"Desde mi Desván"

 

Amanecía un sol radiante, después de dos días de intensa lluvia, decidimos conocer Valencia por nuestra cuenta.
Con la mochila haciendo de despensa: huevo duro, agua, bocata y fruta, sin olvidar papel y bolígrafo, cogimos el tren en Gandia.
Nuestra parada sería el final del trayecto, justamente la ciudad de Valencia, allí nos encontraríamos con una preciosa estación de tren llena de figuras, coloridos y azulejos, al cruzar la calle surgían edificios tan bonitos, que decidimos volver otro día para patearla y hoy dedicarnos exclusivamente a la CIUDAD DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS.
No pretendo contaros todo cuanto mis ojos vivieron, tan solo quisiera hacer mención a una desagradable y repelente situación que jamás había vivido.
Habían transcurrido seis horas de nuestra estancia allí, cuando decidimos buscar la salida para regresar, dialogando en tono normal y en castellano (porque nos cuadró, lo hubiésemos hecho sin ningún problema en gallego) pasando cerca de un colegio de niños-as comprendidos entre nueve y once años que estaban merendando en un campo, de pronto oímos: ¡¡¡ gallegos!!! ¡¡¡gallegos!!! Ja, ja, ja ¡¡¡gallegos!!!…
– me quedé quieta, petrificada, sin mirar hacia atrás –
– si, yo también los oigo, es por nosotros –
Por un momento pensé en dar la vuelta, hablar con sus profesoras, sentarme en el campo con ellos, mirarles a los ojos y decirles miles de cosas… comencé a sudar frío – por favor, vámonos rápido a la parada del bus que necesito sentarme –
La mala suerte hizo que el nº 35 ya pasara, media hora hasta el próximo, con el tiempo suficiente para reflexionar.
Puedo aseguraros que me dolía el corazón y en mi mente no cabían más preguntas, entonces me acordé de un libro que hace 32 años compré y me ayudó mucho ENSEÑE A PENSAR A SU HIJO, yo creo que esos niños estaban saturados de informaciones, tecnologías etc., pero no les habían enseñado a pensar, porque aunque parezca raro, esa facultad también hay que trabajarla.
– ¿Qué hubiese pasado si nos oyesen hablar en gallego?
Como mínimo, nos hubiesen tirado al foso de las orcas.
Y en silencio comencé a soñar que iba a su encuentro, me sentaba con ellos, les contaba muchas cosas, reíamos, con las caras pintadas y disfrazados de todas las razas del mundo donde no había diferencia de color, idioma, bailábamos cogidos de las manos.
– ¡mucho tarda el 35!-
– debe de estar a llegar, ¡estás sudando!, ¡trata de olvidar!, no podemos amargarnos las vacaciones -.
– ¿sabes que te digo?- :

LO HUBIERA DADO TODO POR NO HACER ESTE VIAJE.

Gaviota

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