El Libro y el Reloj

el relojLa pasada semana alguien me abordó, para hacer un comentario sobre mi libro “El Aliento de Cristal”. Se mostró muy amable en sus opiniones, pero lo que más me agradó fue la profundidad con que había atravesado mi relato. Esa charla hizo que recordara algo que me sucedió un verano cuando yo tenía 15 años.

Durante aquellos días me regalaron un precioso reloj de manecillas fluorescentes que permitía ver la hora de noche, algo que entonces, me pareció muy práctico, además de milagroso.
Pero debo ser sincero al reconocer que lo que más me gustaba de aquel reloj era la posibilidad de chulear delante de mis amigos, cuando se lo mostraba y todos se acercaban para ver como aquella esfera y sus números se iluminaban al cubrirlo con las manos.
Todas las mañanas de aquel verano, me desplazaba en autobús hasta el centro para recuperar inglés. Tras desayunar, cogía mis libros y la novela de André Maurois, “Climas” que me servía para entretener los más de veinte minutos que tardaba en llegar hasta la academia. Durante el trayecto consultaba mi reloj fluorescente, varias veces, regresando a mi interesante lectura. Aquel libro me gustaba tanto que hubiese deseado que no terminara jamás… Anotaba frases recogidas de él, apuntándolas en mi pequeña agenda verde; frases que todavía me trasladan hasta aquel tiempo, cálido y luminoso: “No se puede retener eternamente al ser amado, si no se sabe llenar toda la vida de este, con una riqueza incesantemente renovadora”.
Hoy tras la charla con la lectora que me abordó, intenté recordar mi reloj fluorescente, pero los detalles son tan vagos que no consigo traer a la memoria mucho más, que aquellas pequeñas manecillas de color verdoso… En cambio acudió André Maurois y esa frase, que permanece en mi mente, palabra por palabra sin que necesite consultar mi pequeña agenda verde. Y así, de esa manera nostálgica pensé en la satisfacción que me produjo, conocer como mi libro había enraizado también, durante este verano en la memoria de una de mis lectoras… Gracias Emma.

Texto y foto:  Miguel Méndez González