A la luz de un candil 2º Parte

La lámpara Cooper Hewitt funcionaba a baja presión, con una presión de vapor en régimen del orden de los 2 mm de columna de mercurio y tenía una duración de unas 2000 horas. Su luz, de tono azul verdoso, tenía una eficacia luminosa de 12,5 lm/W para la lámpara de 385 W.

bombi1.jpgFue la primera lámpara de descarga normalizada y, por tanto intercambiable. Para corregir el color de la luz emitida por el vapor de mercurio, estas lámparas se asociaban tanto a lámparas incandescentes como a reflectores fluorescentes. Este tipo de lámpara fue mejorada en 1904 por Bastian y Salisbury, y posteriormente por Hereaus, Schott y Otto Vogel.
Algunos intentos de uso de amalgamas, de cadmio en 1902 por parte de Gumlich y más tarde de cinc y de sodio, no dieron resultados satisfactorios.
Así como la rama de alta presión proporcionó frutos cada vez más satisfactorios, la rama de baja presión debió sufrir un injerto antes de convertirse en utilizable.
Dado que la resistencia térmica de una envoltura de vidrio no permite alcanzar una alta presión del vapor de mercurio, Kuck, en 1906, sustituyó el vidrio por cuarzo que admite presiones del orden de una atmósfera. La lámpara de Kuck dio frutos nutritivos: 16 lm/W, pero poco sabrosos, ya que la luz emitida era muy pobre en radiaciones roja.
Fue alrededor de 1930 cuando la lámpara de vapor de mercurio a alta presión pudo ser comercializada. En esa época, una lámpara de 400 W con quemador de vidrio puro, emitía un flujo luminoso de 16.000 lm y una eficacia luminosa total, teniendo en cuenta las pérdidas en la reactancia, de 38 lm/W; y una lámpara, con quemador de cuarzo de 75 W, emitía un flujo de 3.000 lm, con una eficacia luminosa del orden de los 33 lm/W. La vida de estas lámparas estaba comprendida entre 1.000 y 3.000 horas.
En 1935, C. Bol intentó mejorar el color de la radiación del mercurio utilizando lámparas a muy alta presión (varios centenares de atmósferas). diapositiva1.JPGLa torre Eiffel y el Palacio de la luz de la Exposición Universal de París, en 1937, fueron iluminadas con lámparas de este tipo, refrigeradas por agua, pero este sistema no progresó.
A lo largo de la década de los años 30 reinó una gran actividad en el “Jardín de la Luz”. Mientras algunos investigadores se esforzaban por mejorar las cualidades de la rama del vapor de mercurio alta presión, otros se dedicaron al desarrollo de una tercera rama del árbol de la descarga: la correspondiente al vapor de sodio.
Un árbol del “jardín de la luz” llamado fluorescencia, que no había producido nada hasta el momento, sirvió de injerto en la rama del mercurio a baja presión, permitiendo obtener resultados de gran calidad.

6. El árbol fluorescente.
florescente.jpg Ya en el primer siglo de nuestra era, Plinio citó en su Historia Natural diversas sustancias fluorescentes.
En 1852, Sir Georges G. Stokes descubrió que las radiaciones ultravioletas provocaban la fluorescencia de diferentes sustancias. Encontró que el sulfato de quinina transforma la luz ultravioleta, invisible, en radiaciones de mayor longitud de onda, visibles. Stokes fue el primero en comprender el fenómeno de la fluorescencia y en bautizarle con el nombre de “fluorita”, mineral que es altamente fotoluminiscente.
En 1859, Edmond Becquerel situó materias fluorescentes en el interior de un tubo de Geissler, pero esta lámpara resultó de corta vida y de baja eficacia luminosa. En su libro “La Luz “ publicado en 1867, sugirió el disponer la sustancia fluorescente en forma de capa muy fina sobre la pared interior del vidrio de la ampolla. Una solución técnicamente satisfactoria para poder materializar esta sugerencia fue de una muy lenta elaboración.
En 1902, Steinmetz propuso una lámpara en la que las sustancias fluorescentes se disponían en el exterior del tubo. En 1904, Fleming utilizó vidrio de óxido de uranio y, en 1910, los ensayos de Becquerel fueron continuados por Urbain. En 1912, Andrews fabricó una lámpara de débil eficacia con cátodos fríos.
Prosiguiendo los notables estudios de Wood, un pionero en la conjunción de sustancias fluorescentes con el tubo de “neón”, llamado Jacques Risler proyectó, en 1923, un tubo recubierto exteriormente mediante sulfuro de cinc, debido a que el producto de fijación de las sustancia fluorescentes ensuciaba la atmósfera del tubo de descarga.
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A principios de los años 30, esta dificultad fue superada finalmente y los tubos fluorescentes de “alta tensión” van imponiendo su uso en letreros luminosos. Por esta época solo se disponía de dos sustancias fotoluminiscentes realmente satisfactorias:

* El silicato de cinc con manganeso, que emite luz verde.
* El tungstato de calcio que emite luz azul.

Marino Lamas Costa.

TR

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