Perú: lo que atrapó mi memoria y mi cámara.

Cuando mis coetáneos estudiaban la lista de los Reyes godos yo, al otro lado del charco, estudiaba las culturas precolombinas.

Debía andar por los diez años, cuando las imágenes en mi libro de historia, me adentraban en culturas de bellos y coloridos ropajes, de majestuosos y exóticos edificios.

Los mayas, los aztecas y los incas, eran ante los ojos de una niña, sabios y héroes. Si el descubrimiento había sido un hito  por lo que había aportado a América la “madre patria”, los nativos americanos anteriores al descubrimiento no eran seres inferiores, simplemente tenían otra cultura. Culturas lejanas y misteriosas, lugares que deseaba conocer.

Con los años he tenido la oportunidad de conocer lugares y culturas maravillosas, pero en mi interior seguía la ilusión de visitar algún día los lugares en los que había estado Manco Cápac, el primer gobernador y fundador de la cultura Inca.

En este viaje tuve oportunidad de conocer mucho más de lo soñaba aquella niña.

Perú me asombró, su inmenso patrimonio cultural, la majestuosidad de sus montañas y volcanes, desiertos y valles, su fauna y flora, sus gentes manteniendo su identidad. Perú es mucho más que Machu Picchu y los incas.

Tras 12 horas de vuelo pisé Lima y en la visita al Museo Arqueológico del Larco descubrí que los incas solo eran una cultura más, en  los 3000 años de desarrollo de la historia del Perú precolombino que se exhiben en sus  galerías. Nos hablaron de ellas.

Moche y Chimú en la costa norte; en la Central: Lima y Chancay; Paracas y  Nazca en la costa Sur. Por último en los Andes los Chavín, Tiahuanaco e Inca.

Me asombró sobremanera la cerámica de los mochicas.

Los mochicas, fueron la primera sociedad estatal del hemisferio sur. Dominaron la metalurgia del cobre, construyeron canales de riego, con los que cambiaron los desiertos en prósperos  valles; ciudades de adobe con enormes edificios en forma de pirámides truncadas, que el tiempo ha transformado en montañas de barro y en las que hoy se está trabajando para su recuperación.

En la ciudad de Arequipa, con múltiples atractivos naturales, llamó especialmente mi atención el Convento de Santa Catalina, es una ciudadela de 20.000 metros cuadrados, un complejo turístico religioso, está absolutamente aislado de la ciudad a pesar de que se ubica en el corazón de ésta. Un  muro de 4 metros de altura aislaba la vida de las mujeres que habitaban el monasterio, fundado en 1579. Está construido con sillares  que provienen de los volcanes próximos, Chachani y Misti. Sus paredes de piedra están pintadas de azul añil y bermellón para atenuar el reflejo del sol, haciendo del monasterio un espacio  muy fotogénico de volumenes y contrastes.

Su gastronomía fruto de un rico mestizaje y fusión de culturas que llegaron al país a lo largo de su historia: española, africana, china, japonesa e italiana. Tuvimos oportunidad de tomar platos muy típicos como el cuy (roedor andino) y otros muy de vanguardia y diseño.

Esta ha sido una pequeña parte de una gran experiencia. si es de vuestro interés próximanente compartiré algo más de lo que captó mi camara y mi memoría.

Texto y fotos Margarita