Cosas de la vida…

AdelaPostalQuisiera contar alguno de mis recuerdos más entrañables, ahora que ya tengo tiempo para pararme a escribir. Fue anteayer cuando jugaba con mis amigas en aquel pueblo del Pirineo leridano, tan verde, con sus vacas, sus ovejas, sus prados, su río y sus montañas tan altas.

Los inviernos entonces eran muy duros, sobre todo para nosotros que éramos de la costa. Las ventiscas eran intensas y el pueblo se llenaba completamente de nieve. Luego venían las grandes heladas y a continuación volvía a nevar. Así las calles estaban blancas muchos días y de los tejados colgaban unos témpanos enormes que parecía que se te iban a caer en la cabeza cada vez que pasabas por debajo de alguno de ellos.

En primavera los prados se llenaban de unas flores blancas de olor intenso y agradable, de la familia de los narcisos, que se llamaban legüenetas y que hacían que el paisaje resultara divino. Los recuerdo a menudo porque fue entonces cuando nos volvimos para nuestra tierra.
AdelaFloresEn verano cogíamos la fruta antes de madurar en los prados. Nos pasábamos el tiempo jugando. Muy a menudo nos peleábamos y casi siempre acababan los niños del pueblo echándonos en cara que nos habíamos ido a sacar el hambre allí, lo cual era cierto, pues mi padre había tenido que llevarnos a novecientos kilómetros de nuestra casa. Pero esos reproches se nos olvidaban enseguida.

Nuestra infancia giraba alrededor del colegio. Luego, la catequesis los domingos a las tres de la tarde y después el cine donde las butacas estaban arriba y los bancos de general abajo. Era lo que llenaba nuestras vidas, junto a los días de la fiesta mayor.
Las meriendas eran casi siempre pan con chocolate negro o con azúcar y aceite y una pieza de fruta. El pan era negro y nos lo vendía la empresa para la que trabajaba mi padre porque resultaba más barato. Lo traían en un camión dos veces a la semana.
El pan blanco de las dos panaderías que había en el pueblo, lo comían generalmente los naturales del mismo, algunos vecinos pudientes y en nuestra casa sólo entraba en algunas ocasiones. Los niños del pueblo merendaban jamón, de los cerdos que se mataban en sus casas.
El día de la matanza hacían una fiesta y se invitaban unos a otros. En ocho años nunca me invitaron y era lo que más me hubiera gustado. Los años cincuenta eran tiempos de escasez. Nos arreglábamos con lo que teníamos, sin echar nada en falta, y menos que nunca el día de la fiesta mayor cuando estrenábamos nuestros vestidos, pues nos sentíamos muy felices.
En el pueblo había una casa especialmente bonita, que era una fonda, y cuando algún huésped se quedaba algunos días en verano la dueña venía a pedirle a mi madre que les lavara la ropa. Mi madre siempre decía que sí a pesar de sus fuertes dolores de reuma, pues hacía falta el dinero, aunque le pagaban poco.
Cerca de casa había un cuartel de soldados, de los que hacían la mili, y en vacaciones íbamos al prado donde hacían gimnasia y les tirábamos algunas manzanas. Al momento venía un oficial a reñirnos y entonces nos escapábamos.

Un día vino a mi casa un sargento joven. Le pidió a mi madre que le lavara la ropa a cambio de darme clases pues no tenía dinero. El motivo de no tener dinero era que haciendo ejercicios de tiro con los soldados, la ametralladora se encasquilló. Él tuvo que arreglarla y cuando salió el tiro le dio a un soldado que falleció en el acto. Quedó suspendido de empleo y sueldo pendiente de juicio y necesitaba de todo.

Fueron muchos meses de clases de geografía, aritmética y gramática. Muchos niños al enterarse también se apuntaron a estas clases particulares. Así la vida del sargento mejoró algo en todos los aspectos. Cuando llegó el juicio tuvo que irse y entre todos sus alumnos le regalamos una figurita que no recuerdo bien qué era. Creo que se emocionó bastante y en aquel momento ni mi madre ni yo fuimos conscientes de lo beneficioso que le resultó aquella relación en una situación tan trágica.

Siempre lo recordé y muchos años más tarde intenté localizarle. Por fin, por medio de la guía telefónica encontré a una persona con su nombre y apellidos. Hice una fotocopia de una tarjeta que él me había regalado cuando yo cumplí diez años y la mandé a esa dirección. Sólo le ponía mi nombre y le preguntaba si era quien yo creía, lo que me haría mucha ilusión.

Dos meses más tarde recibí una carta. Era su contestación. Habían pasado cuarenta y cinco años y me emocionó mucho tener ante mi, un folio escrito a mano con letra muy pequeña por los dos lados. He buscado la carta para reproducir textualmente el contenido pero la tengo tan bien guardada que no la he encontrado.
Más o menos decía que al recibir mi tarjeta había llorado muchísimo y que cuando se la enseñó a sus dos hijas y nietas, todas lloraron. Que la figurita la conservaba encima del televisor, que gracias a mi se había podido recuperar de su triste experiencia en el pueblo. Después de la condena siguió estudiando y ahora estaba retirado como teniente coronel con setenta años.
Entonces le contesté contándole que tenía tres hijos y sus profesiones y que si venían por aquí, tenían la puerta abierta de mi casa tanto él como su familia. Su segunda carta fue imprevisible: su mujer no entendía esa amistad especial y antigua y se veía obligado a dar nuestra cortísima correspondencia por acabada.

Se frustró mi ilusión de tantos años. Sin comentarios…

S.P.

Un comentario sobre “Cosas de la vida…

  • el 5 de noviembre, 2014 a las 10:02
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    Me ha gustado mucho leer esta historia, quizás porque me resulta familiar, pero lo que me entristece es comprobar que la mentalidad de algunas personas no ha evolucionado con el paso del tiempo.No comprendo como se puede ser tan egoísta y no dejar que dos personas se reencuentren y puedan recordar las vivencias que compartieron en un determinado espacio de tiempo. No dejéis que nadie anule vuestra voluntad. Al teniente coronel le diría: Estamos en la recta final de nuestra vida, hagamos lo que tengamos que hacer porque quizás mañana sea tarde.

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