Un reto en Halloween

Era Halloween cuando sucedió, sentí miedo… dejarlo allí dos días por lo menos. Tardé en reaccionar. La decoración se hizo presente como un mal presagio, no había otra alternativa.

Allí quedó como si estuviera muerto. El operario le había despojado de los elementos que daban sentido a su vida y me los había entregado. Yo con gran cuidado los guardé. Mis pasos lentos, con la pesadumbre de dejar atrás un bien muy preciado, me condujeron hasta la puerta, desamparado, desorientado sin su compañía. Minutos antes consciente de la gravedad del problema, y que una intervención rápida seguramente le devolvería a la vida, hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho, llamar a un pariente próximo para compartir tan desagradable noticia.

Así que decidí mandar un mensaje de whatsapp al grupo de familia que decía así: Efectivamente la hinchazón era un problema grave de batería, debo dejarlo a arreglar, así que estaré incomunicado. Localizarme en casa o en el trabajo.

La batería os preguntaréis, sí, hacía días  que mi teléfono había empezado a hincharse  en la parte trasera. El operario impasible no esbozó una sonrisa en ningún momento, desde su mesa de operaciones. Con una bata que dejaba al descubierto sus brazos como los de un cirujano preparado para operar, me dijo que efectivamente estaba a punto de morir de un momento a otro, pero por suerte creía que podría salvarlo.

Pero dos días sin él, ¿cómo iba a sobrevivir? me pregunté. Tras unos minutos de desolación saqué a relucir mi espíritu más resiliente; es decir: la capacidad de sobreponerse a la adversidad y me auto convencí que este podía ser un reto de superación personal.

Vivir sin él a día de hoy es una tarea difícil aunque no imposible. Este pequeño artefacto es hoy mucho más importante en nuestras vidas de lo que podíamos imaginar hace pocos años.

Lo primero que me embargó fue un sentimiento de liberación. No recibiría ningún aviso que despertara mi curiosidad. Dos días sin saber de ese amigo que en ciento cuarenta caracteres me mantiene informado en Twitter. Sin ver los platos que se prepara otro en Instagram. También todas esas fotos, maravillosas algunas, con  hashtag que en teoría me interesan, no tener avisos de Whatsapp  que me despiertan cada día con una imagen positiva, o el chiste de moda. Sin Facebook. Uff qué liberación.

Pero al poco ya lo eché de menos. Con la tarjeta SIM en mi cartera, se supone que podría en algún momento recuperar “mi memoria” pero estaba dispuesto a enfrentarme al reto que supone vivir sin móvil, ¿no había logrado sobrevivir antes de su existencia?

Si, pero ya le echaba de menos.¿Quién resolvería mis dudas? ¿Quién me mantendría informado?   Y lo más importante ¿Cómo recordaría la hora de esa cita médica que tenía por la tarde? ¿Dónde localizaría el teléfono de la consulta? Y sobre todo ¿cómo localizaría la propia consulta a la que nunca había ido sin Google Maps?

Al fin llegué a la consulta. Fue complicado, necesité mucho más tiempo pero  llegué preguntando, para encontrar la información necesaria. Me sentía orgulloso y seguro de mí mismo.  Se podía vivir sin esa pequeña y diabólica  gran máquina.

En la sala de espera había diez personas de diferentes edades. Lo primero que traté de averiguar fue si cada una de ellas era un paciente o acompañante. Siete estaban absortas en sus teléfonos. Dos, las de mayor edad sentadas una en cada esquina simplemente miraban al vacío, la restante leía un grueso libro. Recordé cuando en la sala de espera de los médicos la gente hablaba sin conocerse. Se contaban enfermedades, se aconsejaban; incluso lo difícil que era no contestar cuando el vecino de asiento te preguntaba el consabido “y usted por qué viene”

Me dediqué a observar. En la sala no había ni una revista ni un triste periódico ajado y olvidado por alguien. Observé y vi la rapidez con la que una joven mantenía una conversación divertida con alguien a juzgar por su cara. Imaginé que la señora, de unos 70 años, buscaba información seguramente sobre sus dolores, tecleaba y luego leía atentamente desplazando el dedo sobre la pantalla. Imaginé escuchando rock al que llevaba  auriculares, vestía camiseta con la palabra The Boss y meneaba su pie rítmicamente. Observé sus distintos modelos de  Smartphones. Sonó un móvil, su propietaria se apartó y en voz baja estuvo hablando durante un buen rato. Al finalizar hizo una foto a un cartel sobre la campaña de la gripe y se la envió a alguien.

De soslayo miré al de mi izquierda viendo páginas de viajes y a la de mi derecha editando fotos de un bebé.

Ya llevaba más de 20 minutos observando y la verdad empezaba a aburrirme. Una sensación de pérdida de tiempo me invadió. A esas alturas ya tendría un montón de emails sin leer, hacía tiempo que no tenía secretaría ya que sus funciones prácticamente las realizaba Siri, el asistente de mi teléfono que siempre contestaba mis dudas o ejecutaba mis órdenes.  En ese rato hubiera adelantado mucho trabajo, y ¿si hubiera sucedido algo importante  en la oficina durante mi ausencia? Bueno no pasa nada, me dije, no soy imprescindible.

Mi inconsciente se disparó, una idea llevó a otra y de repente caí en la cuenta de que no sabía nada de mi mujer ni los niños desde hacía casi ocho horas…¿cuántas cosas pueden pasar en ocho horas? Noté una opresión en el pecho, mi pulso se aceleró, visioné ideas descabelladas de accidentes en las que estaban implicados mis seres queridos. Si quisieran localizarme ¿cómo lo harían?

Empecé a sudar frío, por suerte uno de los que aparentemente  miraba el vacío se fijó en mí y me preguntó si me encontraba bien. Meneé la cabeza de derecha a izquierda y él muy resolutivo llamó a la enfermera.

Media hora más tarde, tenía en el bolsillo una receta de Orfidal para calmar mi angustia. Me encontraba en una tienda de telefonía convenciéndome  de que mi teléfono  ya estaba anticuado. Lo cual justificaba la compra de uno nuevo donde incrustar el tesoro que llevaba en mi cartera. Esto me haría recuperar mi tranquilidad, mi memoria y los medios que me hacían más fácil la vida. Saqué una enseñanza: no regales tu antiguo teléfono, nunca sabes cuando podrás necesitar sustituir uno averiado.

Sí, se puede vivir sin teléfono, aunque sea como una pesadilla en Halloween. Sí, se puede vivir pero en esta ocasión decidí ponerme un reto más fácil, quizás adelgazar los veinte kilos que me sobran…. Ese será otro relato.

Colaboración Gustavo Gil

 

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