El alfiletero de la anjana

El alfiletero de la anjana es el cuento que nos narró la encantadora Rosa. Ella es una mujercita menuda de estatura y gran corazón. Siempre se desvive por escuchar y atender a todos.

Ella, con su dulce voz nos contó la historia de “El alfiletero de la anjana”.

Lo primero es aclarar que es una anjana, pues de otro modo no se podrá entender el cuento.

Resulta que en Cantabria hay unas brujas o hadas llamadas anjanas. Poseen grandes poderes y con ellos premian a los buenos y castigan a los malos.

Desgraciadamente también existe una especie de brujos que sólo piensan en hacer daño a la gente y se llaman ojáncanos.

Tienen un solo ojo en medio de la frente como Polifemo.

Los ojáncanos viven en cuevas y son enemigos de siempre de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una pobre que andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo lo encontró. Enseguida pensó que, si intentaba venderlo, todos pensarían que lo había robado. Así que resolvió guardarlo.

Esta pobre se llamaba Adiva y vivía con un hijo que la ayudaba a buscarse el sustento.

Un día fue al monte y no volvió, porque lo había cogido un ojáncano.

Desconsolada al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía, Adiva siguió pidiendo limosna y guardaba el alfiletero en el bolsillo.

No sabía que al hijo le había cogido el ojáncano. Lo creyó perdido y muerto y lo lloró amargamente porque era la alegría de su corazón y la luz de sus ojos.

Un día que andaba pidiendo, pasó ante una vieja que cosía. Justo al pasar Adiva, a la vieja se le rompió la aguja y le dijo:

—¿No tendrá usted una aguja por casualidad?

Adiva lo pensó durante unos momentos y al fin le contestó:

—Sí que tengo, que acabo de encontrar un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una —y se la dio a la vieja.

Siguió Adiva su camino y pasó delante de una muchacha muy linda que estaba cosiendo y le sucedió lo mismo.

Entonces Adiva le dio la segunda aguja del alfiletero.

Más tarde pasó junto a una niña que cosía y ocurrió lo mismo. Adiva le dio la tercera aguja.

Ya sólo le quedaban los alfileres del alfiletero.

Sucedió que un poco más adelante encontró una mujer joven que se había clavado una espina en el pie.

Al instante le preguntó si no tendría un alfiler para ayudarla a sacarse la espina. Y Adiva le dio uno de sus alfileres.

Más adelante encontró otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto la falda de su vestido.

Sin pensarlo Adiva empleó sus tres últimos alfileres en recomponer la falda y con esto se quedó con el alfiletero vacío.

Al final, su camino la llevó al río, pero no tenía puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado, cuando oyó al alfiletero que le decía:

—Apriétame a la orilla del río.

Adiva lo hizo y de repente apareció un sólido madero cruzando el río de lado a lado y pasó sobre él hasta la otra orilla.

Entonces el alfiletero le dijo:

—Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

Adiva siguió su camino. Empezó a sentir hambre y no encontró casa alguna donde llamar.

Al momento se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió mientras proseguía su camino.

Luego, al poco tiempo, alcanzó a ver una casa a la que se dirigió sin demora para pedir limosna.

En la casa una mujer lloraba la pérdida de su hija porque se la había arrebatado un ojáncano.

Compadecida, Adiva le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a su hija.

En seguida se acordó del alfiletero y lo apretó fuerte.

De pronto apareció una corza con un lucero en la frente. La corza echó a andar y Adiva se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, volvió a apretar el alfiletero y apareció un martillo.

Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y ésta se rompió en pedazos y apareció la cueva del ojáncano.

Se adentró en ella acompañada de la corza y el lucero en la frente de la corza les iluminaba el camino.

Recorrieron la cueva por todos sus rincones hasta que en uno de ellos Adiva vio a un muchacho dormido.

Al verlo más cerca reconoció que era su hijo. Lo despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos. Después se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Volvieron a casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija. Entonces Adiva se dio cuenta de que era una anjana, que le dijo:

—Ésta es tu casa desde ahora. No dejes volver más al bosque a tu hijo sin cuidado. Y ahora aprieta por última vez el alfiletero.

Adiva lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas.

La corza, la anjana y el alfiletero de la anjana habían desaparecido.

Adiva pensó que poca cosa había hecho para recibir tanto premio.

Su hijo pensaba que cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas, era un premio que no le iba a dejar mucho tiempo para descansar.

Texto: Jesús Muñiz

El alfiletero de la anjana

2 comentarios en “El alfiletero de la anjana

  • el 12/08/2020 a las 7:16 pm
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    Buenas tarde muy bonito cuento y buenas reflexion dar es recibir

  • el 13/08/2020 a las 12:12 pm
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    Muy bonito cuento como siempre felicidades!!señor poeta!!

Los comentarios están cerrados.

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