Amor en vacaciones

Amor en vacaciones es una posibilidad soñada.

El último día de vacaciones en Edimburgo mi hija nos llevó a Calton Hill, para ofrecernos una hermosa despedida contemplando la puesta de sol desde aquel mirador privilegiado.

Recortada contra el cielo naranja, vi la silueta de una pareja.

El sol, muy bajo ya, puso el cielo al rojo vivo y la silueta de aquella pareja me hizo pensar en el viaje de tres días a las Highlands.

La mañana en que salimos, mi hija consiguió que llegáramos temprano. Ahora, la foto que mi esposa me hizo en aquel momento, adquiere nuevo valor en el recuerdo, porque detrás de mí aparecen Felipe y Aline.

Entonces no sabíamos que iban a ser compañeros de viaje.

Cinco minutos antes de la hora, llegó nuestro medio de transporte: un microbús de dieciséis plazas.

Los asientos estaban dispuestos de tres en tres. En cinco hileras, con un pasillo en medio.

Mi esposa ocupó una plaza con ventanilla y yo me quedé junto al pasillo. Al otro lado estaba una muchacha rubia, de ojos azules, muy hermosa.

amor en vacacionesEl conductor era además nuestro guía, un auténtico escocés, oriundo de las tierras que íbamos a visitar. Rubio, pecoso, bigote y ojos azul-verdoso, en camisa, kilt, medias y botas, parecía arrancado de las páginas de una novela de Scot.

Entre lo poquísimo que yo sabía de inglés y el acento tan peculiar de Hamies, ese era su nombre, no me enteraba de lo que decía, aunque intuía lo interesante que era pues mencionaba con frecuencia a la reina María, a Rob Roy, William Wallace, Mc Cloud y Mc Gregor.

Como no había remedio, no me preocupé de escucharle y dediqué toda mi atención al paisaje y los compañeros de travesía.

Poco a poco los fui conociendo a todos.

Éramos un grupo muy heterogéneo: cuatro españoles, una pareja hindú y otra de chinos, cuatro italianas, la muchachita rubia que era checa, una jamaicana y una señora alemana muy simpática.

Los otros españoles, además de nosotros, eran Montse, una científica catalana y Felipe, un técnico en comunicaciones, muy guapo, según mi esposa.

Para mí, su cabello corto y rebelde, peinado con raya a un lado, su tez un tanto pálida y su perspicaz mirada tras los cristales de las gafas, le daban un aspecto intelectual y despistado.

Hablaba poco inglés y se entendía mejor con Montse y las italianas que con el resto, como yo.

Aline, la joven checa no hablaba una palabra de español, pero dominaba el inglés.

Desde el primer instante mi imaginación los emparejó y hasta creí que Felipe la miraba con cierto embeleso.

Este, me contó, que era su primer viaje al extranjero costeado con el  sueldo que había cobrado, en su primer empleo.

De Aline supe algo a través de Gertru, la alemana, pues ella hablaba con todo el mundo y en cualquier idioma.

La hermosa checa era enfermera, recién graduada y había rellenado una solicitud de trabajo en Edimburgo. Llevaba allí tres meses, como dependienta en un comercio y aprovechaba sus primeros tres días libres para conocer las tierras altas de Escocia.

Era la más animosa y vital de nuestro grupo. Saltaba la primera del autobús en las paradas y correteaba por todas partes, lo veía y lo fotografiaba todo.

Cuando Hamies iba delante para mostrarnos el camino, ella siempre iba a su lado.

Felipe era más pausado, se tomaba su tiempo, nunca tenía prisa.

En el restaurante que paramos a comer, Aline se puso en una mesa pequeña, sola. Detrás llegó Hamies y se sentó con ella.

Parece que se divertían bastante, a juzgar por las escandalosas risotadas del escocés.

Busqué a Felipe con la mirada, pero no lo vi.

