Las apariencias engañan

Conocí a tres amigos, amigos desde la niñez, que tan inseparables eran que llegada la edad de buscar novia la encontraron, cada uno la suya, y decidieron celebrar la boda el mismo día. Estos chicos se llamaban José, Juan y Antonio.

Durante el convite que celebraron por todo lo alto, los convidados comentaban la suerte de José  que se casaba con una doctora, Juan con una telefonista, y no sé porque se compadecían de Antonio que había escogido a una profesora por esposa. Terminada la fiesta y según es costumbre salieron de viaje,  y no volvimos a saber de ellos hasta pasado más de un mes.

Estaban los tres, como era de esperar, en un bar. Mi amiga y yo entramos para saludarles,  la curiosidad de mi amiga  no pudo más, y tras de una conversación intranscendente,  se atrevió  a preguntarles como les había ido en su” luna de miel”… con el éxito  o no en sus relaciones:

José, tú te casaste con una doctora, persona de larga carrera y un sueldo envidiable ¿cómo te fue  tu luna de miel?-No me hables, respondió José. Una decepción. Hasta ahora nada. Cada vez que nos acostamos ella no olvida su profesión y empieza por tomarme la tensión…  la temperatura… se quita los guantes… la mascarilla… en fin todos sus pertrechos de médica, para cuando termina ya me he quedado dormido.

Se fue hacia Juan preguntándole con cierto descaro:

Y, ¿tú Juan? Te casaste con una chica muy bonita y de mucha conversación… muy codiciada en toda la ciudad…

– No me hables, un desastre.  En la hora H  ella habla tanto que  me desconcentro, fracasé en todas las tentativas.

Mi amiga ya no sabía a donde mirar, pero siguió con sus preguntas, se dirigió a Antonio y le dijo:

– Bueno Antonio, creo que a ti no necesito preguntarte, pues sin con ellos no fue bien, imagino que tú que te casaste con la profesora, llena de preocupaciones  con un salario tan ínfimo, puedo imaginar lo que pasó.

A lo que Antonio respondió:

– Ahí tú estás muy equivocada. Mi matrimonio ha  sido un éxito. Cada vez que lo intento y lo hago mal ella me manda repetirlo 100 veces.

Texto: Esther Sanchéz