Crónicas desde Cabo Verde (III).

Mujeres calladas.

Lidia Rojo. Consultora en misión internacional para Naciones Unidas en Cabo Verde.

En mi segunda semana en la Ribeira Grande de la isla de Santiago, la formación va por buen camino. Las mujeres confían en mi y están atentas a cualquier nuevo dato o conocimiento que comparto con ellas. Son mujeres trabajadoras, disciplinadas y entre ellas se organizan rápidamente y en silencio. Será la herencia de cinco siglos de esclavitud y trabajo callado. Pero esta vez, trabajan con gusto. Imagino los proyectos que deben surgir en sus cabezas ante la idea de tener una forma con la que ganarse la vida. Trabajan con dedicación y mimo. Cada jabón que producen, lo tratan como si fuera una valiosa pieza de museo. En algunos momentos es tan intensa su dedicación que me doy cuenta que son ajenas a mis indicaciones. Entonces, sonrío y las dejo trabajar tranquilas.
Bailan Batucadeira.

Los momentos de descanso para comer algo se han convertido en algo delicioso. La alegría y forma de vivir de estas mujeres es digna de cualquier admiración. Cuando las mujeres descansan, cantan y bailan batucadeira de manera espontánea.

El personal de ONU Mujeres.
Especial mención y cariñoso homenaje quiero hacer al personal de ONU Mujeres en Cabo Verde: Clara Barros e Isabel Martínez, que trabajan a destajo convirtiendo su trabajo en algo más que un deber profesional.  Admirables y queridas mujeres ya para siempre en mi corazón.

La exhuberancia  vegetal de la zona.

Tengo la enorme suerte de tener las mejores guías turísticas del país. Las propias mujeres me invitan a sus casas al terminar la formación y me acompañan por los rincones y parajes de la zona. Mientras caminamos, me van indicando a cada paso las plantas medicinales de la zona, sus usos, los preparados… “Profesora Lidia” me llaman. Y en realidad son ellas las profesoras y yo una humilde alumna, agradecida de su generosidad y sabiduría
Los dependientes.

La miseria y pobreza de estas mujeres, se multiplica cuando tienen a un dependiente en casa. Nonó, una guapa e inteligente mujer de 54 años, me pide que la acompañe a su casa. Vive en la Rua Banana, calle del siglo XV, Patrimonio Mundial de la Humanidad. Hasta allí se acercan los turistas para hacer fotografías. Nadie se interesa por lo que hay puertas adentro. Nonó me introduce en su hogar. Su hija de 23 años parece tener parálisis cerebral y autismo. La niña-mujer, se tira al suelo, se arrastra, grita y rasga todo lo que encuentra a su paso. Nonó me mira a los ojos y me cuenta que para poder salir a ganar algo de dinero, tiene que encerrar a su hija en casa. Su mirada me traspasa, me deja sin aliento. A la niña le gustan las caricias y los mimos. A petición de su madre, le saco fotos y ella me agarra con una fuerza endiablada. No quiere que me vaya y me clava las uñas en la piel…Cuando salgo de la casa, no me duelen los arañazos. Me duele el alma.
Con el corazón “partío”.

Y así transcurre mi estancia en esta bella tierra. Con el corazón entre la admiración de sus paisajes, la generosidad de sus gentes y la realidad de la existencia de alguna de sus mujeres.

Lidia.

Un comentario sobre “Crónicas desde Cabo Verde (III).

  • el 21 de noviembre, 2011 a las 21:02
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    Estoy emocionada al leer tu crónica. No puedo evitar las lágrimas a causa de la empatía que siento por ser mujer, madre y abuela. Admiro tu labor y deseo que todo te sonría ya que lo mereces por atreverte a realizar tan encomiable labor.
    Suerte Lidia y adelante

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