Después de comer subimos a la montaña más alta de la isla de Sky.

amor en vacacionesTuvieron que ayudarme. El camino era estrecho y un pie en falso supondría bajar demasiado pronto al valle.

Aline iba la primera, junto a Hamies, tan alegre como si paseara bajo el sol por una cómoda vereda.

Estaba oscuro, el viento y la lluvia dificultaban la visión a los que teníamos gafas.

Cuando llegué a la cima apenas podía respirar, mientras que Aline, con los brazos extendidos, parecía que de un momento a otro levantaría el vuelo impulsada por el aire que hinchaba su chubasquero amarillo.

Por la noche fuimos todo el grupo a cenar juntos a un restaurante hindú. En una cabecera de la mesa estaban Hamies y Aline, en la otra. Felipe con las italianas. Al día siguiente, en el desayuno Gertru bromeaba conmigo:

-Romance en Highlands. Hamies gusta de Aline.

Y yo pensé: amor en vacaciones.

El tercer día, el sol lució espléndido y tuvimos muchas ocasiones para hacer fotografías.

Aline se hizo sacar bastantes con Hamies.

Felipe al agotar su último carrete comentaba riéndose, que se iba a dejar el sueldo en fotos y que no le quedaba más película.

Cuando subíamos al autobús, Aline se acercó a Felipe y le dio un carrete. El muchacho quedó tan sorprendido que ni pudo darle las gracias.

Cuando regresamos a Edimburgo, Hamies fue dejando a cada uno según se le indicaba. Felipe fue de los primeros y Aline quedó la última cuando lo hicimos nosotros.

Tenía la esperanza de que nos encontraríamos por la Royal Mile, antes de marcharnos, pero los días fueron pasando y no me crucé con nadie hasta el último día en que estaba solo, esperando a mi esposa.

Vi a Aline y la llamé, se volvió y sonrió al verme. ¡Qué sonrisa tan linda! Apenas intercambiamos unas palabras porque mi inglés era muy limitado y su español más aún. La esperaban a cenar y se despidió.

Probablemente sería Hamies su compañero de mesa, pues parecía que habían hecho migas y ella es posible que se quedara en Edimburgo. El amor en vacaciones imaginado entre Aline y Felipe solo era fantasía.

Claro que la realidad nos sorprende tan a menudo.

Ahora solo tenía que preocuparme de la puesta de sol.

Algunas nubes servían para que el sol juguetease coquetamente en el horizonte como una pícara doncella.

amor en vacacionesMonté la cámara y me dispuse a grabar algo que siempre me conmueve: la grandiosidad con que el sol disimula humildemente su omnipotente quietud haciéndonos ver que es él quien se oculta tras el horizonte.

Recortada contra el cielo naranja, la silueta de una pareja.

Entonces el zoom me deparó la gran sorpresa, porque al acercarme reconocí inmediatamente a Aline y a Felipe.

Ella miraba al sol y el embelesado los ojos de la muchacha.

Fue un espléndido atardecer, un maravilloso final para una breve historia que empezó en aquel viaje de tres días a las Highlands.

¿Sería este un amor en vacaciones?

Me preguntaba ahora si sería Felipe quien cenó con ella. La historia de amor de mi fantasía pudiera hacerse real después de todo.

El sol muy bajo ya, puso el cielo al rojo vivo, y la silueta de los jóvenes se perfiló en el horizonte.

Ahora en mi hogar y en mi recuerdo, me entra la duda de sí este final de la historia es fruto o no de la imaginación y tengo que pasar la grabación una y otra vez para comprobar lo que realmente vi en aquella puesta de sol en Edimburgo.

 

Texto: Jesús Muñiz

amor en vacaciones

Un comentario sobre “Amor en vacaciones

  • el 19 de septiembre, 2019 a las 1:10
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    Señor Jesús, usted, como siempre, usando su imaginación y su sueño para escribir bonito cuento. Gracias. Me da alegría leer.

Comentarios cerrados.

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