La caída.

Calmoso y tranquilo, Eustaquio esperaba sonriente que sus alumnos desalojaran el aula; acto seguido, guardó su material de trabajo en la cartera y se fue a la sala de profesores, donde tenía claustro, como todos los viernes. Estuvo atento a los informes de sus compañeros, tomando notas con rapidez. Era tan diestro con el Braille como sus colegas con el bolígrafo. En un pequeño descanso, mientras tomaban café, el profesor de literatura comentó su actividad con los niños, utilizando la película “El despertar”. Ese título avivó los recuerdos de Eustaquio, se le hizo presente aquella mañana, veinte años atrás, en la que el desprendimiento de retina provocó su ceguera. Fue un despertar doloroso, igual que en el film, que guardaba en su mente como un tesoro.

Superó la desgracia con una entereza admirable y se hizo un propósito, conseguir un puesto en el mundo de los videntes sin provocar la lástima. Y lo había conseguido. Sus amigos olvidaban con frecuencia su ceguera, lo que daba lugar a situaciones, a veces jocosas, a veces dramáticas: ejercía su profesión de maestro como cualquiera, ganándose el respeto y la admiración general…

La reunión transcurrió con regularidad, no sin que fuera evidente su pericia para dar un resumen de todo lo hablado. Al terminar, se demoró como siempre, le gustaba ir solo, libre, independiente; le molestaba que se cuidaran de él; se valía por sí mismo, sin necesidad de nadie. Guardó cuidadoso su cartera para el lunes y salió a la calle. Todos se habían ido. Doce años recorriendo los trescientos veintisiete metros que le separaban de su casa le daban seguridad. Desplegó su bastón e inició la marcha. Tenía memorizado por completo el recorrido: cada baldosa de la acera, cada portal por el que pasaba, cada irregularidad de la calzada; sus pasos eran precisos, regulares, calculados, caminaba con soltura. ¿De no ser por el bastón, quién podría pensar al verle que estaba ciego? Su cerebro había realizado una gran labor desarrollando el resto de los sentidos en un grado superlativo. Casi alardeaba de su ceguera, pues a pesar de ello caminaba por la vida, con más firmeza que muchos con todas las capacidades.

Al llegar al primer cruce, una calle estrecha con poco tráfico, se paró hasta que su fino oído percibió que alguien cruzaba, entonces aprovechó él. Era prudente. Aunque hubiera podido hacerlo solo, no se arriesgaba sin necesidad. Llegó a la otra acera y continuó, faltaban unos metros antes de la próxima esquina; al otro lado, en su hogar, le aguardaban su “querida osita y tres cachorros”. Desde que en un cursillo de autoestima les hablaron de abrazos de oso, su esposa era “querida osita”.

Tres golpes de su bastón, dibujando un semicírculo, le advertían de cualquier obstáculo. Inesperadamente, no encontró apoyo, no halló suelo al golpear y, sin tiempo para reaccionar, se precipitó en el vacío… chocó violentamente de cabeza y perdió el sentido…

¿Cuánto tiempo estuvo así? No lo sabía, su primera percepción al recobrarse fue un horrible dolor de cabeza y la rodilla… ¡Cómo le dolía la rodilla! ¿Qué había pasado? Un martillo pilón golpeaba su cerebro. Trató de pensar, de recordar, intentó sobreponerse al dolor. Apoyándose en la pared, con gran esfuerzo se puso en pie. No tenía nada roto. Se palpó la cabeza, notó un chichón. No sangraba. Estaba confuso, dolorido, pero no parecía grave ¿Dónde estaba? Tenía que salir de allí. Recorrió las paredes con sus manos, tratando de leer su entorno, se hallaba en una especie de cubo ¿De hormigón? Menos de dos metros de ancho. Buscó la abertura, alzó los brazos y de puntillas alcanzó la superficie. Por allí había caído, una abertura circular. De un pequeño salto se agarró al borde, y a pulso pudo alcanzar la acera ¡Vaya! Un pequeño accidente, sin mayores consecuencias. La rodilla le escocía muchísimo, la tendría desollada. Se agachó, su bastón tendría que estar por allí cerca, nada. Palpó las manecillas de su reloj, veinte minutos para medianoche, había permanecido inconsciente varias horas, era tarde, realmente tarde. Sintió sobre si todo el silencio de la noche, nadie transitaba ya. Tenía necesidad, la necesidad imperiosa de estar con los suyos, de irse a casa, comenzaba a encontrarse mal, a cada instante peor. Su hogar ¡qué confortable! Dio un paso y se detuvo ¿En qué dirección, hacia dónde tenía que ir? Trató de pensar, de recordar, sin resultado. ¿Dónde estaba? Una angustia cruel le invadió, tuvo la certeza de que no sabía ir a ninguna parte, había perdido por completo el sentido de la orientación. Su habilidad, su maravilloso tacto con las manos, no le servía. Todos sus conocimientos, su habilidad, su destreza se esfumaron. Se sintió torpe, muy torpe, como un pobre ciego perdido, no sabía dónde estaba su casa, no sabía que hacer, ni a donde ir. Su pulso se aceleraba por momentos, le faltó el aire. Él tan experto, tan habilidoso, más que muchos videntes, estaba más perdido que un niño pequeño. ¡Perdido! Completamente perdido. ¡Oh Dios! No podía resistirlo, necesitaba ayuda, urgentemente, necesitaba ayuda, alguien tenía que ayudarle, ¿Es que nadie que podía ayudarle? Y entonces no pudo, no pudo más, y explotó, allí mismo en la acera, llorando, desesperado y gritó, gritó…

-¡Socorro! ¡Por favor! ¡Auxilio! ¡Qué alguien me ayude! ¡Qué alguien me ayude! ¡Socorro! ¡Soy un pobre ciego! ¡Socorrooooo! ¡Por favor, qué alguien me ayude! ¡Dios mío, que alguien tenga piedad de mí! ¡Soy ciego! ¡Soy ciego y me he perdido!…

Texto: Jesús Muñiz Gonzalez