La flauta del perdón, final.

Al mes siguiente el joven no acudió a la cita. Ella esperó y esperó hasta que se hizo noche, pero en vano. Retornó entristecida a su hogar, aunque alimentada con la esperanza de que lo vería al día siguiente, pero no fue así. No regresó.

Pasados unos meses, había perdido toda esperanza de ver otra vez al chico de la flauta; hasta que un día, le llegó un paquete postal. Con el bulto bajo el brazo se fue al salón y allí lo abrió. Era un estuche alargado, dentro una flauta y una escueta nota: “El dueño de esta flauta quiere verla”, la dirección de un hospital y un nombre. Algo en su interior la previno que algo grave le ocurría a su querido vecino. Esta era sin duda la causa de su prolongada ausencia. Impaciente y nerviosa acudió a la extraña cita.

Tras un largo viaje en tren y un breve recorrido en taxi llegó al hospital. En la nota figuraba un nombre. Lo comunicó a la recepcionista y minutos más tarde una enfermera muy amable se le presentó. Le explicó que era la autora de la nota, obrando a instancias del dueño de la flauta, quien internado algunos meses antes, en estado terminal ahora, le había pedido ese favor indicándole a dónde dirigir su envío. Guió a Carlota hasta la habitación del enfermo.

Aunque iba preparada para encontrarse con un moribundo, al verlo postrado en el lecho, tan demacrado y pálido, se sobresaltó. Lo miró con ternura, presa de gran emoción, sin decir palabra. Hizo un esfuerzo para sonreír y se acercó. Él quiso hablar, parecía muy excitado, y lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo. Unas lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas. Carlota, enternecida, se incorporo inclinándose hacia él para besarlo; y aquel joven, con un hilo de voz susurró una palabra en su oído, una palabra que fue para ella una sorpresa, algo inesperado. “Perdón”, dijo y perdió el sentido. Carlota tuvo que salir de la habitación para que lo atendieran. Esperó impaciente…

Tras una hora interminable, la enfermera le explicó que el desenlace era inminente, nada podía hacerse. “Él me dio esta carta para usted, hace mucho tiempo, rogándome que se la entregara en mano. Creo que este es el momento”, concluyó, poniendo en sus manos un abultado sobre. Se trataba de varias hojas manuscritas. A la espera de que le dejaran entrar a verlo aprovechó para leer aquel escrito. A medida que avanzaba en su lectura una gran emoción se apoderó de ella y cuando terminó lloraba como nunca antes en su vida lo había hecho, ni con el fallecimiento de sus padres, ni la parálisis de su esposo, ni en ningún otro momento de su vida. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, incontenibles, como si algo se le hubiera roto dentro. Salió del hospital, anduvo por las calles durante horas, hasta que le dolieron los talones. Los sentimientos se agolpaban en su interior en una pugna feroz. Revivió los momentos de aquel estúpido accidente que le destrozó la vida. ¡Cómo odió al causante de aquel horror! Y ahora todo volvía a estar presente tras aquella carta, que era una confesión. Un moribundo esperaba una palabra de perdón y ella se retorcía entre las dudas. Sentada en el banco lloró con los puños apretados. Después se sintió mejor, más tranquila. Regresó al hospital, decidida. El muchacho había entrado en coma. Pidió que la dejaran un momento con él. Se acercó a la cama, cogió su mano y la apretó. Se fue, no se sentía capaz de hacer nada más. Su odio era inútil ahora. El había huido, es verdad, sin socorrer a la víctima de su imprudencia, pero lo había pagado caro. Aquella tristeza constante en su mirada, le hacían pensar en una conciencia en constante reproche. El también se había destrozado la vida.

La enfermera tenía razón. Antes de que subiera al tren para regresar, el flautista había fallecido. Su aspecto enfermizo no era solo debido a la tristeza, estaba sentenciado a muerte. Una de esas enfermedades extrañas que le atacan a uno entre un millón. Carlota, sentada en su departamento, miraba su maleta. Volvía al hogar, al cuidado de su esposo, por el resto de su vida. Vino a su mente una frase que había oído una vez, no recordaba en donde: “Lo más difícil es perdonar”. Pero también pedir perdón era muy difícil. Recordó la carta del muchacho: “… Cuando fui consciente de lo que había sucedido, me sentí morir. En aquella noche, a causa del alcohol, había provocado la parálisis de una persona. Aunque no lo supe en aquel momento, porque huí como un cobarde. Pero más tarde pude averiguar las consecuencias. Estaba arrepentido, pero no sabía como pedir perdón, así que cuando vi que alquilaban el piso de arriba… ”. Y en aquel momento ella decidió que su manera de perdonar sería aprender a tocar la flauta.

No fue nada sencillo, fueron horas y horas de sacrificio, pero esa fue a partir de entonces su manera de desconectar. Fiel a su compromiso aprendió a tocar el instrumento. Ahora, cegada por las luces del escenario, escuchó la ovación cerrada y los “bravo” que gritaban desde el público. Y no pudo menos que pensar en lo mucho que cuesta arrancarle a la vida retazos de felicidad.

Texto: Jesús Muñiz González