La flauta del perdón

—Carlota, vas tú ahora.

En el escenario anuncian su actuación. Se mira en el espejo y sonríe. Ve a una señora delgada, cuyo vestido negro realza los cabellos blancos, que caen rebeldes sobre la frente; la nariz recta, decidida, las mejillas con los surcos de la sonrisa, los ojos castaños de mirada dulce, como una cierva. Ha llegado el momento, sube los peldaños y sale a escena. El teatro lleno impresiona. Aquel breve silencio expectante sobrecoge un poco. Los nervios afloran, pero los domina. Piensa en sus cuatro hijos, entre el público. Cuando la pianista inicia la pieza, ella acerca la boquilla a sus labios y comienza. La flauta cobra vida propia entre sus manos, ella se aleja con el pensamiento, rememorando el camino que ha recorrido para llegar a este instante. Sigue tocando, mientras ve salir del fondo oscuro del patio de butacas un cielo azul y, recortada sobre él, aparece la figura de un muchacho con una flauta en la mano, que interpreta la sonata número cinco de Mozart…

Llevaba dos años largos atendiendo, ella sola, a su esposo parapléjico cuando llegó aquel muchacho a ocupar el piso de arriba que estaba en alquiler. Fue una bendición. Era tan servicial y atento siempre. Él le hizo más llevadera su carga. Estaba siempre cuando hacía falta. Parecía que no tuviera otra cosa que hacer que ayudarla. Los fines de semana desaparecía y lo echaba en falta. Eso le hizo pensar que ella también necesitaba desconectar. No podía más. Los hijos ya no vivían con ellos. Acostumbraban a venir a comer los domingos y en una de esas comidas lo soltó. Fueron muy comprensivos y aceptaron su propuesta: disponer cada mes de un fin de semana para ella sola. Los cuatro se turnarían para atender a su papá.

A partir de entonces, una vez al mes cruzaba la ría en el vaporcito para descansar en un hotelito junto a la playa. Empleaba la mayor parte del tiempo en pasear por la arena. En invierno no iba nadie, le gustaba la soledad, disfrutar de tranquilidad y silencio.

Un día, caminando por un paraje solitario entre las rocas, oyó un sonido insólito, una flauta. Miró en torno para descubrir su origen. En un pequeño anfiteatro natural entre las rocas, estaba su querido vecino. No podía creerlo ¡Qué feliz casualidad! Así que aquí venía a refugiarse el muchacho. Venía buscando un poco de soledad, como ella. Y tocaba maravillosamente la flauta. Observó, procurando no ser vista. Su aspecto era imponente, de pie sobre las rocas, en aquel paraje solitario, como si actuara en el escenario de un lujoso teatro, ante un público selecto. Tan alto y delgado como un poste de teléfono, con la hermosa cabellera rubia recogida en una coleta, su formidable nariz perfilada en el cielo y aquello

s ojos castaños, siempre tristes, hundidos, que le daban un aspecto de huérfano, herido, como si guardara un dolor antiguo a pesar de sus cortos años.

Oculta tras la roca, escuchó cautivada la dulce melodía que el aire mezclaba con el rumor de las olas y los graznidos de las gaviotas. Podía disfrutar de aquel original concierto con los ojos semicerrados, sintiendo en su rostro las caricias del sol y de la brisa. Era agradable permanecer así, inmóvil, sintiendo y escuchando, como si aquel conjunto de sensaciones estuviese dispuesto para ella. Y así parecía, pues no había otro espectador en el lugar.

Cuando dejó de oírse el sonido de la flauta, abrió los ojos pero ya no pudo ver al extravagante y genial intérprete. Había desaparecido.

Regresó al hotel, cavilando sobre lo extraordinario y fortuito del encuentro. El resto de la semana, cuando volvió a encontrarse con él, no le preguntó nada. Pero al mes siguiente, de vuelta otra vez, en el mismo lugar y a la misma hora vivió de nuevo aquella experiencia.

A partir de entonces, además de su relación con el muchacho como un vecino servicial y encantador, disfrutaba de su concierto especial en el fin de semana de descanso, junto a la playa.

Gozaba tanto con aquellos momentos de paz, en el marco incomparable de un lugar tan hermoso y escondido, en plena naturaleza, que la interpretación del rubio concertista, para ella sublime, se convirtió en el complemento perfecto de su descanso.

En el resto de los días mantenía una relación entrañable con el muchacho, que se desvivía por atenderla. Se había hecho imprescindible. Si necesitaba ausentarse por cualquier motivo, él estaba dispuesto a quedarse cuidando al enfermo. No era muy dado a la conversación, así que no hablaban mucho. Esbozaba una sonrisa cada vez que se encontraban y poco más. ¡Cómo le hubiera gustado saber la causa de la tristeza en sus ojos!

Durante mucho tiempo ella acudió a la cita y el músico seguía regalándole su música. Hechizada, lo observaba de pie sobre las rocas, plenamente identificado con el instrumento y el paisaje. Aquellas dulces notas arrancadas con maestría habían establecido un medio de comunicación entre ambos.

La vida se le hizo más soportable desde que el muchacho entró en su vida. Aquel accidente que había postrado en una silla a su esposo la había precipitado en un abismo del que había perdido la esperanza de salir. Antes su vida era tan plácida y feliz que parecía imposible que algo pudiera trastocarla. Y aquel maldito accidente lo cambió todo. Un accidente provocado por un cobarde que se dio a la fuga. ¡Cuánto había odiado a ese desconocido! Pero los días y los quehaceres formaron un callo en su alma. La vida se le hizo monótona, automática, carente de ilusiones. Ahora, este muchacho y su flauta abrieron un pequeño agujero por donde entró el aire y comenzó a respirar de nuevo. Cómo si Dios se hubiera compadecido y le mandase un ángel a darle consuelo. Así veía al muchacho de la flauta. Pero este pequeño atisbo de felicidad no duró mucho.

(Continuará)

Bardoluci

Texto:Jesús Muñiz Gonzále

Un comentario sobre “La flauta del perdón

  • el 7 de agosto, 2018 a las 2:06
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    Me ha gustado.
    Estoy esperando la continuación

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