¡El tiempo es oro!

La conciencia y percepción del tiempo es una experiencia humana que tiene trascendencia universal, pero no todas las personas tienen el mismo sentido del tiempo de forma similar, de forma que para unas la puntualidad es una obsesión y para otras algo que no es valorado.

Esa diferente percepción de la dimensión temporal también se manifiesta entre diversas culturas, y tampoco ha tenido la misma consideración histórica. La noción del tiempo, junto con la noción del espacio, ha traído de cabeza a filósofos y físicos hasta el punto de considerar estos dos aspectos como una dimensión relativa, como una invención social, una cosa aprendida que nos hemos dado los humanos como una forma de regular las actividades y fenómenos sociales, pero nada más.

Básicamente hay dos formas de entender conceptualmente el tiempo, en forma cíclica o en forma lineal. La primera como la relación de acontecimientos y fenómenos culturales a partir de ritmos de la naturaleza, pero en el cristianismo la noción del tiempo se comienza a considerar como lineal al introducir el concepto de redención como meta final. No obstante, aunque la visión del tiempo lineal está arraigada en la vida industrial moderna el pensamiento cíclico del tiempo se mantiene, y por lo tanto las dos visiones, la cíclica y la lineal se complementan en la vida cotidiana.

En las culturas antiguas el tiempo se basaba en una “rueda del tiempo”, como algo que se produce secuencial, asociado a los tiempos de la caza la recolección, el sembrado, la cosecha, y desde luego lejos de tener la percepción de la diferencia entre el pasado, el presente y el futuro, distinción que apareció con la invención escritura, y de ahí la historia.

Sin embardo, algo que para nosotros resulta obvio, no se puede considerar universal; así por ejemplo las categorías de pasado, presente y futuro no operan entre la tribu de los Nuer en Sudan, en donde consideran el tiempo “ecológico”, de forma que el tiempo corresponde a un ciclo anual considerando los periodos de lluvia, sequía, cosecha migraciones, episodios que se repiten en ciclos cortos, no utilizando en ningún caso el nombre y la división en meses tal como lo entendemos nosotros.

Si miramos al otro extremo, el de una sociedad industrial, moderna, capitalista, el tiempo es el elemento central y organizador de la vida y actividades humanas. El tiempo se cosifica y se convierte en un bien en sí mismo de forma que el calendario y el reloj resultan fuerzas despóticas que nos gobiernan.

El tiempo se puede vender, cambiar, gastar, ahorrase, se convierte en un elemento de valor como una mercancía más. Es famosa la frase de Benjamín Franklin, uno de los padres de la constitución estadounidense, “el tiempo es dinero”, situando el esfuerzo y el trabajo en el lugar domínate y como base del éxito personal, en donde la pérdida de tiempo se consideraba como una conducta antisocial.

De igual forma, Weber, en su famosa obra, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, determinó que la consideración de la religión protestante y en especial el calvinismo, en la utilización del tiempo dedicado al trabajo como forma de obtener el éxito económico y como ruta de salvación divina al tratarse de un mandato de Dios, fue lo que determinó la formación del espíritu del capitalismo; por cierto alejado de la estructura capitalista tal como la entendemos en la actualidad.

Hay sociedades que miran para atrás, apreciando el pasado, las tradiciones, las hazañas pasadas y la historia, mientras que otras miran el futuro, rompiendo con las tradiciones y con el pasado. Tal es el caso de la sociedad estadounidense, mientras que la sociedad china utiliza el presente como referencia, o en el hecho de Japón donde se percibe una armoniosa relación entre el pasado y el futo.

Javier Garmilla

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