“El admirador imaginario”

casa-rusticaEra una noche de verano, el calor le había impedido tener un sueño reparador, amanecía cuando de repente sonó el timbre, se levantó de un brinco y miró por la ventana, tenía una buena perspectiva del portal y parte del camino. No había nadie… esperó un rato pero nada se movió, dado que no encontró explicación pensó que había sido un sueño producto de ese duermevela matutino. Como hacia algún tiempo que vivía sola en aquel viejo caserón no pudo contrastar con nadie la llamada a tal inadecuada hora.
Pasaron algunos días, estaba plácidamente tumbada en el sofá a punto de dormirse cuando de nuevo sonó el timbre, como con un resorte se levantó y vio por la ventana, desde ella se veía el portal, nada, no vio a nadie, precipitadamente salió y se asomó a la reja del portal, miro a derecha, a izquierda y nada, la aldea entera estaba en siesta, era una aldea tranquila, con pocos vecinos y se conocían de toda la vida, con el sobresalto la siesta ya se había esfumado y empezó a pensar quien le gastaría esas bromas, sin ninguna gracia a su entender. Repasó mentalmente a todos sus vecinos, ninguno daba el perfil de “graciosillo bromista” y por otra parte tendría que ser muy ágil para esconderse tan pronto. Siguió analizando la situación, no se llevaba mal con ninguno de sus vecinos, es cierto que Agapito desde que se había quedado viudo estaba un poco raro con ella, en una de las visitas al cementerio coincidieron y delante de la tumba de su marido le propuso “hacerse compañía” por eso de no vivir solos… ¡¡¡iba a ser eso!!!.  El Agapito trataba de amedrentarla para que viera las ventajas de vivir acompañada.
Pasaron algunos días y en aquella ocasión era esa hora en que el atardecer es casi noche, de nuevo el ding dong, quien podría ser, Agapito llevaba unos días fuera visitando a su hijo.
Buscó explicaciones, trazó mentalmente planes de vigilancia y estrategias de control.
Así cada cierto tiempo alguien llamaba a su puerta, trató de buscar explicaciones, siempre había sido una mujer práctica, ya que era evidente que no era humano el llamador misterioso, que podía ser…?. Su cabeza que empezaba a no regir bien y oía cosas inexistentes…?, el fantasma de su Ambrosio que entre risas le decía que si se moría antes vendría a visiarla…?
Pasó algún tiempo, esa tarde estaba sentada tranquilamente en el porche, todo fue muy rápido, pero el misterio desapareció.
Sonó el timbre una vez más y en la parte superior de una de las columnas del portal apareció Prudencio, se acomodó en ella como si de una estatua se tratase, había observado que su gato últimamente pasaba horas en ese lugar desde donde observaba la vida apacible de la aldea, en su cabeza visualizó la situación: Prudencio daba un salto para subir a la columna y justo para hacerlo apoyaba una de sus patas en el timbre que sobresalía de ella haciéndolo sonar.
Pensó que una vez resuelto el misterio tendría que buscar otro entretenimiento para pensar en las tardes de este iniciado otoño, porque lo que si era cierto es que su gato había hecho que su mente estuviera activa todo el verano.

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Margarita

2 comentarios sobre ““El admirador imaginario”

  • el 10 de agosto, 2015 a las 22:01
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    Muy divertida tu historia Margarita. Me ha hecho reír.

  • el 11 de agosto, 2015 a las 21:17
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    Aunque no se lo crean conozco a una vecina que le paso algo parecido.
    Enhorabuena por el relato.
    Atentamente
    Guadalupe Aguilera.

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