, estuvo perdido en la noche.

Al amanecer, sin saber cómo, siguió caminando, pero de vuelta.

 

Textos: Jesús Muñiz

El amor de la diosa

Un comentario sobre “El amor de la diosa.

  • el 4 de septiembre, 2019 a las 1:07
    Permalink

    Muy bonito cuento Jesús, ojalá continuase

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: