Poboadores. Una calle con dos tesoros escondidos

Todos hemos pasado por el Paseo de Alfonso XII, una calle con un mirador espectacular, cuyos cimientos están formados por los restos de una de las antiguas Colegiatas de Vigo, tal vez alguna de aquellas que sufrieron los destrozos de Sir Francis Drake.

Bajando la cuesta, está el barrio de Poboadores o Pobladores, que recibió este nombre porque ahí se instaló gente de fuera de Vigo para repoblar la ciudad, durante la época de Juan II de Trastámara, Rey de Castilla y León, padre de Isabel la Católica.

En las primeras casas de esta calle, hoy reformadas, hubo una escuela para niños y niñas protestantes, algo que podemos recordar los que vivíamos por el casco viejo.

Siguiendo la curva, al pie del antiguo asilo, podemos ver el antiguo lavadero del Berbés, que hoy es una plazuela con árboles que aunque la ensombrecen mucho, ofrecen un refugio al calor del verano y le dan un aire decadente que nos recuerda algunas plazas antiguas.

Al fondo de la calle, un plátano africano tapa la parte de arriba de un Cruceiro, al lado unas casitas con un pequeño jardín y un patio lleno de flores.  Todo un lujo, vivir en el casco vello en una casita con jardín.

Más adelante, llegando a la Barroca, en donde hace tiempo había dos panaderías, en las que horneaban las empanadas o las carnes, en horno de leña, que ya se sabe, que le da un sabor especial a los alimentos, hay una callecita que conduce a la Plaza de la Pedraza.

La Plaza de la Pedraza es el segundo tesoro escondido de la zona. El primero, ya se habrán dado cuenta los que me leen, es el antiguo lavadero. Esta plaza tiene un desnivel, porque la parte de abajo da a un callejón que va a parar a la Ribera, cerca de la calle Real. Ante sus casas antiguas, pero bien conservadas, hay macetas con plantas y flores.  El empedrado del suelo es el clásico de los pueblos, separados entre sí para evitar que se resbale con la lluvia o el hielo,  pero que lastima los pies de los que lo pisan, es por ésto por lo que en el medio, hay unas losas de piedra para facilitar el paso.  En el centro de la plaza, una simple farola negra con una bola de cristal transparente y una bombilla.

Saliendo de allí encontramos a Rúa do Peixe, según podemos leer en uno de los letreros antiguos que, junto con el de Rúa de Poboadores, aún se conservan en la zona. Aquí convergen varias calles que forman algo parecido a una plaza y que por la parte de abajo, van a parar a la Rúa Real a través de esas cuestas que caracterizan a Vigo y que no le hacen gracia a mucha gente, pero que a los que vivimos aquí, ya no nos asustan.

Por la zona no hay mucho comercio, si acaso, algún bar en donde tomar un chato de vino con algo de tapeo, lo que si abundan son los coches, no es que haya muchos, pero los pocos sitios “aparcables”, están ocupados por los de los vecinos.

Las flores en las ventanas y los tiestos con flores y plantas ante las puertas, dan un toque de alegría a la zona. Algunos gatos andan por la calle, ajenos a los ladridos de los perros, que asoman la cabeza desde el balcón o la ventana.  Pero ya no hay la chiquillería que recuerdo de mis tiempos pasados. Éste parece ser un barrio de adultos o gente mayor.

De vez en cuando es interesante pasear por esta zona de Vigo, para recordar cómo era la ciudad antiguamente, que si no era cómoda, sí tenía un encanto y una personalidad de la que carecen los barrios nuevos, más cómodos, sí, pero más anodinos.

Texto y fotos: Gloria.