Humanos antes que nada

mundo1.jpgA veces necesitamos categorías. En realidad, siempre. Nos permiten llamar a las cosas de una forma u otra, y nos ayudan a comprenderlas. Nos enseñan a trazar mapas del mundo, de sus gentes…
Las palabras, los conceptos, las realidades que hay detrás, son un arma de doble filo. Por una parte, nos ayudan a situarnos y comprender las cosas. Por otra parte, corremos el riesgo de que nos acartonen la mirada, nos adormezcan la sensibilidad o nos cierren los ojos ante la verdad primera que nos une: somos, antes que nada, humanos, hermanos e hijos de un mismo Dios.
Antes de etiquetar
Antes que etiquetar muy pronto y marcar diferencias: macho o hembra, de aquí o de allí, blanco o negro, doctor o iletrado, heterosexual o gay, rico o pobre, mío u otro, es fundamental mirar a los rostros, a las vidas, a la gente, y decir: humano, como yo; persona, con un corazón que, como el mío, late y siente, busca y ríe, y a veces llora.
También sueña en sus noches, y anhela en sus horas de vigilia. También se equivoca y acierta (no todo al tiempo). También, a su manera, revela a Dios, nuestro padre. También tiene sed, de sentido, de un Absoluto que abraza, de amor y palabra. Por eso, antes de etiquetar, descálzate ante el otro, que el terreno que pisas es terreno sagrado.

Procuremos dedicar un rato a intentar percibir así, desde esa humanidad profunda, a “los otros” de mi vida.
Los otros cercanos (a quienes tal vez conozco y quiero)
Los otros más lejanos, cuyas vidas se tocan con las mías, por trabajo, por tiempo, por casualidad…
También a los otros a quienes normalmente percibo como diferentes (tal vez con un poco de miedo, o de rechazo)

Germán