La mantilla

Era costumbre cuando niña, ir a visitar los monumentos el día de jueves Santo.
Consistía en visitar 7 iglesias y rezar ante el Santísimo un padre nuestro.
Había como una revalidad en cada parroquia por tenerla mejor adornada. En todas desde luego, era una explosión de flores en honor al Santísimo. ¡Con qué orgullo iba yo de la mano de mi madre, que iba ataviada con la clásica mantilla española!, como era costumbre en las mujeres con cierta clase social.
Mi ilusión más grande era que algún día yo también pudiera ponérmela.
Llegó un día que mi madre dejó de usarla pues decía que no tenía traje adecuado, o los zapatos estaban viejos y no tenía dinero para comprar otros. Aquella mantilla, con su peineta que mi madre guardaba en su armario, en una caja de cartón, se convirtió para mí en una especie de obsesión, pues no me daba llegado la edad necesaria para poder ponérmela.
Cuando iba al armario de mi madre destapaba la caja y acariciaba con ternura aquella fina blonda y aquella peineta de nácar con dibujos de filigrana.
Un día aquella caja desapareció y le pregunté a mi madre que había hecho con la mantilla. Y como en aquel entonces las madres no admitían preguntas, me contestó que no me metiera en sus cosas, que era muy niña para entenderlas y me quedé con la amargura de saber que nunca podría ponerme aquella mantilla tan ansiada; la primera y más importante frustración de mi vida.

Estrella

Un comentario sobre “La mantilla

  • el 15 de abril, 2007 a las 17:18
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    Abuela!!! y a nosotros no nos cuentas esas historias…Un biqiño enorme!

Comentarios cerrados.