Infarto (II parte)

Entran dos enfermeras y me piden que salga un momento. Mientras espero llega Ruth y me cuenta. Ruth es mi hija, una enfermerita recién titulada.

-Pues nada, que hay que estar al loro, pero no hay peligro. Con que vaguee un poco y se de mimos, ya vale. Que después de este aviso, tiene que desacelerar la marcha, que la abuela iba como una moto y ochenta y cuatro tacos no son para tomarlos a cachondeo. Es una pasada como se recuperó. El médico flipa con ella.

-¿Qué le pasa a la chica que está al lado?

-¿A Leonor? Esclerosis múltiple, un alucine.

Me quedo mirándola con cara de bobo; y me explica, con ese lenguaje tan directo que tienen los jóvenes…

-La esclerosis múltiple se produce cuando se pierde mielina. La mielina es una cubierta protectora de los nervios. Al perderse, las comunicaciones entre el cerebro y el resto del organismo van chungas y se monta un lío del copón. Eso repercute en todo: los sentidos, los músculos, no puedes controlar nada. La de ella es una esclerosis progresiva que te cagas, la trajeron porque tuvo un brote muy violento y están probando un nuevo fármaco para intentar que no avance; la tratan con Interferón y mitoxantrona, combinándolos creen que se puede detener el desarrollo de la desmielinización. ¿Lo agarras?

-Es decir, que su cerebro y el resto del cuerpo están bien, pero la comunicación funciona peor que el tráfico en hora punta.

-¡Ay!, qué papi más listo tengo.

-Es que te explicas como un libro abierto, cariño.

Cuando entramos de nuevo en la habitación, están hablando de mí, una madre que presume de hijo.

-Es muy listo.

Y Leonor, una mujer coqueta al fin y al cabo.

-Y es guapo.

No tengo que esforzarme en sonreír, me contagia la mirada de esta chica. Apenas controla los movimientos de manos y brazos, y Ruth la ayuda con la merienda. Parece que hoy su marido se retrasa un poco. Qué fácil es tomarle cariño, llevo allí unos minutos y estoy encandilado mirándola. Me sorprende y se lo digo:

-Te miro porque eres muy guapa, Leonor. Tu mamá robó un poco de cielo para hacer tus ojos. ¿Sabes que tu nombre significa “bella aurora”?

Se relame de gusto, disfruta con los piropos. Parece increíble el bienestar que transmite. ¡Qué curioso!, creí que la primavera estaba fuera y que me lastimaba con su belleza, pero en realidad está aquí. Mi madre está un poco cansada pero feliz, como si llegara de un largo viaje del país de las hadas, y a su lado un ángel con el cielo en sus ojos.

Un poco más tarde entra en la habitación un joven, rubio, atlético, bien parecido, de esos que mi hija dice: “Qué tío más bueno”. Saluda amable y se va al otro lado de la cama. Leonor se transforma al verle, sus ojos deslumbran como lagos que reflejan el sol y su mirada es pura miel. Como un gentil caballero se acerca el guapo mozo a su dama, es mágico el encuentro de los jóvenes esposos. Quedo absorto, contemplando la escena de amor más real que haya visto, nunca creí que un ser humano fuese capaz de expresar tanta delicadeza y ternura. La acaricia, besa, todo a la vez, la envuelve en un abrazo con el mimo y cuidado que se pone en un bebé. Leonor, vibra y goza, es feliz. Con sencillez y armonía inventan nuevas formas de arrullarse, el tiempo se detiene para ellos y me doy cuenta de que soy un ser privilegiado, testigo de algo tan espléndido. Él, sentado en la cama, habla en susurros, ella escucha embelesada; tengo la impresión de que la luz que inunda la estancia viene de ellos. Todas mis angustias anteriores, mis dudas, son tan pequeñas… La vida es sorprendente, nada es previsible.

Más tarde me lo cuentan todo. Llevan casados seis años, Leonor ha sufrido varios brotes y en los últimos meses la enfermedad se agravó, aunque los médicos esperan detenerla. Mientras asean a Leonor y esperamos fuera, Moisés me cuenta entusiasmado cómo lo prepara todo para recibirla. Tienen una casita en las afueras, la hizo él mismo, ahora le añadió una piscina climatizada y un pequeño gimnasio para que Leonor pueda realizar sus ejercicios de rehabilitación en cuanto sea posible. Él me hace confidente de lo duro que fue asimilar un trago tan amargo. Lo pasó muy mal, le costó mucho reaccionar. Ella había sido la fuerte, era extraordinaria su fortaleza. Su entereza había sido ejemplar y él pudo sobreponerse. Hoy era feliz. Con los puños y los dientes apretados, luchando sin parar, pero feliz. No se podía  explicar con palabras. Le di un golpecito cariñoso en el hombro; yo lo entendía, no sé cómo, pero lo entendía.

Llega el momento de marchar, me despido de Leonor con un beso, le doy la mano a Moisés, un beso a mi madre y me voy con Ruth.

-En unos días estará de vuelta en casa -dice mi hija-, no te comas el coco.

Yo me vuelvo por donde vine. Anochece, el sol es ahora un pincel impresionista mezclando vivos colores en los que prevalece el oro. Todo lo que a la ida no podía aceptar, que consideraba una ofensa, es ahora cálido abrazo. Los temores no se han desvanecido, pero mi corazón se fortalece. He aprendido algo en el hospital; y es que por encima del cielo gris siempre luce el sol, que si los árboles están desnudos es por reírse a carcajadas con el viento y los pétalos marchitos son el inicio del camino en una nueva vida. Ahora me arrepiento, no debí romper aquel cuadro.

Texto: Jesús Muñiz González

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