"Alzheimer" La flor del Iris blanca de la mente.

 

Como un caminante desorientado, mirando a la nada, mirando al vacio, tarde en la noche, resbala por los pensamientos de la memoria más lejana, se enreda en donde la verdad ya no existe, cae al mar. Y le acompaña la sombra de la tela más oscura. El pincel ya no quiere plasmar más colores ni tintes de mates satinados en el lienzo de la vida. Porqué el olvido ya no evoca las caricias desnudas del misterioso recuerdo y empuje de los sentidos.

Antonio Capdevila está sentado en la arena de la playa mirando al mar, desalando el corazón, a solas. Antonio tiene setenta y dos años y una vida por completar aún sobre su pecho. Hace poco que ha empezado a olvidar los últimos momentos que no alcanza a recordar, persiguiendo sombras en su mente, de un vaso que bebía del néctar de albores de lozanía. Con la ventaja de qué el tiempo pasado no le remuerde la conciencia, porque tristemente no la recuerda.

El Alzheimer es el borrador de los recuerdos que da inicio a la cascada de la perdida progresiva de la memoria. Como en la jaula de los barrotes rotos, atrapado entre la hoja y la piedra. Pero el alma no es ciega, ni olvida, ni resta calidad de una vida merecida y ganada, y que sigue cogida y agarrada a la sólida materia que es el cuerpo. Valiéndose de un trozo de vida de nebulosa incertidumbre, que sólo brilla cuando se refleja en los espejos de la memoria. Fresca armonía que suena como en el instrumento de adagio; de tiempo y movimiento a veces descompasado.

Antonio Capdevila recuerda una canción de los sesenta, de aquellos guateques de discos de vinilo, que le trae confusos recuerdos de su lejana juventud. La juventud es como la lluvia que cae en la arena y, cuando cuaja, se agarra como una brida al recuerdo más lejano. A veces se impacienta y obedece al encargo del olvido y, a veces, con un poco de suerte, le renace a cada instante.

De la brisa qué de dentro del mar viene, hacia tierra firme del poniente más lejano que parece que ventila. Llega el aire que le sirve de medida, de exhalación más que de consuelo en la verdad. Como huyendo del destino de un pretérito desorganizado. Los recuerdos se confunden, se mezclan, se mecen, se acarician, se emanan, porque probablemente bebieron de la fontana de una vida limpia de esperanzas y sabiduría de precedente pasado.

El cerebro es un misterioso bosque de neuronas impacientes y traviesas. De duendecitos encerrados en una alambrada, como una enredadera de bosques misteriosos que piden que les miren. Y la mente, la memoria que guarda el tiempo. El tiempo que ningún reloj marca por carecer de medida. La percepción sensorial dibuja imágenes de sensaciones confusas, donde el sol todavía vibra. Nada es indeleble al olvido, ni el dolor ni el placer. Ni el amor ni del rencor. Claustro de una sed que guarda el tiempo, imposibilidad de reflejar el agua del espejo olvidado de recuerdos de días transparentes. Pues ha de vibrar el alma como un cerrojo que cierra el círculo, como una verja, como parte normal del envejecimiento. Terrible embudo saberlo todo y no acordarse de nada. Ancha memoria desorientada pero a la vez iluminada. Porque es maravilloso llegar a viejo y sentir que tú puedes olvidar, pero los demás no te olvidan.

Sentado en la orilla de pleamar, encima de la arena, a Antonio un soplo de viento le rebota en su rostro, saboreando con el paladar de su conciencia el gusto salado del mar. Antonio se siente como aflojado de sus cadenas por unos momentos, de hechizado encantamiento por las mágicas nubes que asoman por el horizonte. Que le traen un poquito de ensueño, que le acarician el rostro deslizándose como una palma inocente y tibia. Y se siente trocado como una flor en paz, capaz de absorber un aroma impío, dándole fuerza para atravesar paredes de plomo, aislando como el muro. Y, aunque ya no fluyan las palabras encadenadas, éstas, como sintiéndose malheridas se defienden, no se rinden, no se doblegan porque son testigos mudos de tanta verdad que viene abajo recordando el camino.

Una silueta sombreada y que parece perdida por la arena se le acerca por la espalda, y posando su mano sobre su hombro, le dice:
– ¿Vamos?
– ¿Quién eres? ¿Eres el total olvido que viene a buscarme?

– No, soy tu hijo. Y tú eres mi padre.
– Pues vamos hijo.

Que pronto será de noche cuando se desvanezca todo trazo de tenue recuerdo. El olor de las rosas pueden dar los amores y el sonido de las olas la esperanza posible de cura algún día. De un día, no muy lejano, para hallar la cura. Porque el Alzehimer hoy puede ser un enemigo. Quizás algún día, quizás mañana, sólo un compañero de viaje en la vejez más merecida.

Me da igual pensar en un final sin recuerdos que en un futuro sin huellas. Porque es maravilloso llegar a viejo y no sentirse culpable por ello.
Ambos, padre e hijo, se alejan cogidos del brazo. Remachando este momento con el amor que solo puede dar el alma abierta. Como una caja de música cuyos cilíndricos remaches están hechos de bondad, no de metal, movidos por el muelle de la esperanza que sólo abre cuando vuelve al sitio que perdió para que le ayude a encontrar el camino.

¡No!, nunca más seremos los que fuimos. ¡Será difícil despertar! Por eso recordaré el hoy cada día. ¡Despertar, despertar!, eso es todo. Ya no duele la mañana, el recuerdo derramado es el alimento. Y la memoria, diáfana y plana, la flor del Iris es la flor de la memoria, que no nace en lo más alto del acantilado sino en lo más profundo de este tinglado que es el recuerdo más diáfano.

Sergio Farras

Escritor tremendista.

Un comentario en “"Alzheimer" La flor del Iris blanca de la mente.

  • el 16/01/2012 a las 10:06 pm
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    Yo mantengo la esperanza en un futuro muy próximo donde, seguramente, se podrá prevenir o minimizar esta terrible enfermedad. Saludos. Alex

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